CAINISMO HUMANO”.



Nuestra naturaleza humana, al menos en lo relativo a sus aspectos culturales, inexorablemente ha podido contribuir al lastre y al peso de lo que hemos dado en reconocer como la “marca de Caín”. Presionados por el marco de nuestro contexto cultural, elaboramos nuestro ego, con la animadversión y la hostilidad que tanto caracterizan la vigente agenda formativa del sujeto humano, en la que nosotros estamos al servicio del tiempo, más que los momentos e instantes se muestren a nuestro favor. En espacios y dinámicas socioculturales, claramente impulsadas y motivadas por la competitividad y la grandilocuencia de lo frívolo e insustancial, resulta frecuente y hasta cotidiano, que nuestro ego se encuentre alterado y hasta saturado por el deseo compulsivo de la “aceptación social”, lo cual conlleva, a que cada uno de nosotros exploremos y nos acomodemos a cierta deseabilidad social, en la que nuestra coherencia, tal vez pueda quedar en entredicho. La cultura es la marca que nos ayuda a poder establecer una identidad. Y la identidad implica pertenecer a un grupo o etnia. Y el sentimiento de integración exacerbado nos puede conducir al paroxismo mesiánico, tanto a nivel personal como colectivo. No debemos olvidar, ni tampoco obviar que el nombre de Caín procede del hebreo, y significa posesión. Viene a ser el equivalente actual de dominar y de abusar, o lo que es lo mismo, controlar y someter. Los valores culturales en vigor, se encuentran atravesados por la subordinación y el acatamiento. Los humanos que se esfuerzan por modificar dichos valores y reglas, tienden a ser denostados y menoscabados por la sociedad. El espacio posible para ellos, y el que la sociedad les permite es el de la marginalidad, o bien el de la expulsión. La comunidad, por medio de sus hilos, procura inhabilitar a los sujetos que bregan por el cambio social.

El ego como una ramificación del yo, se encuentra claramente afectado por las fuerzas y la energías del contexto y del espacio sociocultural que cohabitamos. Somos sensibles a la imagen que otros puedan confeccionar de nosotros. Por momentos, y en base a la psicohistoria que cada ser humano hemos podido desarrollar, imaginar, y hasta descubrir, provocará que el costo de la armonía del yo, es decir nuestra mismidad, puede tener un precio muy elevado. Importe y valor, que nos lleva a navegar por el mar de los Sargazos del inconsciente aterrado y sobresaltado. En las corrientes socioculturales de la realización transformativa del “Yo”, las aguas del “ego” pueden arrastrar y hasta conseguir que la yoidad se difumine y se diluya. En esas contracorrientes el ego, tiende a silenciar y a reprimir al yo. Es decir toma la alternativa de enviar al yo al inconsciente, en otras palabras lo entierra en la oscuridad con sus respectivas sombras. El ego, es como una especie de traje que constriñe al yo. Oculta el cuerpo, pero no es el cuerpo. El ego, se convierte en una especie de impostura que suplanta la yoidad de la persona. En definitiva, el ego, tiende a ser la máscara con la que nos presentamos en sociedad, pero aquí la máscara, finalmente se adhiere a nuestro autentico y verdadero rostro, confundiéndose con él. De modo, que tendemos a creer que la careta es nuestra auténtica y verdadera personalidad. Secuestrada e incautada nuestra esencialidad, nos acostumbramos a caminar por la vida con el antifaz de la idiosincrasia y de la naturaleza impostada.

No existen dos, es decir un Abel y un Caín, pues todos somos Caín y Abel. En la totalidad de nuestro proceder cohabitan el Caín y el Abel, pues contamos con luces y con sombras. Una yoidad fragmentada, nos conduce a un trayecto y recorrido en el que la esencialidad humana, se pierde en la intrascendencia del dualismo bipartidista mente-cuerpo. No disfrutamos, ni saboreamos el aroma de la fruta, simplemente nos entretenemos y nos distraemos con la piel de dicha fruta. Miramos desde fuera y hacia fuera, pero apenas si podemos escuchar y atender todo aquello que se encuentra por debajo de la piel humana. Somos extrañamente banales y superficiales, dedicamos nuestro existir y nuestro vivir a las inclemencias que el tiempo nos depara, y mientras tanto, los momentos se nos va entre las manos, sin vivirlos y casi sin sentirlos.

La marca de Caín, es la impronta que la sociedad por medio de la cultura deposita en nuestras almas. Marca que nos convierte en seres psicodependientes dentro del marco social en el que crecemos y por lo tanto nos desarrollamos. La cultura, nos preserva en dicho estado de inmadurez porque desde su óptica, tanto la diversidad como la complejidad humana les resulta insoportable e intolerable. Las sociedades, ni buscan ni desean sujetos humanos, simplemente quieren “autómatas” que cumplan con los objetivos de productividad y de rendimiento, previamente marcados y establecidos. El tiempo no es un acontecer y un devenir en el que el potencial humano pueda expresase y manifestarse. Más bien todo lo contrario, el tiempo suele ser suma de instantes, en los que el hombre produce y rinde. Piezas de engranaje, engarzadas a la cadena productiva. Cadena productiva que carece tanto de alma como de espíritu, y en ella simplemente somos y actuamos como máquinas.

Es ahí en donde reside y en lo que consiste nuestra marca de Caín. Los estados a través del proceso de culturización de sus ciudadanos, logran imponernos cierta identidad colectiva, en la que lo que tiende a predominar, es cierto mimetismo colectivo en el que el espacio y los momentos para la alteridad desaparecen. Ello implica que tanto las etapas como los instantes para la construcción de la diversidad humana, son eliminados y sustituidos por un delirio y un éxtasis de índole mesiánica, en los que solo se respeta el protocolo del expolio humano, bajo el pretexto argumental de procurarse y de preocuparse por el bien de la nación. Si bien los estados por si mismo, carecen de la capacidad de proponer sus propios límites, pues las tierras no hablan y mucho menos conocen los límites geográficos que se les impone, ya que todo ello queda en manos de los humanos y de los intereses arribistas propuestos por dichos humanos. Tal bienestar, propuesto por el estado adquiere una tendencia cainita al lograr convertir y por lo tanto convencer a todos de que el interés de unos cuantos, se reconvierta en el interés de la mayoría y por lo tanto en el bienestar común tan deseado. El estado se insensibiliza y consecuentemente nos animaliza por medio de argumentos falaces y huecos. Argumentos en los que tiende a predominar la futilidad narrativa. El proselitismo ejercido por los diversos líderes estatales, logra transformar a los colectivos y a sus ciudadanos en masas que vociferan y reclaman el derecho y por lo tanto el ejercicio a practicar la desigualdad y la injusticias entre humanos, bajo el escudo y el amparo de la ambivalencia y de la paradoja en la que se encuadra el marco de mucho de sus preceptos. El ego neoliberal, propone, regula y controla al estado, y con sus reglas y con sus normas, tendemos a relacionarnos en el contexto sociocultural.

Si el propio estado, extiende sus brazos cainitas sobre los ciudadanos que configuran la nación, a su vez los diversos sistemas que estructuran y configuran el estado, reman en la misma dirección y significación del estado. La familia, el barrio, la comunidad, etc, proyectan e inciden para que los humanos quedemos seducidos y modulados por la “marca de Caín”. De modo que la familia se transmuta en una especie de miniestado en el que el superyo estatal lo ostenta y por lo tanto lo representa la figura del padre (el pater familias). De manera que la cadena de transmisión del sistema de valores y de creencias, permanece intacta e incólume. Toda una tecnología de poder, puesta al servicio del sometimiento de las personas.

La familia como unidad primaria y por lo tanto como el hormigón sobre el cual la afectividad y el amor entre las personas crece y fluye, se sustituye a la vez que queda trastocado por una instrumentalización, bajo la cual lo que predomina y existe, no es tanto el amor como el chantaje emocional. Las familias, no responden a las necesidades primarias de los sujetos que las integran, y no responden a ellas, porque los sujetos que integran las unidades familias suelen carecer, o bien haber crecido en la ausencia y en la carencia de la “biología del amor”. Pocos seres humanos, cuentan con la certeza de haber sido sujetados y sostenidos desde el amor. Y el amor en su totalidad y en su plenitud, no solo desde su descripción teórica (romanticismo). Nuestra profunda esencia, de algún modo sabe o intuye que no hemos sido amados y reconocidos tal como somos. De alguna manera, han secuestrado nuestra yoidad. Transitamos constantemente entre dos corrientes: la mismidad con su alteridad, y el superyo social, que nos constriñe con sus restricciones.

Antes de ser progenitores, somos seres humanos que hemos sido horadados, tanto por la historia como por la psicohistoria que nos ha correspondido vivir. Pues nadie se convierte en padre de la noche a la mañana, por obra y acción del espíritu santo. Somos el proceso de nuestras experiencias vitales, de como las hemos gestionados y sobre todo de como las hemos integrado. Si la familia y la sociedad nos instrumentalizó, nuestro desarrollo emocional navegó por las aguas de la extorsión. Somos ciegos a nuestra propia ceguera. Justificaremos en todo sus comportamientos, tanto a nuestras familias como al sistema social que nos produjo. Logramos establecer y crear mecanismos de defensa y de adaptación inconscientes con los cuales justificar tanto la ausencia como la carencia de biología emocional. Hasta es probable que logremos identificarnos con las conductas de instrumentalización, integrándolas, hasta poder desarrollar las habilidades para posteriormente ponerlas en práctica. Desarrollamos miles de estrategias, para bien negar o bien evitar confrontarnos con nuestra ausencia real de amor y de afecto por parte de nuestros padres. Los glorificamos y hasta los elevamos al cielo. Nos adaptamos a la sociedad bajo formatos neuróticos o psicóticos con tal de preservar la idealización y la relación que hemos efectuados de nuestros padres. Si quebramos dichas idealizaciones paternas, seremos castigados con la marca de Caín, a través del sentimiento de culpa que nos invade por haber traicionado a nuestras familias y a nuestros padres. Morimos emocionalmente con tal de preservar el oráculo y el hogar familiar.

La marca indeleble del olvido, penetrará en nuestros corazones, afectando tanto las almas, como al sentido de vida que procuramos desarrollar. Desorientados y perdidos, nos aferramos a la marca de Caín, como casi la única opción que atisbamos. En el mar de la desesperanza, proyectamos, deseamos y hasta esperamos que nuestros hijos, colmen y calmen nuestras frustraciones y dolor. Desvirtuando nuestra yoidad, garantizamos a la vez que perpetuamos la marca de Caín, a través del sufrimiento innecesario que causamos a los demás. Presos de la frustración, negamos la esencialidad del existir por medio de creencias y valores, que dificultan e impiden la razón humana de ser.


Cristino José Gómez Naranjo.



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