RELATOS Y NARRATIVAS HUMANAS”.



Las estructuras antropológicas de nuestro imaginario, tienden a ser el ámbito y el contexto con el que los sujetos humanos, elaboramos, creamos y establecemos la condición y la naturaleza del discernimiento y del significado humano, puesto que sin dicho conjunto de imágenes, nuestra existencia comunitaria básicamente sería imposible. Es el valor e interpretación que asignamos, tanto a nuestras experiencias vividas, como al bagaje compartido con los otros, lo que nos confiere el carácter y la identidad humana. Sin dicha idiosincrasia seríamos meramente alimañas. Tales vivencias, las hemos podido expresar y manifestar a través de cuentos y de relatos. Los humanos, nos constituimos en humanos, a través de las estructuras narrativas, por medio de las cuales significamos las diversas experiencias vitales con descripciones consensuadas que nacen del imaginario común. Sin la palabra, o más bien con ella es como el “verbo se hizo carne”. Es por medio de la carnosidad de las palabras, cómo los humanos permanecemos interconectados. Sin dicha corporalidad verbal, las palabras del hombre se reducen y se limitan a concepto abstractos, fríos y vacíos, despojados y carentes de la humanidad precisa y necesaria que vivifica el espíritu y el sentido comunitario. Sin negar la enorme importancia de las palabras, éstas apenas tendrían sentido, valor y significado, si no estuvieran encarnadas en un cuerpo orgánico. Las ideas y conceptos, sin cuerpo y sin armazón, no podrían existir y mucho menos ofrecer sentido a las dinámicas tribales de los hombres.

Ha sido por medio de la narrativa como el hombre ha tratado de apropiarse y de dominar la naturaleza. Un relato, contiene la intencionalidad, así como la voluntad por controlar y dominar el medio y el contexto natural en el que nos desenvolvemos y por lo tanto nos desarrollamos. No deja de ser un intento por apoderarnos y poder hurtar todo aquello que nos resulta desconocido, incompresible y por lo tanto temible. Todo aquello que no acertamos a vislumbrar, se encuentra y escapa a nuestro control. Y como humanos, si la totalidad, nos resulta inexplicable y enigmática, tratamos de someterla y situarla bajo nuestro control y nuestra potestad. Nos angustia todo aquello que nuestra mente no puede abarcar, comprender y por lo tanto ofrecerle una explicación lógica y formal. Entonces el relato, tiende a ser la vía o canal por medio del cual, los humanos orientamos nuestras angustias y nuestros miedos. Suceda lo que suceda, los hombres procuramos explicarnos y comprender todo aquello que ocurre en el medio natural en el que vivimos. Buscamos un punto o referencia mental con el cual sostenernos y también en el cual apoyarnos. Poco o nada nos importa que dicha referencia resulte ser autentica y verdadera, pues lo que procuramos mitigar es nuestra angustia y no tanto averiguar la veracidad de lo narrado. Deseamos explicarnos las cosas, no buscar la verdad. Es por lo que los relatos tienen su sentido: cohesionar un grupo socialmente, a través del mito.

Muy poco importa, que dicha narración, se encuentre inmersa en el marco de un pensamiento “mágico” y mitológico, ya que con ello lo que se procura es calmar la angustia del hombre. Dicha angustia es el miedo y el terror a la muerte (tanatofobia). Es una angustia que nos precede y que por lo tanto en la tribu humana cuenta con un arraigo atávico y ancestral. El pensamiento mágico, resulta ser un intento y por lo tanto un modo de apropiarse del misterio de la vida. De hecho, tanto nuestras acciones conductuales como las culturales, que tienden a ir acompañadas y refrendadas por los descubrimientos tecnológicos, no solo han mejorado nuestra existencia, sino que a su vez han resultado ser un intento por dominar y poder tomar distancia, tanto de la naturaleza como de nuestros instintos más fieros y brutales. De hecho la cultura, ha sido y es el estilo y el esfuerzo compulsivo, realizado por el hombre por dominar y controlar las poderosas fuerzas brutas de la naturaleza. En definitiva, una aflicción y una congoja por tratar de que nuestra irracionalidad animal desaparezca del contexto humano. Los sapiens, siempre hemos procurado estandarizar los nichos ecosistémicos que hemos poblado. Tendemos a la imitación y a la homogeneización y por ello nuestra esfera o cosmovisión del mundo la imponemos al resto de humanos, por vía de los procesos de colonización. No aceptamos otras esferas humanas diferentes a la nuestra. Estandarizar, se encuentra profundamente enraizado en nuestra estructura psíquica colectiva. No integramos, tendemos más bien a arrasar e imponernos. Nuestros esquemas y esferas es lo único que soportamos, y por lo tanto procuramos, obligamos y exigimos a los demás que los asuman.

Temiendo realizar el mal, no hemos podido evitar desarrollarlo y ejercerlo (Eva Pierrakos y Donovan Thesenga). Con nuestra hiperracionalidad, hemos ido saturando nuestros relatos con excesivas distorsiones intelectuales, que niegan, rechazan y censuran todo aquello que proceda y que por lo tanto tenga su origen en el “cuerpo”. Según la tradición narrativa, el cuerpo ha sido el receptáculo del mal y el responsable de todos los vicios adquiridos por el hombre. Se encuentra inscrito en el “inconsciente colectivo”, la pugna y el debate que los hombres hemos tenido y padecido, entre nuestras almas y nuestros cuerpos. Salvar el alma, en detrimento del cuerpo. El cuerpo como el residuo del mal. Somos esclavos de nuestras pasiones y de nuestros instintos, por lo tanto al cuerpo hay que dominarlo y someterlo a través de la “penitencia corporal”, que logre y acierte a disciplinarlo. Aquí, disciplinar, implica negar al cuerpo y someterlo al servicio y al delirio de valores y creencias religiosas. Si por medio de la religión y de los diversos sistemas de creencias, logramos someter nuestros cuerpos, las sociedades alcanzan a tener sujetos sometidos y doblegados, en los que el espíritu crítico brilla por su ausencia. Toda una ideología de dominación que los sujetos interiorizamos a través de la intervención del superyo.

A fuerza de repetirlo innumerables veces, una mentira termina por convertirse y por lo tanto en erigirse en verdad. De hecho quién controla y domina el relato, acierta a imponer su cosmovisión tanto de las experiencias como a su vez del proceso de subjetivación de tales experiencias. Por ejemplo en España, basta con realizar un mínimo y sencillo análisis sobre “la transición” , para darnos cuenta que ni fue modélica ni resultó ser tan pacífica (Luis Miguel Sánchez Tostado, “ La transición oculta”), estuvo saturada de mentiras, conspiraciones, guerra sucia y corrupción. Los procuradores franquistas, nos facilitan la constitución que ellos quieren y desean, el Tribunal de Orden Público permanece activo hasta el año 1977 en perfecto funcionamiento, lo cual implica el ejercicio libre de la tortura y de la represión, se produce la matanza de Vitoria, la red Gladio actúa en España bajo el cobijo de los reformistas franquistas, creación de los GAL, seis intentos de golpe de estado, caso Almería, “listas de sangre”, elaboradas con fines electorales, más de 700 asesinados durante la transición, ley de punto y final en la que los golpistas se eximen y se libran a sí mismos del genocidio por ellos realizado. Todo un relato oscuro, que oculta y esconde la autentica y profunda verdad a los españoles. Todo un inconsciente colectivo enterrado en las cunetas, del cual la extrema derecha y los vencedores ni quieren hablar, y mucho menos que la luz ilumine el genocidio por ellos ejecutado. Sobre el sufrimiento y la negación, han querido buscar la paz y la unidad. No deja de ser su paz y su unidad, y no la de la totalidad de los ciudadanos.

El control y el dominio del relato impone una verdad que no es necesariamente ni cierta y mucho menos auténtica. Con dichos relatos, lo único que se busca y se desea es el dominio y el poder sobre las masas. Una masa, no es es un colectivo, más bien todo lo contrario, es un rebaño conducido al matadero. Sin reflexión y sin pensamiento crítico, los sujetos nos diluimos en la perorata del redil. La verdad impuesta, tiende a dar las espaldas al propio proceso de humanización de los sujetos. Una verdad establecida, es un dogma y que como dogma resulta incuestionable, y por lo tanto se encuentra por encima de los propios hombres. Es el hombre el que crea a los dioses, no obstante el relato es perturbado y minado por la idea de que son los dioses quiénes crean al hombre. En el principio los dioses y después los hombres. Mayor mito, imposible, tanto que la historia del hombre, sin la creación y el paraíso terrenal resultaría difícil de poder pensar.

Narrativas humanas encaminadas y dirigidas a ocultar los velos de las sombras de la dominación y del sometimiento. Narrativas en las que la depredación del hombre y el desarrollo del mal se justifican en su total plenitud. Como una especie de “espada de Damocles” con la cual poder justificar todo el mal y el daño que vamos a provocar. El fin justifica los medios, un dramático argumento por medio del cual, nos lavamos las manos antes del daño que vamos a imponer a los otros. Como una especie de rey o señor feudal que se encuentra por encima del bien y del mal y que por lo tanto puede ejercer y aplicar su señorío ante la plebe y en todo su feudo. Resulta inaceptable, que en esta cultura de lo excesivo y en este imperio de lo demasiado, no solo haya que vivir con el encanto del mal gusto, sino a su vez lidiar y tratar con las narrativas y las imágenes mentales del desarrollo y del ejercicio del mal. Se elaboran narrativas torticeras con las que se retuerce la historia del hombre.

Los sapiens, hemos procurado eliminar toda diferencia y toda diversidad a través de la estandarización, que nos ha conducido hasta el totalitarismo actual. El explotar, optimizar y poder obtener el mayor rendimiento de los recursos, es nuestra especificidad. Especificidad, que nos ha conducido a eliminar otro tipo y estilo de humanidades. Narrativas en las que el pensamiento mítico acerca de nuestro origen divino, ha producido en esos encuentros entre sociedades (colonización) y culturas la homogeneización occidental. En esos encuentros asimétricos, Europa se ha impuesto a esos pueblos Africanos, Latinoamericanos, etc. Relatos y narraciones centradas exclusivamente en las especificidades de la mirada del mundo occidental. Crónicas históricas en las que la otredad de las otras culturas y civilizaciones apenas si ha sido considerada, interpretada y entendida. Un modo de ver y un modo de hacer que se impone a la fuerza y contra la voluntad de los pueblos.

El humano, extermina al humano, por considerar y estimar que su creencia es el único valor absoluto posible. Logramos establecer relatos, en los que procuramos esconder nuestro miedo al ejercicio y al desarrollo del mal. No obstante, finalmente, acabamos potenciando y desempeñando el mal. Una paradoja que explicita nuestra naturaleza humana.


Cristino José Gómez Naranjo.




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