LA DEPRESIÓN, O EL ENCANTO DE LA SOLEDAD.
Tanto nuestras existencias, como a su vez nuestros modos de vivir, pueden transcurrir a través de un estilo de vida, en el que optemos por estar y permanecer solos, pero no nos sentimos, ni nos encontramos solos, y mucho menos abandonados. Las personas en el transcurso de nuestros propios procesos evolutivos, como a su vez también por medio de nuestras experiencias vitales, determinamos y decidimos vivir solas, pero dicha opción por vivir solo, ni implica ni conlleva soledad. Es una preferencia a la vez que una elección de la persona, apoyada plenamente en la atenta escucha de su consciente voz interior. Vivir solo, en ese contexto y con ese marco, es el resultado de un proceso personal e íntimo. Es por lo que ese existir desde la soledad, le permite y le ofrece permanecer conectados a los demás. Es un tomar distancias, sin desconectarse de los otros. Tal separación o recorrido, se decide, como vía y medio, a través de la cual se evita y se protege del saqueo y del abuso de los otros. En una sociedad de masas, el saqueo, es el único modo de poder sobrevivir, debido a que la cultura de masas, genera un inconsciente, tanto colectivo como individual, sumiso e irreflexivo que se encuentra sujeto a la represión y a anexos similares. No cabe duda de que en la comunidades reprimidas, los sujetos inconscientemente depredan emocional y afectivamente, pues sin sensaciones de apego, humanamente es muy difícil poder sobrevivir. Lo que hacemos es desplazar dicha necesidad hacia los otros por medio de su despersonalización a través de nuestras proyecciones. Demandamos a los demás (afecto), lo que nosotros somos incapaces de mostrar y de ofrecer. Al menos afecto con una disposición y mirada incondicional.
Podemos permanecer viviendo o bien sintiéndonos solos, estando acompañados. En tales circunstancias, las personas tendemos a escapar y a darnos las espaldas a nosotros mismos. Es decir, nos esforzamos por evitarnos, por no estar, ni permanecer con nosotros. Por razones y motivos inconscientes, tendemos a negar y por lo tanto a rechazar nuestra parte de dolor y de sufrimiento, a través del recurso de permanecer con los demás. Pero en la práctica, no estamos con ellos. Los otros solo adquieren sentido y dimensión como sujetos, desde mis ojos y con mi mirada. Lo único que hacemos en este tipo de convivencia, es proyectar sobre las personas, nuestras sombras y nuestros miedos. Es una soledad repleta de ruidos y de noches oscuras. Consciente o inconscientemente, nos esforzamos y nos trabajamos para evitar conectar con nuestra interioridad. Al mismo tiempo nos da miedo estar y permanecer solos, y por ello buscamos el ruido y la cháchara humana. Es un estar inconsciente, muy marcado por las expectativas que ponemos en los otros. Es un estar en el que el nosotros se encuentra integrado por la ausencia de otredades. Es un rincón en el que la desesperación tiene su espacio, dado que la unión y el vinculo entre las personas, viene precedido por ausencias y carencias afectivas negadas, y por lo tanto no elaboradas. Buscamos un espacio y un lugar para proyectar y desarrollar nuestro ego. Exploramos espacios y encuentros en los que procuramos esquivar nuestra vulnerabilidad hacia el dolor y el trauma desterrado de nuestros corazones. En definitiva, distorsionamos nuestra tristeza con el recurso de la distorsión afectiva, y por ello compulsívamente buscamos al grupo como refugio y evitación.
Después, se encuentran los que han tenido experiencias vitales de afecto y de amor incondicional, durante un prolongado tiempo con otros seres humanos, y sufren la pérdida de sus seres queridos a través de la muerte. A veces estas personas pueden permanecer o quedar atrapadas durante un breve tiempo, en la ensoñación y en el sufrimiento por la muerte y la perdida del ser querido. Normalmente estas personas, tienden a salir de la ensoñación, porque ellas mismas son poderosas y soberanas de sí mismas. Las experiencias vitales los libera, no los enreda. Tanto el sufrimiento como el dolor de la perdida, los transforman, pues son plena y totalmente conscientes de que el proceso vital no les pertenece y mucho menos son dueños de él. Aceptan y gestionan lo efímera que resula ser la vida. Es más, el proceso de la existencia compartida para ellos reside en la alteridad, es decir en el convivir con, y entre los otros. La vida sin los demás, al menos para ellos carece de sentido, significado y valor.
Posteriormente, se encuentran aquellos que distorsionan sus experiencias vitales por medio del proceso de la racionalización. Dicho colectivo, tiende a desconectarse de la realidad experimentada y sentida por medio de la “idealización”. Personas que tuvimos estrechos y fuertes vinculos con humanos queridos a las cuales hemos perdido a consecuencia de muertes traumáticas (accidentes, enfermedades, etc). Es decir, muertes no esperadas, y que en un repentino instante, nuestros seres amados mueren, sin apenas tener tiempo para elaborar y trabajar dicha perdida. Proyectamos por medio de la idealización, todo aquel daño y sufrimiento que las personas fallecidas nos causaron, e incluso rechazamos y refutamos dicho sufrimiento por medio de la negación. Además, nos autoculpamos del daño recibido. Consideramos, a la vez que establecemos que fuimos nosotros quiénes lo provocamos, y que la persona fallecida era inmaculada y nunca ejerció dicho daño sobre nosotros. La idealización es tal y alcanza tal nivel, que asumimos las culpas y las responsabilidades en nombre del fallecido. Entramos en el mito y en el frenesí de que la persona fallecida es intocable e intachable, tanto que defenestramos a las personas que traten de cuestionar nuestra mixtificación sobre el finado.
Son los diversos rostros que pueden adquirir la depresión humana. La depresión como “bel canto”, se procura para sí misma un bello, seductor y encantador rostro. Resulta ser cautivadora y arrebatadora, pero tras ese rostro seductor, se oculta la desfachatez y la tiranía de la tristeza y de la infelicidad. Es Como la dúctil sonrisa, que se asemeja al canto de las sirenas que si nos centramos y permanecemos contemplándola, quedamos seducidos, comprometiendo nuestras vidas. Tanto la despresión como la tristeza que la acompañan, desvitalizan nuestra esencialidad humana. Nos convertimos en oscuridades que brillan ante la luminosidad de la vida, pero con un obstáculo o adversidad, y es el de que ni vivimos, ni dejamos vivir. Nos alimentamos del recuerdo y de la pena que este desarrolla en nosotros. Con nuestra tristeza, devastamos las energías de aquellos que se nos acercan y desean compartir con nosotros. Resultamos tan miserablemente tristes, que congelamos la alegría de los otros. Somos como el demonio con rostro de tristeza, que procuramos demonizar a los demás con nuestra depresión. Resultamos ser tan sutiles e insoportables, tanto que responsabilizamos a la vez que culpabilizamos a los demás de nuestra depresión. Es como que al sentirme y encontrarme mal, los otros no pueden sentirse y encontrarse bien, y qué mínimo de cuiden y atiendan mi tristeza. El mundo gira en torno a mi depresión.
El rostro de la tristeza, no solo elimina la sonrisa de nuestros semblantes, sino que a su vez empobrece el alma, remitiendo a la trastienda todo aquello que se encuentre relacionado con la felicidad. Encapsulados en la amargura, expandemos hacia los otros el istrionismo de la tristeza. Como un deseo inconsciente por medio del cual procuramos, tratamos e intentamos que los otros se ocupen de nosotros. Una forma egoica de buscar y de encontrar el protagonismo, “ pues me siento y me encuentro tan mal y tan desdichado, que otros tienen que hacer las cosas por mi”, pues la depresión me dificulta poder hacer y desarrollar actividades, “quiero, pero no puedo”. Mientras tanto, en ese querer, ni asumo un compromiso y ni una responsabilidad para conmigo y por lo tanto para con los demás. Solo espero que los otros cuiden y atiendan mi tristeza, y a ser posíble que no me la desvelen.
El ambiguo rostro de la depresión, en un contexto cultural en el cual, tanto los sentimientos como las emociones que le acompañan, tienden a ser constreñidas por el imperativo sociocultural, las posibilidades de manifestaciones claras de emocionabilidad, se reducen a la arbitrariedad manipuladora de la cultura predominante. Hemos sido educados y criados en la negación de nuestras propias emociones, y consecuentemente casi estamos desconectadados de ellas. No nos conocemos, y apenas si sabemos lo que sentimos y cómo lo sentimos. Más bien, nos han pautado y nos han dicho cómo somos y qué debemos hacer. Hemos sido teledirigidos durante nuestra vida, por lo tanto cómo no fragmentarnos y rompernos. Tal vez por ello, enfermamos de tristeza y nos deprimimos. La depresión, es el resultado de una adaptación disfuncional a toda la locura social a la que estamos habituados. Una adaptación que viene impuesta por la desconexión emocional a la que nos expone la cultura. Es como nuestra cara negativa, que tiende a manifestarse por medio del sintoma depresívo. Es la ruptura del alma con su esencialidad armónica, y como no puede soportar dicha disarmonía, se expresa a través de la depresión. Depresión que dificulta e impide asumir la responsabilidad psíquica para con nosotros mismos.
El conjunto de sintomas depresívos, nos ayuda a congelarnos en el tiempo afectivo, permaneciendo en una inmadurez emocional en la que no asumimos nuestra responsabilidad afectiva. Permanecemos bloquedados por la culpa, la cual a su vez proyectamos y descargamos hacia los demás bajo la censura y la recriminación, por no encontrarnos y sentirnos bien. Como si los otros fueran los responsables o los causantes de nuestro malestar. Tanto el rechazo a la experiencia como a la verdad experimentada a través de ella, nos conduce a la paradoja de convivir con los otros desde el aislamiento. Apelamos al sórdido quejido humano, como forma y medio de comunicarnos entre nosotros. No obstante, nuestra tristeza permanece con nosotros por la sencilla razón de que nos encontramos desconectados de nosotros mismos, en una sofisticada masa social, que apenas si nos dice y transmite algo específicamente humano.
Si bien la depresión, tiende a ser el discurso de la soledad, que realizamos de un modo consciente o inconsciente, resulta evidente que dicha alocución, si se manifiesta de forma consciente, nos puede ayudar a transformanos y a reencontrarnos con nuestra esencialidad. Pero como generalmente, tendemos a atomizarnos, es decir a vivir en un aislamiento gregario y tribal, en el cual, al lado de otros y con otros, estamos y nos sentimos solos y aislados. Para nosotros ese tipo de soledad, carece tanto de sentido como de significado, dado que en ella, lo que brilla es la ausencia de espacio común para compartir y sentir. Es un nicho humano, que hemos construido desde la inconsciente proyección del otro como espejo de mis deseos y necesidades.
Cristino José Gómez Naranjo.
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