FAMILIAS Y FAMILIARES.



Vivimos un periodo conocido como globalización, el cual se encuentra excesívamente caracterizado y orientado por un estilo de socialización, mediatizado y sobresaturado por la pobreza y por la angustia vital, de no poder lograr satisfacer las necesidades mínimas básicas que nos convierte en humanos. Miserias, que al mismo tiempo resultan entrañablemente desgarradoras, ofensivas e insultantes, debido a que vienen acompañadas con una privatización de la riqueza en manos de unos pocos. Una cosmovisión del mundo y por lo tanto de nuestras dimensiones sociales caracterizado por el posthumanismo y la posverdad vigente, bajo las cuales el sentido y la dimensión de lo humano y de las colectividades integradas por personas parece que se diluye. Actualmente vivimos en los momentos de la insustancialidad en los que la trivialidad, ocupa tanto el lugar como el espacio de lo esencial, fundamental y básico. Los humanos clamamos y reclamamos un espacio vital, tanto en el ámbito de lo afectivo, como al mismo tiempo la opción de poder expresar y manifestar las emociones, y además rogamos que dicho espacio afectivo sea explicitado con toda la claridad precisa y necesaria, de modo que el marco emocional no quede reducido y limitado por las ambigüedades socioculturales. Sin que los subterfugios del neoliberalismo, coloquen trabas al receptor de los afectos, deseamos a la vez que buscamos una expresión coherente, honesta y directa de las emociones esencialmente humanistas, que nos hacen ser lo que somos, sujetos en los que el latir impulsa y motiva nuestras vidas.

Durante este periodo posthumanista, la distintividad de lo humano ha quedado seriamente cuestionada a la vez que trastocada. Los sujetos dejamos de ser humanos, para de ese modo poder adaptarnos al mercado crediticio de la explotación beneficiaria del poder. Y bajo este epígrafe, hasta nuestros sentimientos y emociones pueden convertirse en un arma arrojadiza. Las personas, hemos logrado constituir nuestra yoidad, tanto en contextos como en procesos relacionales, en contacto con otras personas. Procesos relacionales y comunicacionales, que para su óptimo funcionamiento, requerirían y les era imprescindible la disponibilidad emocional y emotiva precisa y justa para que los humanos pudiéramos permanecer dentro de dichos grupos (familia, tribu, pueblo, nación, etc). Actualmente, los humanos carecemos de narrativa y de soporte afectivo seguro. La inmensa mayoria de grupos en los que nos encontramos, se caracterizan por el efecto placebo de simular e instrumentalizar el amor, desde una cosmovisión de poder y de sometimiento. Por lo que los sistemas primarios como la familia, el grupo de amigos, las redes sociales, etc, se caracterizan por un sentido de pertenencia en el que la otredad y por lo tanto la yoidad no se pueden desarrollar como es debido. Nos encontramos colectiva e inconscientemente, sometidos a una concepción de amor que se sobreentiende como una entrega a los otros, para no ser ni expulsados ni estigmatizados dentro del grupo al que pertenecemos. Navegamos en la lealtad ciega de la inconsciencia, que nos dificulta e impide ver el muro emocional que hemos elaborado tras la fachada de las reglas familiares que nos impide y dificulta poder ser nosotros mismos. Tras la ilusión y el engaño, nos ocultamos en la armadura de un sentido de familia, ambiguo y zafio que abnega nuestros corazones, bajo la regla del sometimiento y asentimiento a las prescripciones efectuadas por el mito familiar.

En un contexto mítico, marcado por este tipo de rasgos, las familias, difícilmente pueden erigirse en un sólido soporte para la biología del amor, tan necesaria y tan vital para poder desarrollarse como un auténtico ser humano. Como sujetos, contamos tanto con historia, como con psicohistoria, y es con la mirada psicohistórica desde donde nuestra vida adquiere un sentido y un significado; y ello es así, porque dicha mirada procede de nuestro interior, el cual no acepta las distorsiones y las descripciones de la historia oficial. Por lo tanto, resulta más que cuestionable, la idea de que la familia es un sistema seguro que garantiza la protección y el amor a todas las personas que la integran. Tal ideal, es lo que es, un simple ideal, la realidad y los hechos tienden a confirmar que para muchas personas sus familias han sido la fuente de sus sufrimientos y el desencadenante de sus patologías psíquicas.

Con otros criterios ajenos y alejados de la manipulación e instrumentalización de las experiencias, veríamos y empezaríamos a considerar que las familias no suelen ser un paraíso en el que las personas podamos disfrutar y gozar. Para muchos, su sistema primario se convirtió en una urdida y entretejida red de lealtades, en las que el amor brillaba por su asusencia. Su lugar fue ocupado por un intercambio de intereses y trueques, cargados de proyecciones inconscientes y deseos frustrados, que establecieron a la vez que crearon un sistema cerrado y viciado, en el que tanto la desleatad como la deserción, resultaban mal visto, y por lo tanto dichas opciones, ni tan siquiera eran reflexionadas y pensadas. Si o sí, habia que pertenecer y por lo tanto permanecer sin discordias dentro de la unidad familiar. El proceso de individuación y por lo tanto de la construcción del Yo, era sistemáticamente cuestionada y por lo tanto negada. La condición de poder ser “otro” dentro del clan familiar, ni se pensaba y mucho menos se consideraba. Un nosotros intrafamiliar desde la intersubjetividad y claridad emocional, no se produce en este tipo de familias, que únicamente responden y obedecen a los mantras de que “la familia es lo primero”, y poco o nada importa que la propia familia destruya al sujeto. Solo se requiere lealtad al sistema familiar, poco o nada importa renunciar al ser personal pues este solo adquiere dimensión y sentido en la familia, y sin ella no se puede vivir.

La familia es un mito a la vez que un constructo social en cuyo relato subyace una especie de iceberg apenas perceptible, porque este ha sido confinado al mundo de las sombras inconsciente, tanto colectivas como individuales. La narrativa social, ha eludido a la vez que evitado desentrañar y abordar la trama emocional que cohesiona y vincula a los sujetos que integran las familias. Se ha evitado dicho entramado afectivo por la sencilla razón y motivo, de que la sociedad por medio del proceso de culturización, ha desplazado el amor y sus expresiones a través de un proceso de intercambio en el que el amor era denostado y mancillado a la vez que reprimido, y sustituido por la certeza de pertenecer a un clan percibido como familia y familiar. De modo y manera, que es el legado y el patrimonio familiar el que construye y dictamina a los sujetos. No son las personas con sus experiencias vitales y emocionales quiénes construyen y edifican la familia. Más bien es el míto social el que indica y nos dice que somos nosostros quiénes debemos adaptarnos y corresponder a dicho mito. Es el peregrino el que debe adaptarse a la cama, y no la cama al peregrino. En este espacio y en este contexto mítico, si alguna persona reivindica su Yo y su identidad, tanto el colectivo familiar como el resto de la sociedad, denostaran y humillarán a dicha persona, tan solo por el simple y sencillo acto de reivindicarse tal y como es. No hay ni libertad, ni dignidad, solo y únicamente gregarismo familiar. La sociedad, ni admite ni acepta una yoidad reflexíva y crítica, puesto que en el caso de hacerlo, tanto las familias como el resto de grupos humanos, se encontrarían integrados y formados por sujetos cuya diversidad y diferencias romperían la homestasis de la “sumisión” en la que nos encontramos actualmente. Es decir, se rompería la regla implícita de obedecer y someterse.

En las familias, al igual que en cualquier otro sistema social, tanto el sentido de unidad como a su vez el sentimiento de unión, no se encuentran determinado, y mucho menos viene ya dado por la consanguinidad. El mito de que une más una gota de sangre que mil años de amistad es falso. La consanguinidad, no es un seguro fiable que garantice el amor en la familia. No es una variable o constante que pueda confirmar el amor intrafamiliar. Generalmente los vínculos, se tienden a crear y a establecer en el ámbito de las experiencias compartidas, en el que las ventanas de la reciprocidad entre los sujetos, hacen que pongamos y expongamos nuestros cuerpos y nuestras almas. Amar, conlleva, implica y significa, una experiencia de comunidad vivída y sentida, en la que los mandatos e imperativos familiares sobran y resultan innecesarios. Sencillamente amamos porque nos entregamos, y los otros a su vez se entregan. El amor, ni se puede imponer, ni se debe exigir, tan solo se vive y se experimenta, y sobre todo se siente. No se puede explicar con palabras, y mucho menos se haya en la “mente”.

Por lo tanto la familiaridad de la familia, debería poder transcender los vínculos de la consanguinidad, para de ese modo poder entrar en el campo de la conducta afectiva y de la aceptación incondicional del otro. Una familia, es el efecto a la vez que el resultado de la diversidad de las personas que la componen y que convergen en un espacio multiple de “otredades” que configuran dicha unidad familia en la que todos su “Yoes”, establecen y crean un “nosotros”, en el que cada miembro es reconocido y aceptado tal cual es. La familia, literalmente, debería ser el sustento orgánico y biológico del amor y del afecto, es decir el modo en que cada uno es aceptado y reconocido. Las personas forman e integran las familias, por lo que las reglas que armonizan y regulan el sistema familiar, obedecen y responden a deseos y necesidades afectivas de los miembros de la unidad.

Es evidente, que el amor no se puede imponer, tan solo acompañamos en un proceso de vida cocreado y establecido por todos lo actores humanos. Casi nadie puede escoger su familia, pero sí que podemos optar y decidir que esta nos respete tal y como somos cada uno de nosotros. Podríamos decir que sí, a la familiaridad creada y establecida a través del compromiso y de la actitud comportamental en el marco de las relaciones humanas, y “no” a la familia establecida e instituida a través del mito, que estimula y favorece el sufrimiento de las personas.


Cristino José Gómez Naranjo.

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