OPUESTOS.


Tanto nuestra cosmovisión sobre el mundo, como de la vida que en él emerge y se desarrolla, nos predisponemos e inclinamos a valorarla y a considerarla con desmesurados sesgos cognitivos. Tendencias e inclinaciones, que han sido implementados por la estructura cultural predominante. Giros socioculturales de los que apenas si somos conscientes. Las influencias culturales, se han encargado de separar, escindir y sobre todo de hacernos sentir que el cuerpo y la mente, se encuentran divididos y disgregados, el uno del otro, y que por lo tanto apenas si tienen o guardan relación entre ambos . Es un hecho que actuamos y nos comportamos como seres dualistas, en los que el cuerpo y la mente van y se articulan desde una óptica influenciada por la idea de disgregación e independencia. Somos tan vehementes, que actuamos y sobre todo creemos que el cuerpo y la mente, se gestionan cada uno por separado. Cada uno por su camino, y ninguno incide y afecta al otro.

Según, nuestro bagaje cultural y social, tendemos a adoptar una forma y estilo de vida, fragmentario, parcializado, separado y desconectado de la experiencia y del sentir. Sopesamos la existencia, tanto la nuestra, como la de los demás seres, como un desarrollo que transcurre en compartimento estancos. La vida en sí, la percibimos y sobre todo la tratamos, como si toda su entrelazada complejidad se encontrase fuera de nuestro alcance. Al mismo tiempo individualizamos, y desconectamos los ricos elementos que integran nuestra vida y toda nuestra existencia. Vivimos aislados en una inabarcable complejidad, además, realizamos grandes esfuerzos y un enorme trabajo por malvivir. Activamos la negación y el rechazo hacia dicha complejidad que escapa a nuestra compresión intelectual. Todo aquello que no logramos comprender, procuramos ocultarlo por medio del repudio, en nuestro inconsciente. Abrimos las puertas de acceso a la infelicidad y a las enfermedades en todas sus posibles manifestaciones y expresiones. Heridas nuestras almas, las puertas a las enfermedades humanas se destapan, iniciándonos en la evidentes convicciones de la separación y del desligamiento con nosotros mismos. Vivimos sin habitar en nosotros mismos.

Como humanos, entendemos y actuamos como si nuestra cosmovisión fuera la única posible y aceptable. La elevamos a categoría universal, suprimiendo y eliminando la complejidad y los matices, que la vida y el vivir ofrecen. Somos extrañamente hábiles, a la hora de establecer doctrinas y de adoctrinar. Nos cuesta aceptar y sobre tolerar las discrepancias y las diferencias. La diversidad nos angustia, y por ello instauramos un colonialismo relacional basado en la subyugación del poder y del sometimiento del hombre a dicho poder. Somos tan arrogantes e irreverentes que pensamos a la vez que creemos, que la única mirada posible y admisible sobre el universo es la cristiana-capitalista de Occidente, más allá de dicha orientación, ni queremos ver y mucho menos aceptar otras cosmogonías. Nos creemos el credo inventado, y nos sometemos a él. Es más si alguien discrepa de él, lo declaramos hereje por medio del anatema con el que lo reprobamos y condenamos.

Nuestras estructuras del imaginario, es decir nuestro simbolismo sobre el mundo y la vida que en él se desarrolla, se hayan condicionadas por el basamento cultural en el que nos apoyamos. Y decir cultura, es decir creencias, y decir creencias, implica y supone ir más allá de aquello que consideramos y denominamos como “objetividad”. El eufemismo de que los hechos son objetivos y que por lo tanto hablan por si solo, no es más que una simple distorsión cognitiva, y hasta cierto grado afectiva, que tiene como objetivo, acomodar e instalar en la sombra y por lo tanto ocultar, la carga y el valor de la creencia que sustenta dicha idea de objetividad, pues los hechos y las experiencia son y han sido siempre interpretables. Pero lo relevante y verdaderamente importante e interesante, no es que sean interpretables, sino más bien quién se arroga, o quién se considera con el derecho a interpretarlos. Interpretar y procurar dar sentido y significados a nuestras vidas es lo que los hombres hemos tratado e intentado hacer. Otra cuestión, es si de verdad somos conscientes o no de tales interpretaciones. El mundo humano es simbólicamente complejo, puesto que se sustenta sobre el imaginario interpretativo de la experiencia vivida. Hay experiencias y explicaciones e interpretaciones sobre las experiencias. Y en el marco de las interpretaciones, es en el cual los humanos nos deslizamos. Muchas de la veces, somos inconscientes de nuestras propias interpretaciones, y debido a ello les damos un carácter de verdad única y posible. Interpretamos en términos absolutos y desde el ego. Y no solo interpretamos, sino que a su vez somos inconscientes de la extremada rigidez y organización social en la que nos encontramos. Es como si el vocero, y la función de portavoz estuviese reservada a los “profetas” de la verdad. Como si las sociedades, tuvieran unas pocas voces a las cuales escuchar y por lo tanto seguir (adoctrinamiento).

Las estructuras organizativas de las tribus humanas, las cuales indican y marcan cómo los humanos nos hemos constituidos y regulados, no resultan ser ni tan inofensivas, ni tan inocentes, y mucho menos son la consecuencia o el resultado de dinámicas neutras, que se deban y respondan exclusivamente a la naturaleza humana, pues en lo humano casi nada va orientado hacia la ecuanimidad e imparcialidad. Es el marco de las ideas y de las ideologías, el que ha impregnado el cuadro humano, y no es menos cierto que siempre ha sido una constante el procurar negar o bien ocultar dichos marcos y contextos ideológicos. Nos hemos organizados jerárquicamente, obviando y rechazando la orientación y el sentido heterárquico dentro de las dinámicas humanas, y ello se ha debido mucho más al resultado y al producto de la evolución ideológica del sapiens, que por medio de la propiedad emergente del cerebro, conocida como “mente”, hemos logrado alcanzar la habilidad y la capacidad para poder desarrollar la manipulación y la alteración de las experiencias y de los hechos. La manipulación de la realidad, por medio de los sesgos interpretativos, nos ha conducido a un campo minado por la insensibilidad y el bestialismo inhumano que ejercemos, desarrollamos y practicamos sobre otros. Además, justificamos con elementos y criterios edulcorados nuestro comportamiento irracional y salvaje. Las ideologías, tienden a ser un buen escudo bajo el cual, justificamos, tanto nuestras conductas, como nuestras acciones.

Nuestra racionalidad, ha sido capaz de generar el paradigma de los “opuestos”. Hemos sido competentes a la hora de elaborar múltiples y diversas dualidades, por ejemplo: bien-mal, noche-día, noble-plebeyo, rico-pobre, capitalismo-comunismo, mujer-hombre, sumision-insumision, burgués-asalariado, poder-orden, etc. Con las dicotomías, no solo parcializamos y fragmentamos la realidad, sino que a su vez la manipulamos burdamente. Nuestra capacidad creativa, no tenía por qué desarrollarse con la finalidad de dominar y sobre todo doblegar la inteligencia ecosistémica de nuestra planeta. La racionalización como mecanismo psicológico humano, ha turbado y perturbado el sentido y el placer comunitario originario de las personas, pues dicha mitologización, nos ha conducido a creer a pies juntillas, que siempre ha habido ricos y pobres, dominadores y dominados, nobles y plebeyos, etnias superiores e inferiores, etc. Se fue creando y estableciéndose un caldo de cultivo para poder ejercer y desarrollar el rasgo clave y fundamental de los humanos, que ha derivado en el vigente estado de ignominia, mostrada y ejercida en la más que evidente indiferencia con la que actuamos antes las injusticias acometidas por los agentes del fagocitador capitalismo imperante y deshumanizante.

Nuestras categorizaciones en opuestos, y por lo tanto en contrarios contra los que se debe combatir, ha establecido toda esta nube social de psiconeurosis crónica en la que convivimos. Las estructuras de nuestro sistema de creencias y de valores se han erosionado de tal modo que rezuman a resabios e intolerancias. Bajo una realidad social construida en y desde el marco de la desconfianza, prevalece la idea de las “ciudadelas fortalezas” en las que solo tienen entrada aquellos que piensan y opinan como yo, o como nosotros. Hemos construido y elaborado “los muros de la vergüenza”. Muros en los que la vitalidad humana, se desvanece en un constante horadar nocivo en el que el mínimo grado de esperanza se diluye. Pues los muros de las fortalezas ha diferenciado y separado, entre “buenos” y “malos”, entre “dignos” e “indignos”. Toda una recalcitrante ideología, impregnada de una aparente bondad, se arraiga en el corazón humano para desarrollar en éste la más inquina de las acciones y conductas humana: la apatía y el desapego hacia los otros, reformulado en una sonoridad revestida de preocupación por el otro. Preocupación que no deja de ser falsa e inauténtica, pero que nos seduce y nos atrapa en un enredo del cual casi nos resulta imposible poder salir. Nuestro espíritu crítico y reflexivo ha sido sustituido por toda una serie de automatismos y soliloquios que nos han logrado convertir en autómatas. Tenemos miedo a ser expulsados de la fortaleza. Tememos a que nos arrojen al arrabal y que la hediondez de sus residuos fecales, se impregnen en nuestra piel. Ser expulsado de la tribu, lo convierte a uno, en un sujeto apestado. Pagamos el precio que sea necesario para no ser excluido y por lo tanto para evitar ser un marginado.

Tenemos miedo a ser expulsados de la fortaleza porque ello acarrea e implica nuestra muerte social. Nada, nos aterroriza más que el tener que llevar “la marca de Caín”, puesto que ello conlleva que hemos sido señalados y etiquetados por la impronta cultural. Nuestros pecados, así como nuestras faltas, nos ubican en los límites de la ciudad fortaleza, es decir en el punto y en el extremo de ser expulsados de la tribu. Tal vez, el mayor sufrimiento humano sea el der ser rechazado y negado por el grupo. Ante dicha vicisitud, los humanos hacemos lo posible y lo imposible. Es terrible y doloroso, que te den la espalda. Se vive, pero no entre los demás y con los otros. En una jauría, en la que únicamente se oye el ensordecedor ruido de la indiferencia y de la soledad.

La desesperada e hiriente soledad, altera nuestra consciencia, conduciéndola por el camino de la racionalización, alejándola y despojándola de su inherente corporalidad. Somos como muertos vivientes, que habitamos fuera de nuestros cuerpos en una misógena realidad mental, construida y elaborada por la racionalidad de la mente que nos permite vivir en los discursos abstractos y vacíos de la intelectualidad descarnada, que obvia y olvida al sufriente cuerpo del cual nos hemos descarnados. Separados de nuestra consciencia corporal, enfermamos. Atrapados en el opuesto dicotómico, cuerpo-mente, nuestras almas y nuestros espiritus permanecen abnegados en una paradoja de difícil solución. Atrapados en la contradicción que nosotros mismos hemos creados, nos alimentamos de dicha contrariedad. Tememos sentir, negando y rechazando la pasión por la vida, tras el vademécum de la formalidad social impuesta. No vivimos, más bien jugamos el juego de vivir la vida. Jugamos a representar nuestra propia existencia y mientra tanto ésta transcurre de forma anodina para nosotros, pues vivimos fuera de nosotros con marcos y estructuras ideológicas elaboradas y diseñadas por la casta.

Con las dualidades y contrarios establecidos, negamos y rechazamos la vida tal y como es. Nuestra irreverencia, conduce a nuestras almas a un estado catatónico, en el que nuestro existir es una recurrente parodia insustancial, tras la cual la vida se nos escapa por apegarnos al protocolo social impuesto. No vivimos, más bien simulamos y representamos que vivimos. Ahogamos la vida, para crear y establecer toda una liturgia cuerpo-mente, bajo la cual silenciamos y por lo tanto acallamos nuestras almas, que prisioneras del inconsciente, minan y enferman lentamente nuestros cuerpos. Viviendo en un sin vivir, condenamos al ostracismo a nuestras almas.


Cristino José Gómez Naranjo.


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