ARROGANTE IGNORANCIA”.



Los seres humanos procuramos encontrar o dar explicaciones de naturaleza simplista, en relación a las experiencias vitales que albergamos, y sobre todo cómo ubicar dichas vivencias en la estructura del cosmos que cohabitamos con múltiples seres. Nuestro reduccionismo, no deja de ser más que un mero intento, por medio del cual tratar de explicar el ecosistema que cohabitamos, como a su vez una estrategia con la cual procurar mitigar nuestros miedos y ansiedades por todo aquello que ignoramos. Desde los albores de los tiempos, a los hombres, nos inquieta lo “desconocido”. Llevamos a cabo enormes esfuerzos mentales por preservar un control y un dominio sobre el ecosistema en el que coexistimos. Nos esforzamos por minimizar nuestro desasosiego, y el recurso que utilizamos para ello, tiende a ser la búsqueda de explicaciones y modelos simplistas para tratar de comprender el ecosistema que habitamos. La explicación racionalizada, tiende a ser nuestra puesta en escena a través de la cual tratamos de serenarnos, ante aquello que negamos por ignorancia.

Consideramos que el mapa cognitivo que retenemos en nuestras mentes es el exclusivo procedimiento por medio del cual podemos reconocer la vida. Al mismo tiempo, concebimos que dicho mapa se sustenta sobre la base de la racionalidad. Basados en dicha racionalidad, groseramente, omitimos que nuestro mapa se encuentra saturado de creencias centradas y dinamizadas por relatos que contienen un alto contenido mítico. Es palmario, que aquello que hemos dado en designar como razón, se encuentra hilvanado con las hebras de la fábula. Apelamos a la razón desde lo mítico, pero no hay la menor duda de que explicamos nuestra cosmovisión mítica con cierto grado de racionalidad. Sin duda, no podemos sortear la ficción y la quimera, cuando empleamos el recurso de la razón. Por lo tanto, es razonable sumarse al mito. Entramos en la paradoja de la racionalidad mítica. Confeccionamos toda una serie de maniobras, con tal de que nuestro mapa cognitivo permanezca intacto, inclusive cuando nuestro comportamiento pueda parecer contradictorio, haremos lo indecible por explicar nuestra conducta, desde el cajón de la razón. El mapa por encima de toda evidencia, y ello a pesar de que los indicios indiquen que nuestro mapa contenga inexactitudes y contradicciones.

Con nuestra mirada simplista, rehuimos el fondo de la complejidad que la vida presenta. La complejidad, suele ser como el hilo invisible de Ariadna que todo lo une, vincula y relaciona, pero que los humanos con nuestra limitada visión, insistimos en no poder y muchas veces en no querer ver. La complejidad suele ser lo inabarcable para nuestra mente. Ante tal tesitura, nuestro ego, se resiste y se niega a considerar y por lo tanto a admitir la complejidad. Nuestra cuadrícula egoíca, tiende a escindir y compartimentar la complejidad de la vida en cajones separados y desconectados que no guardan relación entre sí. Con dichas modalidades observacionales, lo que percibimos a través de nuestros ojos, es un tipo de naturaleza muerta. La simplificación explicativa propuesta por nuestras mentes, resta vitalismo a la misma vida, pues la desconecta de su esencia, que es la complejidad, es decir la unidad coherente del ecosistema que el ojo humano con su reduccionismo se empeña en no considerar. La complejidad no implica, ni presupone dificultad, tales obstáculos suelen ser puestos y propuestos por la mente del hombre. Nos asusta la complejidad, porque ella escapa y se aleja de nuestro control mental. Es decir no es abarcada por nuestros mapas y consecuentemente la rechazamos. La complejidad, conlleva “Lo Uno en el Todo” (Plotino). Solo pensarlo, o bien admitir su posibilidad, nos estremece y nos sobrecoge. Luchamos contra la complejidad, llevándolo casi todo a la simplificación.

Lo que nos exaspera es que la complejidad rebasa y supera nuestro confortable mundo racional. La complejidad, nos emplaza y nos expone a una realidad pluridiversa la cual es pautada por la incertidumbre. En este mundo no hay certezas, más bien todo lo contrario probabilidades que pueden, bien ocurrir, o bien no suceder. Y ante la incertidumbre de la vida, la mente humana se torna intolerable, procurando retorcer las experiencias vitales, otorgándoles una explicación racional que nos calme y tranquilice. Nos desvivimos dentro de un marco conceptual racional que calma nuestra mente, pero que al mismo tiempo desalienta nuestro vivir, que se reduce a una simplificación del existir en el que la interrelación global de la vida, no la tenemos en cuenta. De algún modo, vivimos con cierto grado de pobreza espiritual. A pesar de la tranquilidad que nos aporta nuestro mapa racional, perdemos vida, porque renunciamos a vincularnos y fundirnos con la complejidad.

Insistimos en la acumulación de conocimiento. Conocimiento, que no nos va a brindar la sabiduría de comprendernos y de aceptarnos como seres limitados que somos. El conocimiento por el conocimiento, no nos abre las puertas de la sabiduría, pero la sabiduría, si que nos puede abrir las puertas de la humildad, para reconocer que no podemos comprender y conocer todo el ecosistema cósmico. Es prudente, reconocernos como humanos limitados que asentimos a la complejidad vital que la propia existencia nos presenta. Contamos con tres grados o niveles de conocimiento, según Ken Wilber: el ojo de la carne, o conocimiento a través del cuerpo, que tiende a ser básicamente experiencial; el ojo de la razón, que tiende a sustentarse en la lógica y en el proceso mental, y el ojo de la contemplación, que tiende a apoyarse en lo espiritual, es decir va más allá de la razón. Indicar, que las experiencias con características espirituales, no deberían ser reducidas y explicadas por medio de argumentos de índole racional, pues ninguna palabra por muy explicativa que pueda ser, puede abarcar el espíritu. Cada uno de los tres ojos, incluye y comprende un nivel o grado diferente de conocimiento que se integran en una totalidad complementaria. Son niveles de orden lógico diferentes, pero que configuran al sujeto. La dificultad, reside en procurar explicar el ojo de la carne y el del espíritu a través de la razón. Reducir al hombre al imperativo racional. Podemos decir que la experiencia vital humana, por mucho que nos esforcemos, jamás puede ser confinada en el tarro de las palabras. Debemos decir que la explicación verbal por sí misma, es solo una aproximación pero no la experiencia. Jamás las palabras podrán sustituir a las vivencias. Pero al ser tan contumaces, nos blindamos con las palabras. Por medio de la oratoria, nos separamos del cuerpo y de lo que dicho cuerpo siente.

La racionalidad, magnifica al ego, de modo que éste se siente con el suficiente poder como para contrarrestar y explicar desde su óptica, tanto al cuerpo como al espíritu. Dentro del marco de las argumentaciones hipotéticas-deductivas en las que se ampara el ojo de la razón, el cuerpo y el espíritu quedan sometidos y subordinados al raciocinio. De modo, que la complejidad humana se reduce, a la vez que queda limitada por el ojo de la razón. Ni se duda, ni se cuestiona, que casi todo puede reflexionarse con un “por qué”, pero si que resulta más que cuestionable que dicho “ por qué”, deba tener una base y una solidez exclusivamente racional. La soberbia del ego, consiste en arrogarse y por lo tanto tomar el timón de la nave del hombre, sin considerar al resto de la diversidad que lo integra y lo constituye.

La ignorancia en su descendente camino, puede alcanzar elevadas cuotas de irreverencia. Logra alcanzar dicha contribución, restringiendo y limitando su inspección, exclusivamente a la lógica racional, la cual coacciona y rechaza la sabiduría experiencial del cuerpo. La irreverencia, alcanza límites en los que la arrogancia, además de negar al cuerpo, rechaza al mismo tiempo todo lo que él siente. La soberbia del ignorante es tal, que se insensibiliza ante su propio cuerpo. Por decirlo con la suficiente claridad “mata” su cuerpo por medio de la disociación que pone en práctica. Su cuerpo es como una especie de cadáver que debe silenciarse por la vía de la racionalización. Es por lo que la ignorancia se inviste de arrogancia, degradando y denigrando nuestra mismidad con el rechazo al cuerpo con el cual vamos a experimentar el sentido y el significado que damos a nuestras vidas. Demasiadas voces en un mismo “Yo”, que pugnan por salir a la luz. Demasiadas voces que no son atendidas. Y demasiadas voces que sufren, el desgarro del silencio al ser reprimidas y consecuentemente rechazadas. Voces que emigran a las capas más profundas de nuestro inconsciente en el que silenciosamente lloran y penan nuestra autodestrucción.

Presumimos del sufrimiento que portamos sobre nuestros hombros. Es más, la cultura fomenta y estimula dicha actitud sacrificial. Nos abre las puertas para que podamos andar por los caminos de la ignorancia, creando y estableciendo toda una estructura de sometimiento y de terror con la cual nos entregamos ciegamente al dios de la “renuncia” personal. Podemos ser, no siendo, porque la esclavitud en la cual vivimos nos permite permanecer en un ceguera en la que la diosa ignorancia, domina todo los horizontes del hombre. Sufrimos porque la temeridad de la ignorancia, nos dificulta poder ver el bosque que oxigene y discrimine nuestro analfabetismo humano. Nuestra ignorancia cohíbe, tanto a nuestra libertad como a nuestra dignidad, pues la obediencia ciega, nos conduce al camino de la desesperación.

Es notorio que la evolución, al menos en el genero Homo, concretamente en nosotros los Sapiens, nos facilitó un proceso transformativo en el que nuestro neocórtex presentó grandes cambios. Mutaciones, que nos han convertido en un Homo especial, capaz de lo mejor y de lo peor. Capacitados para hacer el bien, nos hemos especializado en ejercitar el mal. Incapaces de integrar nuestras luces y nuestras sombras, transmitimos nuestra angustia vital por medio de la proyección. Arrastramos, todo aquello que se nos ponga a nuestro alcance. Como seres insaciables impulsados por los terrores ancestrales, diseñamos un mecanismo de simplicidad a través del cual procuramos e intentamos comprender, abarcar y apropiarnos de la realidad ecosistémica del nicho ecológico en el que nos desenvolvemos. El desarrollo de nuestro neocórtex, si bien nos ayudó y nos facilitó nuestro proceso adaptativo, a su vez también pudo ser el cauce de nuestras angustias y de nuestros miedos. El neocórtex, nos facilitó, movernos en el tiempo y por lo tanto en la historia a través de la “imaginación”. Podíamos ir al pasado, permanecer en el presente o bien trasladarnos al futuro con solo imaginarlo. Con la imaginación podemos crear dioses, establecer y desarrollar miedos y desazón, tales como “la angustia de muerte”.

En nuestro arcaico inconsciente, se estableció dicho miedo a la muerte, y en vez de integrarlo e incorporarlo en el ámbito de nuestras existencias colectivas y personales, hemos desarrollado todo un arsenal de estrategias para evitarla y esquivarla. Hemos establecido la paradoja de la vida, negando la muerte. Negamos el final, la muerte por medio del desarrollo de toda una tecnología del terror: matamos, asesinamos, humillamos, contaminamos, torturamos, subyugamos, explotamos, denigramos, etc, y todo ello lo hacemos en nombre de la ciencia y del progreso. El miedo y el terror inconsciente y por lo tanto no elaborados y trabajados, nos ha asumido en el ejercicio y en la aplicación del mal. Gestiono mis sombras y mis horrores, proyectándolos en los otros, y por lo tanto en nombre de la fe y de los dioses me autoproclamo profeta en la tierra con derecho a ejercer y desarrollar el bien y el mal. Es evidente que en mis enemigos se encontrarán las sombras personales proyectadas. Mato, torturo, robo humillo, etc, en cierto modo por que de ese modo me calmo. Es la falsa consciencia de la ignorancia, que poco o nada le importa expandir el sufrimiento en los otros. La fingida conciencia del samaritano, por medio de la cual descargamos en los otros, aquello de lo que nuestro inconsciente personal recela.

No solo somos ignorantes, además presumimos de nuestra ignorancia, desde y con arrogancia. La prepotencia con las que actuamos durante nuestra existencia, se sostiene sobre la cortina de humo del tóxico desprecio por lo humano. Como una especie de huida hacia adelante, en la que la ignorancia, nos impide ver el bosque en el cual convivimos entre nosotros y las demás inteligencias del ecosistema compartido. Arrasamos, rechazamos y hasta negamos la complejidad vital que el ecosistema presenta. Suscitamos respuestas simplonas, ante la compleja diversidad de la vida. Nos convertimos en personajes retorcidos, que tergiversamos las experiencias con tal de que éstas se acomoden a nuestro mapa. Vivimos con la dinámica ilusoria, de que aquello que pensamos y aquello en lo que creemos es lo único posible y real. Nos ilusionamos con el cuento y olvidamos la psicohistoria. Somos arrogantes, tan petulantes, que elevamos nuestros propios mapas a la categoría de única verdad posible y admisible.


Cristino José Gómez Naranjo.


Comentarios

Entradas populares de este blog