LA LENTE DE LA CULTURA.
Los mortales como especie homínida, hemos ido adquiriendo nuestro sentido y nuestra significación como sujetos humanos, por medio del itinerario de la cultura. La civilización, es el surco que ha horadado nuestras vidas. La educación, ha logrado superar y transcender los límites del comportamiento social, hasta el extremo de poder incluir a la vez que regular, nuestras conductas a través de la instrucción. Adiestramiento que se nos ha ido administrando e implementando, dentro del marco de actividades que la sociedad ha estructurado y elaborado para nosotros. Por medio de la rutinización, ha sido como los diversos estamentos sociales, han conseguido que nos identifiquemos y normalicemos con lo que ellos han preestablecido. Las rutinas grupales, han conseguido que tengamos cierta identidad colectiva. Se han convertido en nuestras señas de identidad. Las actividades rutinarias establecidas en los diversos órdenes sociales, han contribuido a nuestro sentir grupal. Sin ellas, difícilmente hubiéramos podido lograr alcanzar la consistencia tribal con la que contamos en la actualidad.
Mientras tanto, no deberíamos olvidarnos que las certidumbres a las que los humanos nos hemos acostumbramos y nos hemos habituados, al menos en el ámbito del aprendizaje humano, se hayan influenciadas por el campo de las creencias y sistemas de valores con los que contamos como personas. Sin creencias, casi no somos nadie, es más, si creencias, casi ni nos podríamos identificar como especie humana. Sin la ideología y el dogma, apenas somos reconocibles. Es como si pretendiéramos, o bien tratáramos de evitar el aspecto recalcitrante y cutre que conlleva las ideologías, por que tal vez en ellas, se ocultan nuestros deseos de dominación y de poder. Para ello, tendemos a no contextualizar las creencias ideológicas que sustentan y apoyan el elemento cultural humano de todo proceso educativo y formativo. Principalmente, tratamos de ocultar las ideologías, porque sobreentendemos que son campos de dominación y de poder con los cuales queremos y deseamos controlar y someter a los demás.
Es incuestionable que, somos como somos, gracias a las creencias, las cuales cuidamos y protegemos con toda la tenacidad posible. Del mismo modo, que no hay cultura sin ideología, ésta a su vez, nutre nuestros sistemas de creencias y de valores. No existe civilización, ni organización humana que pueda ser eximida de las convicciones y del adoctrinamiento. Ya que desde el ámbito de las creencias y valores, las mismas, contribuyen a estructurar y a organizar ciertos tipos de cosmogonías, por medio de las cuales las diferentes tribus humanas organizan y ordenan su sentido y significado existencial. No es lo mismo una cosmogonía azteca, que una cosmogonía cristiana, o que una cosmogonía liberal, o bien neoliberal. En base al sustrato que subyace a las creencias, las sociedades humanas tomaran unos u otros rumbos. Por lo que nuestras concepciones sobre el origen del universo, se encuentran sesgadas por el contenido ideológico con el cual tendemos a identificarnos. El universo y su existencia resultan más que obvia, pero el mapa ideológico que construimos con nuestras ideas acerca del orbe, significan mucho más para nosotros, generalmente más que su propia contingencia. Confiamos mucho más en nuestro propio mapa (prejuicios) , que en el territorio o espacio que compartimos.
Resulta evidente, que los diversos grados evolutivos de la consciencia, tanto en el plano personal como en el colectivo, incidirán en el arquetipo de sociedades dentro de las cuales, los humanos nos desarrollamos. Habrán sociedades más abiertas y compasivas, y otras más cerradas y egoístas. Los diversos planos que se establecen en las sociedades que moldean a sus sujetos, y el estilo en el que dichos niveles son integrados por las culturas, nos convertirán en sujetos más compasivos, o tal vez más despiadados. Aquellos niveles descriptivos de la consciencia: prepersonal, personal y transpersonal, conllevan una harta complejidad humana, difícilmente descriptible por medio de conceptos. De hecho, las conceptualizaciones son lo que son; aunque necesarias, no dejan de ser abstracciones y por lo tanto explicaciones sobre las experiencias vitales. Tendemos a considerar que la interpretación y la experiencia son los mismo, cuando es evidente que son dos categorías cuyos ordenes y niveles lógicos son preceptos cualitativamente diferentes. Del mismo modo, que la palabra mesa y el objeto mesa, no son lo mismo, igualmente mi cosmogonía del universo y el origen del mundo, tampoco son lo mismo. Tendemos al modelo explicativo conceptual abstracto como un medio, o más bien una vía por medio de la cual inculcamos nuestro proceder ideológico como si éste fuera una realidad o dimensión objetivable y contrastable. Con el concepto o la idea que de él puede derivarse, deseamos abarcar la inabarcable complejidad del ecosistema solar que habitamos. Obviamos la complejidad y aterrizamos en la conceptualización teórica, como única verdad posible y aceptable para nosotros. Es través de las ideas, como los humanos procuramos ocultar nuestra angustia y vulnerabilidad ecosistémica. El concepto, tiende a ser como la canción de cuna que nos adormece. Embargados en un rico mundo idealizado, vivimos en el espacio de las ideas, sin aterrizar y sentir la vitalidad del ecosistema que cohabitamos.
Si a lo narrado sobre nuestra humanidad, describimos otros tres sesgos que nos constituyen: el conformismo, la religiosidad, y el tribalismo, nuestra complejidad humana tal vez pueda parecer que es contradictoria y paradójica. La paradoja reside en que dichos sesgos, si no son reconocidos en su totalidad integradora y sistémica, jamás podremos alcanzar y por lo tanto a considerar la verdad profunda que esconde el ser y el sentir humano. En cierto modo, tendemos al conformismo, porque nacemos y nos desarrollamos en grupos humanos. En cierto grado, contamos con un mecanismo evolutivo-adaptativo y reflejo, útil para poder imitar y copiar, que se basa en la conformidad. Es adaptativo y evolutivo, porque ha contribuido a nuestro sostenimiento como especie humana. Tal vez el argumento que sostiene nuestra tendencia al conformismo, es que imitamos y copiamos a los demás, y ello a pesar de que sus conductas puedan parecer ilógicas y extrañas, pues si no los imitásemos, tal vez seríamos excluidos del grupo, o vistos como exóticos y raros. Por lo tanto la conformidad es una tendencia humana, orientada hacia la vinculación e integración intragrupal de los humanos. El conformismo, evita la disidencia interna de la tribu. Por supuesto, en el clan se trabaja y se opera, consciente e inconscientemente las diversas reglas y normas para configurar nuestra predisponibilidad al conformismo. Son las lentes de la cultura, con la ayuda de las estructuras ideológicas las que desarrollan los pilares del sometimiento al poder establecido. El conformismo, tal vez nos una, pero el desarrollo de un conformismo vinculado al poder jerárquico, nos idiotice porque nos lleva directamente al redil de la humillación y de la dependencia. Nos convertirá en un rebaño en el que la opciones de individuación se reducen a cero. No hay sujetos, ni intersubjetividad, únicamente manada y por lo tanto rebaño. Pues una comunidad con un pleno y profundo sentido comunitario, es aquella, en la cual la pertenencia es ejercida y desarrollada a través de una militancia activa. Mientas que una comunidad formal, es aquella otra en la que la casta se impone y manipula, desarrollándose sujetos pasivos que actúan como masa gregaria indiferenciada, en las que el totalitarismo y el pensamiento, adquieren sentido y señas de identidad.
Si a nuestro sesgo de conformismo, le unimos cierta tendencia hacia la religiosidad, efectuada y producida por el modo en que nuestros cerebros evolucionaron. A lo largo de nuestra historia ha sido inevitable el papel que las religiones han desempeñado en nuestras formas complejas de organizarnos socioculturalmente. De algún modo, formas intuitivas de religiosidad se encuentran en nuestra naturaleza humana. En casi todo el mundo, la diversidad cultural, ha sostenido la idea, o creencia de que tras la muerte continuamos viviendo. En casi todo el mundo se habla de mente, o alma y cuerpo. En casi todo el mundo, se tiende a creer en la existencia de seres sobrenaturales, y ello a pesar de que tal creencia resulte ser contraintuitiva, es decir rompa con la lógica. Gran parte de nosotros nos podemos imaginar tras nuestra muerte, sin ojos, orejas, boca, etc, pero nos resulta muy difícil, por no decir casi imposible, imaginarnos, sin alma o mente tras la muerte. Ya desde el primer septenio de nuestras vidas, incluso en la etapa preverbal, los niños conceden valor e importancia a seres y personajes contraintuitivos a los cuales les confieren superioridad y por lo tanto poder sobre los humanos. Tanto en nuestra literatura, como en nuestras leyendas, aflora toda esta serie de personaje míticos y mitológicos: hombres lobos, vampiros, hidras, hombres murciélagos, druidas, sirenas, Caronte, el inframundo, etc. La inmensa mayoría de las culturas tienden a considerar a la vez que a considerar que el alma es inmortal, mientras que el cuerpo es perecedero, y que por lo tanto ésta ira a un lugar especial (paraíso), en el cual se reunirá con sus antepasados y ancestros.
Bien, podríamos entenderla como una especie de religión inherente o implícita, o también primitiva y salvaje, que sirvió y cumplió con sus funciones evolutivas y adaptativas dentro de la especie humana; pero que con la transición de las sociedades tribales a las ciudades-estados, ocurrió que la complejidad organizacional humana, alcanzó un mayor grado de dificultad, y es cuando tales religiones derivaron y por lo tanto se presentaron como mecanismos y dispositivos de dominio, control, y por lo tanto como una maquinaria por medio de la cual, se ejerció y se desarrolló un dominio y un control sobre el resto de la ciudadanía. Es el momento en el que las religiones, se convirtieron, o mejor dicho las convirtieron en una especie de “becerro de oro”, al cual debíamos adorar. Y ya se sabe, en la adoración ni se permite, ni se tolera la idolatría, y por lo tanto aquella orientación adaptativa y cohesiva de la religión salvaje o arcaica, fue sustituido a la vez que modificado, por la adoración a divinidades crueles y totalitarias. Divinidades, que no podían ser cuestionadas. Las deidades, siempre han sido omnipotentes y omnipresentes. De modo que, se han logrado convertir en el terror con el cual se nos puede atemorizar, y consecuentemente dominar. El infierno, y el inframundo, siempre se encontrarán adheridos a nuestras espaldas. En el paraíso terrenal, vivimos con el miedo y desde el miedo. Todo un desarrollo, de estrategia de poder y dominio a través del miedo y del pánico. Es el ingenio desarrollado y establecido por la élite para poder aprovecharse de nuestra credulidad y desconocimiento.
El tercer sesgo que nos constituye, es el del tribalismo, es decir, nuestra tendencia a identificarnos con un grupo en concreto. Mencionar que dicho sesgo tribal, es de suma importancia para nosotros, y que a su vez, nos ha aportado sus luces y sus sombras. No se duda de que el tribalismo ha facilitado modos pacíficos de creatividad y de cooperación entre humanos, pero a su vez, también ha denigrado y degrado el mismo proceso de humanización. Hay evidencias históricas de que las civilizaciones humanas más fuertes y potentes, han logrado desarrollarse y expandirse, por medio de la tecnología bélica, es decir por medio de las guerras. Baste como ejemplo, las diversas colonizaciones europeas, efectuadas en el continente americano, africano o asiático. Colonizaciones, que terminaron en genocidios de etnias y de culturas establecidas en dichos territorios.
El tribalismo, bajo el prisma de la cristiandad y del capitalismo, ha negado y por lo tanto rechazado, las otredadades culturales, éticas, emocionales y sociales de los diversos pueblos a los que han invadido. El europeísmo de cerebro plano, ha negado siempre la diversidad, y por ello en sus procesos invasivos, tenía que eliminar al “otro”, al diferente. Somos incapaces de poder comprender y mucho menos poder aceptar los dispar. No comprendemos a los palestinos, ni tampoco a los iraníes. Nos posicionamos al lado del maléfico gobierno israelí, o nos divertimos con el panfleto trompista. No deseamos poder comprender el comportamiento autosacrificial del pueblo palestino o iraní. No entendemos el comportamiento autosacrificial de pueblos, que luchan por defender su dignidad y estilos de vidas. Pueblos y personan que han logrado hermanarse gracias a las experiencias pasadas vividas y sentidas dentro de sus colectividades. Experiencias que han resultado ser claves en la psicología colectiva de dichos pueblos. Vivencias que los han conducido a tal sentido de hermandad y de sacrificio personal e individual en pro de la tribu a la cual pertenecen. Por ello, apenas si podemos comprender, que el sufrimiento compartido entre los palestinos, o el dolor de los iraníes, los han convertido en pueblos más fuertes que bregan y defienden su dignidad colectiva. Jamás la hegemonía del pensamiento único, expresada y manifestada por el gobierno israelí o norteamericano, podrán borrar de la historia humana, la ética y la dignidad de los palestinos y de los iraníes. Ni tergiversando los hechos por medio de argumentaciones y explicaciones injusta y retorcidas podrá ser borrada la memoria de dichos pueblos. Pues el proceso de mierdificación puesto en marcha por los gobiernos de la globalización imperialista, muestran el rostro cruel, demoníaco y desvergonzado de quién quiere y desea imponer el mal.
Son las lentes de nuestra cultura que con su miopía, borra y distorsiona la mirada de la ética humana. Suprimiendo la dignidad, permiten la entrada en la indignidad, y sobre todo justifican el ejercicio y el desarrollo del mal que ocasionan e imponen a los demás. La distopía social vigente, por ellos propagada, es el mal que disfrazan como bondad, pero que en el fondo es lo que es: un veneno edulcorado con el cual despedazan la dignidad y la ética humana.
Cristino José Gómez Naranjo.
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