LA FAMILIA UN ENREDO QUE CONDICIONA.



La familia como sistema primario, debería cubrir las necesidades básicas y elementales de todos los sujetos que la integran, sobre todo las de sus miembros más jóvenes, es decir la prole, por la sencilla razón de que la infancia, tiende a ser los sujetos más vulnerables de cualquier sistema humano. La finalidad principal por la que el sistema familiar, se instituye es con el propósito de procurar cubrir las necesidades de todos los sujetos que la componen. La familia es como un abanico, cuyas varillas, integradas, insertadas y encajadas, cumplen conjuntamente sus funciones, pero sin olvidar, ni excluir a ninguna de las varillas que forman el abanico. El todo, que es la unidad familiar, encuentra su sentido y valor en la especificidad de cada persona que forma parte de dicha unidad. Es decir en cómo cada uno de nosotros nos concretizamos en sujetos. Lo cual presupone y por lo tanto requiere que el “todo”, no debería anular y mucho menos negar a cada sujeto que forma parte de la familia.

Como sistema primario, debería cubrir principalmente las necesidades emocionales y afectivas. Lo característico de ser primario, y por ello se la considera primaria, es que dicho sistema se originó para generar tal sustrato emocional. Todas aquellas necesidades emocionales, tales como ser amado, reconocido, aceptado, querido, acogido, etc. Cuando decimos primario, al menos en este contexto, pretendemos centrarnos en la dinámica afectiva-emocional. Si bien, es preciso nutrir nuestro cuerpo, no es menos cierto que se precisa alimentar nuestra alma y nuestro espiritu. Tan necesario como comer, es necesario sentirse identificado con un grupo o colectividad. Los humanos nos desarrollamos y sobre todo nos hacemos humanos, en procesos y en contextos que requieren y demandan contactos y relaciones. Es nuestra vulnerabilidad, tanto orgánica como psíquica la que nos conduce a confiar y a apoyarnos en otros, para de ese modo poder crecer y poder alcanzar la autonomía. La naturaleza humana, en su condición de humana, solo puede facilitarse en procesos y en contextos de interdependencia. Es decir, en la reciprocidad reconocida por medio de la mirada, que admite y acepta al “otro”, tal cual es. Los otros, jamas pueden, ni deben ser una proyección de mis expectativas. En tal situación, los otros no existen, unicamente son un derivado de mis necesidades y de mis frustraciones.

La carga que retroalimenta al sistema familiar, no puede ser otra que la capacidad de amar. El amor, en sus sentido más amplio y profundo, es decir liberado de etiquetas y de prejuicios, es el timón de la nave familiar con el que ésta navega por las turbulentas corrientes de la vida. El amor mediatizado y por lo tanto condicionado por el sesgo cultural, tiende a ser un amor tendencioso, que propende a negar la esencialidad de cada persona, en pro de una coacción afectiva abierta por las ponderaciones de los condicionantes sociales. Requisitos y condiciones sociales que se abren al oportunismo del más fuerte, o mejor dicho de los más listos, que se amparan y se aferran a contextos y situaciones de control y de poder irrenunciables para ellos. Contextos en los que el amor y las emociones que de él se desprenden, tiende a ser tratadas e intervenidas como transacciones instrumentalizadas y comercializadas. Lo cual, implica, al menos desde ese contexto, que el amor tiene un precio y una tasación. Es decir el peso especifico del amor, como pasión y sentimiento humano, es desposeído de su rasgo humano para poder objetivarlo, cosificarlo, y negociar con él. Dicha transacción instrumentalista del amor se la conoce como “chantaje emocional”. Es la vía y el medio a través del cual, el amor deja de ser sentimiento, para convertirse en una carga y en un peso que se manifiesta y expresa por medio de la “culpa”. Culpa por medio de la cual las deudas afectivas resultan imposible de poder liquidar. La culpa, nos bloquea porque nuestras emociones se encuentran sometidas a la voluntad del otro o de los otros ( padres, hermanos, etc).

La culpa, es como una especie de amor, cubierto de resentimiento y de resabio, bajo el cual nuestra propia piel se funde con la mercantilización de la apariencia del querer. El querer aquí, implica y conlleva, nuestras limitaciones del ego, que inmaduro y temeroso, impone condiciones para ser amado y aceptado. Coaccionamos desde la coacción, algo que debe ser natural y espontáneo como el amor, lo condicionamos a la vez que lo limitamos a nuestras proyecciones inconscientes. Tras una historia vital y emocional, elaborada con los peldaños de la indiferencia y del olvido, nos hemos reconstruido sobre el pilar del “abandono emocional”. Empleamos excesiva energía vital, en cerrar nuestras heridas afectivas, sin que éstas hayan cicatrizado y por lo tanto sanado. Logramos alcanzar la adultez bajo un estado afectivo herido y lastrado. Reprimimos nuestro sufrimiento personal, en aras de sacralizar a nuestro propio sistema familiar. Llegamos incluso al extremo de poner en duda, tanto nuestras experiencias corporales como las emocionales, con tal de preservar al sistema familiar. Permanecemos en un sistema lacerado, que nos altera y trastorna afectivamente. Inclusive, nos culpamos por demandar amor desde nuestra esencialidad. Nos rechazamos, y hasta nos odiamos a nosotros mismos, porque desde nuestro nacimiento fuimos aprendiendo, que la única opción posible para tener un espacio de aceptación y de reconocimiento, consistía en plegarse al deseo y la voluntad de nuestros padres. En cierto modo, fuimos como aquel salón, que nuestros padres fueron decorando a sus gustos y a sus deseos. Poco, o nada importaba nuestro potencial y nuestros rasgos característicos, pues éstos tenían que someterse a la voluntad y a los miedos de nuestros padres. Como una especie de guiñol, al que nuestros padres han puestos sus manos. Hemos sido investidos y arropados por los miedos y los traumas de la familia en la que nacimos. Y además, creemos que esos miedos son nuestros y que por lo tanto nos pertenecen.

Es probable, que amemos desde el miedo y desde el temor a estar o a encontrarnos solos, pero es una realidad que ya estamos solos aunque rodeados de ruidos por todas partes. Condicionados por la condición del chantaje emocional al que fuimos expuesto, desarrollamos un sin fin de estrategias con las que procuramos que los otros queden y permanezcan aprisionados por nuestros deseos y por nuestra voluntad. Disposición herida y voluntad dañada, que reclama y exige ser calmada y colmada por aquellos humanos que no nos provocaron dicha herida. Desplazamos, tanto el sufrimiento como las ofensas padecidas, hacia nuestros hijos, y lo hacemos, precisamente porque ellos son vulnerables y sensibles a nuestro tiránico poder. Reclamamos a nuestros hijos por las ofensas, olvidos y vejaciones efectuadas y realizadas por nuestros padres, que nos compensen de nuestras heridas del pasado.

Tanto la cultura como los valores sociales permeabilizan a las familias, permitiendo o bien facilitando que se conviva con la negación de la experiencia subjetiva de la persona, en aras de una santificación idealizada de lo que es o tendría que ser una familia. Es como una especie de santo sanctorum de la irrealidad posible y factible, por el camino de la denostación y de la negación de la alteridad subjetiva de la persona. Brindándose la ocasión de una oportuna descorporeización de la persona por medio de la imposibilidad de que pueda acceder y reconocer lo que su cuerpo es capaz de sentir. Por esta vía, el cuerpo tiende a desconectarse del propio proceso mental, gracias al lavado de cerebro realizado por las diversas categorías sociales impuestas. La cultura tiende a disociar, rechazando todo aquello que proceda del cuerpo; pues es por medio del cuerpo y únicamente por medio de él como podemos sentir y por lo tanto experimentar. Nos prescriben razones racionalizadas para que no podamos conectar con nuestros cuerpos y de ese modo distanciarnos de todo aquello que implique lo corporal.

La razón racionalizada, tiende a ser el campo en el que las dinámicas intrafamiliares, conllevan e implican el camino hacia el bloqueo emocional de uno o varios miembros de la familia. El trauma, debería suponer la integración de un periodo o fase vital del sujeto en el que se ha producido la distorsión emocional. Punto, en el cual, negamos y rechazamos el daño personal que nos hacemos, para ir en pos de una mitologización e idealización de nuestros padres. Por esta vía, conseguimos que nuestros progenitores tengan un carácter y un sentido inalcanzable, inaccesible e intocable. Un espiritu, casi sagrado, de modo que el intento por humanizarlos, se convierte en un acto sacrílego. Lo que realmente hacemos, es invertir nuestra significación emocional, vinculada a nuestros padres, de modo y manera que llegamos a convencernos de que fuimos nosotros quiénes provocamos y generamos el malestar de nuestros padres. De modo que imposibilitamos nuestras capacidades para poder humanizar a nuestros padres. El extremo de nuestra adoración, alcanza tal punto, que llegamos a considerar y a creer que ellos no nos dañaron, y que todo lo que ellos elaboraron y establecieron fue por nuestro propio bien. La sacralización, nos lleva al paroxismo de escindir nuestra mente y nuestro cuerpo, de modo que a la mente le resulta inaccesible la experiencia del sufrimiento corporal padecido. Excitados por la distorsión cognitiva, insensibilizamos y narcotizamos nuestros cuerpos por medio de las neurosis, psicosis, trastornos emocionales, etc. Nos autosacrificamos con tal de preservar la imagen de nuestros padres.

Es por lo que, crecer y desarrollarnos implica superar y poder integrar la paradoja humana de que en nuestra esencialidad como personas, fuimos heridos. Negar la indiferencia y el abandono emocional al que fuimos expuestos, presupone a la vez que deja la puerta abierta a la posibilidad de que también nosotros repitamos dicha dinámica relacional sobre aquellas personas que amamos.

En general nuestro malestar se manifiesta por medio de nuestras conductas compulsivas, y su origen procede de un profundo vacío interior en relación a la propia existencia. Todo ello, conlleva una mala metáfora en relación a la yoidad y al sentido y significado de la vida. Sentido que se comienza a adquirir en el sistema familiar.

Tal vez la familia puede ser un enredo que reduzca nuestra capacidad auto-represantiva, y es por lo que en esos casos se hace necesario buscar y encontrar el valor y el sentido de la vida fuera del espacio familiar, pues un sistema que siempre está dispuesto a codificar e interpretar con el mismo sistema de reglas, tiende a ser un sistema inflexible y rígido, que lo único que demanda es que las personas nos adaptemos a dichas reglas. Cuando la vida misma, requiere e indica que los sistemas humanos han sido creados para el crecimiento y el desarrollo de las personas. Por lo tanto, son los sistemas los que tienen y deben adaptarse a las personas y no al revés. La negación de la mismidad, para salvar el templo familiar, es la deuda adquirida que jamás podremos saldar.


Cristino José Gómez Naranjo.




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