LA FAMILIA ESE MAL MENOR”.



Podríamos decir, que resulta casi imposible a la vez que muy difícil, que las personas en sus múltiples intentos por procurar retirarse, o en su caso tomar cierta distancia en relación a su estirpe, puedan, o quizás logren desembarazarse de ésta. A pesar de todo el empeño puesto en la tarea, y aun cuando las personas se distancien de sus sistemas primarios, interponiendo entre ellos y su orígenes kilómetros y kilómetros de distancia, no cabe duda de que la familia se lleva siempre lastrada a nuestras espaldas en la mochila que cargamos. Dejar, o bien ausentarse de la familia, cuando ésta perturba, dificulta y altera el desarrolla personal, no resulta, ni fácil, ni simple. Sencillamente, la sociedad recrimina a las personas que intentan separarse de su familia. La sociedad ha sacralizado el santo sanctorum de la familia, de modo que las personas que cuestionan dicha deificación familiar, tienden a ser discriminadas, repudiadas, o bien rechazadas por el legado de la civilización. Resulta más que probable que en nuestras alforjas familiares, puede que sobrellevemos un peso tanto a nivel mental como afectivo. Probablemente, sean los aspectos sentimentales, los que nos afectan más. Transcurre de ese modo, debido a nuestra total dependencia afectiva, durante nuestro crecimiento en la infancia. Las experiencias vitales de las personas, indican que tanto la estructura como el esqueleto humano se sostienen en base a la solidez afectiva del individuo. Es decir, si realmente fuimos amados o no durante nuestro desarrollo. Sin base o seguridad emocional, lo que podemos ofrecer en el marco de las relaciones, tiende a ser una amalgama de sentimientos cargados de agitación y de desasosiego, estableciéndose un marco afectivo ambiguo, ambivalente y contradictorio.

Podemos decir, que el contenido de nuestro petate familiar, implica tanto el contenido cerebral como el emocional, y que ambos se entremezclan en nuestro proceso psíquico personal, generando tensión y trastornos del afecto. Para bien o para mal, no hay mujer, ni hombre que puedan desprenderse totalmente de la carga familiar. Salvo excepciones, la gran mayoría de nosotros, ha sido educado dentro de un sistema familiar, con todo los riesgos que ello supone. No hay mortal que deje de portar su propia talega, por la sencilla razón de que somos seres históricos, lo cual implica que nacemos y crecemos junto a otros seres humanos. El primer sistema que empieza a significar, y como no, también a simbolizar nuestras primeras improntas en la vida es la unidad familiar. Del mismo modo, que no existe un individuo neutro, tampoco existe una familia neutra e inocua. No hay familia inocente y mucho menos inofensiva. Aunque la narrativa, insista en la ingenuidad de los integrantes de la familia, ello es un mito que responde a la vez que obedece a mensajes e ideas de la derecha conservadora. Lo que si resulta evidente, es que la familia, es el primer espacio o lugar en el cual el arte de la dominación se desarrolla y se pone en práctica. En el espacio familiar, se despliega toda una tecnología de poder, que tiende a minar o bien minusvalorar el self de la persona. En el interior del espacio familiar, se inicia nuestro proceso de desconexión con la esencialidad de nuestro ser. Dicho proceso es ajeno a nuestra voluntad, es más tiende a ser incentivado por los adultos que nos rodean, los cuales tras la capa del discurso social, meramente descargan sobre nosotros sus angustias, frustraciones y proyecciones. La infancia, tiende a ser un excelente “chivo expiatorio” sobre el que los adultos descargamos nuestras frustraciones y nuestras decepciones. Los niños, son como esas páginas en blanco que nunca nos atrevimos a escribir, pero en las que ahora esparcimos nuestra intolerancia.

El desarrollo de la tecnología de poder, al menos en el ámbito familiar, se predispone y se desarrolla por medio del sentimiento de culpa. La culpa en el contexto familiar, cuenta con la carga y a su vez con la significación, de que el sujeto no se merece a la familia. De algún modo me cuestiono, en el plano intrafamiliar. Dudo de mi dignidad personal, porque de algún modo, o forma considero y entiendo, que he traicionado a mi familia. Resulta fácil, que las personas lleguen a la idea de que son traidores familiares, pues la misma cultura, así como los miembros de su familia, se encargan de inocularles la vacuna de la culpa. La paradoja en la que se coloca al sujeto, es de tal índole, que la persona se encuentra sin salida. Es decir, se haya atrapado en el dolo y en la culpa. Todo intento por tratar de resolver la paradoja, o bien procurar salir de ella, confirma al resto de miembros de la familia y a los miembros de la sociedad, que la persona es indigna y por lo tanto injusta con su unidad familiar. Todo acto e intento por separarse de la familia, es interpretado como una herejía. Y a los cismáticos, solo les queda una salida, la hoguera, o bien el arrepentimiento y esperar el perdón familiar. El perdón, al menos en el espacio familiar, exige una sola cosa, y es la de que te humilles aún más ante el legado familiar. Te entregas, o no te entregas. El sistema, ni quiere, ni busca, ni desea otra cosa, salvo el total rendimiento y entrega del apóstata. Las familias, no se encuentran muy predispuestas a aceptar y sobre todo a reconocer al diferente, pues éste con su mirada y su perspectiva, pone en cuestionamiento y en duda, tanto el código como el sistema de “reglas” por el que la familia se rige. Por lo tanto para el disidente, no hay perdón, solo se contempla su sumisión y renuncia en pro de la lealtad incondicional al sistema de reglas establecido. La familia, ni busca ni desea la transformación, solo el reformismo exterior, en el cual se procura que todo cambie para que permanezca igual. Cambian las formas, pero no el sentido y mucho menos el significado. El consenso rígido implícito, no puede ni debe ser cuestionado por ningún miembro del sistema.

Sin duda, los humanos conseguimos hacernos personas dentro del marco de conexión con otros humanos. Nuestros semejantes, son las semejanzas por medio de las cuales realizamos el proceso de humanización. A la historia, le resulta ineludible que el camino para hacerse humano, es el contacto y la relación directa con otros seres humanos. No es posible ser humano y sobre todo hacerse terrenal, si no es por medio del intercambio con otras personas. Sin conectividad entre personas la humanidad sería impensable. Para poder desarrollar con la suficiente garantía humana, los diversos roles que la sociedad espera y desea que cumplamos, es preciso y necesario que nos podamos desplegar con la suficiente y necesaria autoestima y respeto hacia nosotros mismos. Es la sociedad, la que debería aportar los mimbres necesarios y adecuados, con los que cada sujeto pueda responder y adaptarse a los tiempos que le corresponde vivir. Antes de poder ser médicos, abogados, mecánicos, electricistas, psicólogos, madres y padres, etc, hemos de ser personas. Sin una historia nítida y transparente, y por supuesto claramente trabajada, en las que las opciones de la proyección y del ego puedan ser reelaboradas y por lo tanto subsanadas, comportan e implican poder repetir toda una historia escrita con los renglones del sufrimiento. Si no acierto a salir de la culpa, culparé a mi hijo, pues me encuentro atrapado en dicha paradoja. Solo cambiamos las formas, mientras que nos esforzamos por que las reglas permanezcan inalterables.

Los humanos, alzados en los andamios de la aflicción, transmitimos y prescribimos modalidades relacionales vinculadas al sufrimiento. Limitados por adultos limitantes, cuando nos toca asumir nuestras responsabilidades adultas, resultamos ser toda una caja de resonancia chirriante que lo más que hacemos, es imponer nuestra voluntad y nuestro desasosiego a los otros. Sin duda, nos encontramos contextualizados y por lo tanto limitados por el dolor y el sufrimiento que nuestros padres irradiaron en nosotros. Sin cuestionar el sistema familiar de procedencia, suministramos a nuestros hijos, todos los residuos emocionales del sistema familiar primario. Por medio de la “ consagración”, perpetuamos el sufrimiento innecesario dentro del clan familiar. Debería ser la realidad experiencial la que tendría que imponerse, y no al revés, es decir ajustar y por lo tanto acoplar las emociones al estándar familiar. Son las personas las que hacen a la familia, y no las ideas ni las concepciones las que hacen a los sujetos. Tal vez las ideas puedan responder a la perfecta adaptación al marco ideológico imperante, mientras que el hombre responde y obedece a su corazón, es decir a su sentir. Ahí, es donde reside el mal de la familia, en su intento para que la persona haga lo indecible por ajustarse al “ideario” sugerido y propuesto por la tribu familiar. Logrado, o alcanzado dicho nivel de ajuste, es cuando la persona carece de sentido por y para sí misma, pues se convierte en una pieza del engranaje familiar. Cuando en el sistema familiar, las reglas logran alcanzar un alto grado de cosificación, las personas pierden su valor y dignidad humana, pues tan solo se motivan para nutrir y sostener el código de la familia. Aquí, el valor y la importancia, tanto de las normas como de las reglas, es que fueron creadas y establecidas para que los miembros se ciñesen a ellas. Las reglas determinan a las personas, cuando debería ocurrir que las reglas son determinadas por los integrantes del sistema.

En dichos sistemas familiares, las reglas como modelo regulador y dinamizador del afecto de sus miembros que hilvana y entreteje una urdida red protectora y acogedora que estimula y apoya el crecimiento de cada sujeto, queda reemplazado por un código rígido, estricto e inflexible que se sostiene sobre una idealización de figuras claves de la unidad familiar. La idealización en estos sistemas, adquiere un sentido y una única finalidad: evitar procesos y críticas a dichos personajes claves. La veneración de los mismos, evita el proceso de humanización de esas personas, así como profundizar en cuestiones y asuntos considerados y estimados por el clan como serios y graves. La idealización propone y sugiere sistemas familiares irreales y falsos, en los que predominan los secretos, las injusticias realizadas sobre algún miembro, las deslealtades e infidelidades, la violencia, el incesto, etc. Asuntos serios, sobre los que el inconsciente familiar se conjura para mantener una unidad. Consenso y unidad que es realizada en el averno de la vergüenza y de la discordia, pues el sistema se entrega a una falsa unidad externa y pública, en la que el escarnio de los secretos, sostiene la angustia vital reprimida por la coacción unitaria. El propio secreto impuesto por miembros de la familia se convierte en el purgatorio del que resulta imposible poder salir y poder sanar. Los secretos en las familias, solo favorecen a aquellos que los generan, pues los secretos son un modo de mantener y de establecer desigualdades e injusticias entre miembros de un mismo clan. Los secretos los conservan y mantienen aquellas personas que ostentan posiciones de poder y de privilegio dentro de un clan, y no desean renunciar a dichas posiciones de privilegio. El abuso de poder, tiende a ser un privilegio al que los miembros violentos de la unidad familiar, no se encuentran muy predispuestos a renunciar.

Las familias, tienden a romper el equilibrio del nicho ecológico del afecto y de la protección, en pro de un código de reglas rígidas, inflexibles y además falsas e inexactas. Mantras como “por tu propio bien”, “tu padre solo quiere tu felicidad”, “no hay nada como la familia”, “quién te va a querer, más que tus padres”, etc, son idealizaciones que ni tan siquiera se ajustan a la dura y cruda realidad, pues es en el medio familiar, en donde se da el mayor número de actos violentos y en donde con más frecuencia se maltrata a los niños y a las niñas. La violencia sobre la infancia, tiende a ser realizada por aquellos adultos que tienen un vínculo con el niño. La violencia no es ejercida por desconocidos, sino por aquellos sujetos en los que el niño confía. La cultura, tiende a ser sutil, cuando o bien oculta, o bien no explicita con la suficiente claridad la violencia intrafamiliar. Tal silencio, no es gratuito, pues la sociedad, no se encuentra muy predispuesta a renunciar a uno de sus dispositivos para el ejercicio y el desarrollo del poder. La cultura procura blanquear el sentido y el significado de familia, distorsionando el significado real de la violencia ejercida en su espacio para de algún modo y forma mantener y por lo tanto conservar el status quo establecido. Modelizo las experiencias vitales, desde el protocolo social, el cual a su vez logra descafeinar toda acción violenta ejercida por los adultos sobre los niños. Claro, que la familia es un medio seguro, pero lo es para aquellos hombres que desarrollan y ejercen su poder con violencia y amenazas.

Los imperativos categóricos sociales, diseñados por la ingeniería de la dominación, logran implementar este tipo de jerarquía incuestionable, bajo la cosificación de rasgos predominantemente humanos, elevándolos a características o grados de objeto. Dicho proceso, objetiva y pone fuera de la naturaleza humana, rasgos típicamente humanos. En virtud de la falacia efectuada por la mano humana, capacidades como , el amor, la compasión, la templanza, la armonía, etc, se convierten en objetos adscritos a roles y funciones sociales, que la sociedad demanda de las personas que la integran, dejando de ser rasgos subjetivos e inherentes de las personas. De modo que por convertirte en padre, ya eres un ser que dispensa afecto y seguridad. Y sin duda, que la familia es un medio seguro, y ello a pesar de que los datos indiquen lo contrario. La cosificación, cuenta con la ventaja o el ardid de que humaniza lo deshumanizante, e insensibiliza sobre aquello que es verdaderamente humano. Gracias a ello, en parte la sociedad, tiende a ser complaciente y displicente con el padre que ejerce violencia en el ámbito familiar.

Tal vez, un poder emocional desarrollado y ejercido con una cosmovisión heterárquica facilite y permita el desarrollo integral de cada sujeto que forma la familia; pues en dicha cosmovisión, encajan los aspectos complementarios y simétricos de las relaciones humanas. La autoridad, no es un hábito con el cual se viste la persona, más bien es un proceso, o actitud que nace en el contexto mismo de la dinámica relacional. La “Autoritas”, emerge del medio humano, del respeto entre humanos, y no del hábito que me ponga.

La familia en sí misma no es un mal, pues nadie puede nacer y vivir en solitario. Pero el modelo de familia que nos hemos dado, es el producto y por lo tanto el resultado de las disposiciones sociales con las que hemos organizado nuestra vida comunitaria. Todo un arsenal en el que la competitividad y la explotación humana, se encuentran por encima de cualquier esencialidad humana. Una cultura confeccionada por el individualismo, que no por individuos, poco espacio, o mejor dicho ninguno habrá para el “altruismo recíproco”. De ese modo, la familia tal vez sea el mal menor que debamos superar.

La equidad, solo reside en el altruismo, y sin éste las opciones de humanizarse se reducen drásticamente. O bien cuestionamos y reflexionamos sobre las reglas familiares para transformarlas, o bien nos desterramos a nosotros mismos del territorio familiar, para de ese modo poder preservar nuestra “ alteridad”. La soledad, es la consciencia de un instante o de un momento en el que se debe tomar una determinación. Podemos estar y sobre todo sentirnos solos en medio de la masa familiar. También es plausible sentirte acompañado en tus instantes de soledad. Lo que no es dignificante, es el sometimiento incuestionable a las reglas familiares y al legado familiar.


Cristino José Gómez Naranjo.



Comentarios

Entradas populares de este blog