¿ QUÉ OCULTAMOS TRAS LA MAMPARA ?.
Lo que deseo poder expresar con la metáfora de la mampara, es la idea de que nuestro inconsciente, es decir todo aquello que hacemos, sin saber las razones y motivos de por qué lo hacemos, pero que finalmente acabamos haciéndolo, es posible que obedezca y responda a ciertas reglas que esquivan a la vez que evitan todo comportamiento o conducta en la que nuestra lógica racional se encuentra comprometida. En aquellas circunstancias en las que nuestra lógica social y racional se encontrase involucrada, ésta actuará y reaccionará enérgicamente, para de ese modo poder reprimir aquello que la irrita y la culpabiliza. Nuestra propia acción de contención, es lo que motiva que cierto material y cierta información, puedan tener un acceso más que difícil a nuestra cognición y a nuestros estados conscientes. Es lo que conocemos como “represión”, mecanismo por medio del cual, tratamos de protegernos y de defendernos. Bien, evitamos o reprimimos, debido a que las fuerzas sociales, se predisponen de modo y forma para que las personas no puedan adquirir y por lo tanto asumir un pensamiento crítico y reflexivo. Las fuerzas sociales, no desean sujetos pensantes, más bien buscan y provocan tener sujetos pasivos y sumisos ( invisibilización del poder, Zygmunnt Bauman).
Muy poco o casi nada importa, que dicha defensa resulte ser lógica o ilógica, sensata o insensata, ya que en lo más recóndito, dicho tipo de mecanismo de defensa, guarda a la vez que adquiere un sentido y un significado profundo, ajeno a nuestra propia conciencia. Los mecanismos de defensa, ayudan porque nos facilita una adaptación e integración en los grupos humanos, pero a su vez dichos mecanismos no son infalibles, debido a que provocan una fractura en la estructura psíquica de la persona por medio del procedimiento de la dualización. La sociedad por medio de su imperativo cultural, nos ha entrenado a interpretar nuestras experiencias vitales bajo un código en el que el sentir corporal y emocional (cuerpo y corazón) de dicha apreciación, queda reducido al algoritmo de la “razón”. Establecemos un mapa explicativo por medio de la mente, dejando fuera de la operación la corporalidad y la carnalidad. En esos momentos, es cuando el consciente comienza a crear y a establecer la mampara para remitir a ese inconsciente la reprobación de lo censurado por la cultura. Es cuando la mente, o bien niega, o bien rechaza todo aquello que proceda del cuerpo. Lo deseado termina siendo censurado, y lo impuesto acaba siendo amado. El deber, se impone al sentir, y el supuesto “bien común”, comienza a ejercer su tiranía sobre la mismidad de las personas. Es el sacrificio y la renuncia del sí mismo, en pos de la tiranía ejercida y aplicada al redil. Nos convertimos en rebaño.
No cabe duda de que todos contamos con conciencia, pero al mismo tiempo parte de dicha conciencia puede hacerse inconsciente. Indicar, que dicho proceso inconsciente de la consciencia, no ocurre por simple o mera casualidad. Lo que intento decir es, que en dicho proceso de generación del inconsciente, intervienen toda una serie de peculiaridades y de factores en los que la mano del hombre juega un papel importante. Colaboramos y participamos en la creación y en la elaboración del inconsciente, fundamentalmente en razón a una sólida emoción básica y universal con la que todos los humanos contamos; dicha emoción, es conocida con el nombre de miedo. No importa los contenidos y razones de nuestros miedos, el núcleo central y fundamental, es que nuestra psique y nuestro cerebro, se encuentran completamente estructurado y organizado bajo el principio regulador del miedo. De hecho, el miedo, al menos en los contextos y espacios humanos cumple y mantiene diversas funciones elementales y básicas.
Los humanos, contamos con dos modalidades de miedos: aquellos que nos ayudan a sobrevivir y por lo tanto son útiles y necesarios para nuestra conservación, puesto que nos ayudan a mantenernos y a conservarnos como especie; ejemplos de ello puede ser el miedo al fuego, o bien el miedo a los depredadores. Este tipo de miedos son necesarios e imprescindibles, pues activan nuestro sistema simpático en situación de peligro real. Nos ayuda a preservarnos (autoconservación). En segundo lugar, se encuentran aquellos miedos que son inducidos, creados y establecidos por medio del habitat social en el que nos desarrollamos. La cultura, por medio de sus valores y sistemas de creencias, nos dicta normas y reglas con las que nos organizamos y nos estructuramos como colectividades humanas. Tales valores, se encuentran articulados y vertebrados por la denominada química humana, que no es otra que la de la afectividad y emocionabilidad. No es posible que los humanos podamos convivir sin la presencia de los sentimientos. Esencialmente, somos seres que “sentimos”. Tiende a ser el marco cultural con sus predisposiciones organizativas, el que crea y genera en las personas las “fobias”, que son un miedo intenso e irracional a situaciones y contextos específicos. Este tipo de fobias, son miedo creados y establecidos por la coyuntura sociocultural que incide de modo negativo en los estados afectivos de las personas. Por decirlo de algún modo, es como la cruz de la emoción que la civilización nos impone. La cultura, nos obliga a amar a los dioses, a nuestros padres, a los líderes políticos, a los líderes religiosos, etc. Muy poco o casi nada importa, que el comportamiento y la conducta de esas personas sea deleznable, pues hay padres que maltratan a sus hijos, religiosos que carecen de compasión y de misericordia y líderes políticos que roban y mienten. No obstante, la prescripción sociocultural es la de que a esos sujetos hay que amarlos, respetarlos y aceptarlos por encima de todas las cosas, inclusive por encima de nuestra propia yoidad.. La sociedad, nos exige que asumamos e integremos la paradoja de tolerar y de admitir a las personas que nos dañan. Ante dicha tesitura, al sujeto únicamente le queda una salida u opción, que es la de quebrarse emocionalmente. De modo y forma, que tendemos a separar y por lo tanto a escindir, lo que pensamos de lo que sentimos.
La claustrofobia, la hematofobia, la agorafobia, la enetofobia, la aporofobia, etc, son miedos que se originan en contextos y espacios relacionales, lo cual implica a la vez que supone tener un contacto y un vínculo con otras personas. Tanto la parte consciente como la inconsciente de nuestra estructura psicológica tiende a ir confeccionándose en el mercado de las relaciones humanas. Es más, somos humanos gracias al entretejido relacional que cada sujeto va estableciendo. Somos, toda una vasta red de relaciones y de afectos, que van moldeando nuestra manera de ser y de estar en el mundo. Desde que venimos a la vida, alguien nos sostiene, nos cuida, nos alimenta, nos ama, nos protege, etc. La vida de las personas, es como una cadena ininterrumpida de afectos que nos enlaza y nos colectiviza como sujetos de la especie humana. Sin el altruismo, los humanos jamás habríamos podido sobrevivir. El poder estar con y entre semejantes, es lo que hace posible la existencia y la vida del hombre. Más allá de todas las luces y de todas las sombras que puedan salir a través de la ventana del “inconsciente”, el altruismo ha sostenido a la especie humana. A pesar del averno del inconsciente, la luz de la generosidad, nos ha mantenido de pie. Con obstáculos y con miedos, hemos ido caminando, y ello a pesar de todos los tropezones que hemos ido dando en ese proceso de humanización.
Las fobias, como miedos sociales, elaborados y construidos culturalmente, son ese tipo de recelos innecesarios a través de los cuales la civilización nos constriñe y nos somete. Qué se pretende decir o expresar con la frase “miedo irracional”, pues nada más y nada menos que todo lo que proceda del cuerpo y del corazón no debe ser considerado ni tenido en cuenta. Tememos irracionalmente (fobias) porque sutil e implícitamente se nos ha requerido y se nos ha exigido que nos olvidemos de nuestro cuerpo y de nuestro corazón. Se nos impone convivir y vivir desde y con la razón descorporeizada. La vereda sociocultural por medio de la cual poder establecer todo un conjunto y serie de síntomas que podríamos considerar como fóbicos. No es la mente humana, sino más bien la mano de la cultura la que genera y por lo tanto establece dichos miedos y temores, pues la voluntad sociocultural de nuestra civilización, es la de mantener y conservar un rebaño que se alimenta desde la ignorante inconsciencia de la indiferencia de la oscuridad y de la penumbra de la ignorancia inducida y provocada por el terror social ejercido sobre nuestras almas.
Es evidente que los miedos y fobias productos de este modo de vida, tienden a amedrentar a las almas de la comunidad espiritual. Es por medio de la alteración y de la manipulación de la paz afectiva, como la sociedad logra enredar y atrapar las emociones de los sujetos bajo las redes de la desesperación. Atrapados en el marco de la desesperación emocional, el alma alcanza a reprimir un sufrimiento y una pena que se remiten al inconsciente (mampara), y de ese modo el desacuerdo acordado, o consenso implícito rígido establecido por la sociedad, permanecen oculto tras la mampara. La oscuridad y el silencio, establecidos por la sociedad, paulatinamente van minando y marchitando las almas de los seres humanos, que colonizadas e invadidas se entregan al sometimiento y a las limitaciones impuestas por el inconsciente reprimido. Es como una especie de ¡ Vivo, sin vivir en mi!, debido a que desposeído de mi alma, peno en la más abyecta soledad, tras la cual, la angustia existencial se sustenta en una desazón e inquietud constante y permanente. Nuestras almas desencarnadas, anhelan el sentir de nuestros cuerpos a través de las emociones y de los sentimientos ocultados y censurados tras la mampara.
Vivimos conscientemente con cierto grado de trivialidad una existencia en la que casi nada tiene sentido, debido a la opresión ejercida y desarrollada por todo aquello que escondemos tras nuestra inconsciente mampara. La carga de la culpa que nos invade, nos dificulta e impide poder vivir en paz y en armonía. No asumimos nuestra responsabilidad, para poder desarrollar nuestra existencia vital en su profunda plenitud. Deberíamos ser los soberanos y los dueños de nuestra propia mortalidad, evitando que ésta sea el resultado y el fruto de una represión, que nos conduce al inevitable sentimiento de culpa. Atrapados tras el velo de la ignorancia, desplegamos las alas del miedo intenso y el rechazo por vivir una vida libre de fobias. Conservamos la irracionalidad fóbica, como una especie de escudo protector que nos protege y nos separa de las emociones que nos embarga. La civilización ha creado máscaras por medio de las cuales nuestros rostros permanecen inexpresivos e impasibles. Tales máscaras puede ser la de la claustrofobia, la agorofobia, la acrofobia, la necrofobia, la aporofobia, etc. Caminos o alternativas disfuncionales a través de los cuales ejercemos y desarrollamos todo aquello que la cultura nos impide gestionar y asumir de nosotros mismos. Por medio del miedo, remitimos al trastero del inconsciente todo aquello que la sociedad sanciona y reprime: “amar y respetar a los dioses por encima de todas las cosas”, incluso por encima de uno mismo, aunque ello conlleve negarse a sí mismo. Honrar a los padres, aunque éstos nos causen daño y sufrimiento.
Las fobias, se convierten en el vehículo social por medio del cual al igual que el espejo, nuestra yoidad se resquebraja, ofreciendo un rostro personal desconocido y desconcertante. Vivimos, sin vivir en nosotros. Procuramos enmascarar tras de la mampara, todo aquello de nosotros mismos que nos resulta desagradable. Es decir todas nuestras miserias y miedos, además de nuestro egoísmo, cinismo y la indiferencia que sentimos hacia los demás. Nuestra ira, rabia, recelos e inmadurez, en definitiva, todo aquello de lo que sentimos vergüenza. Todo eso, lo remitimos al inconsciente tras realizar todo un proceso de encriptamiento del contenido de dicho material, y posteriormente lo proyectamos y lo descargamos en los otros humanos. Rechazamos al diferente porque tal vez nos evoca todo aquello que hemos retraído en nosotros.
Cristino José Gómez Naranjo.
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