EL ROSTRO DEL MAL.



Por mucho que nos esforcemos en distorsionar, o bien en rehusar y negar nuestro periplo como especie, no cabe duda, de que el semblante del mal, corresponde exclusivamente a la mano del hombre, que con nuestra altivez, consideramos que el planeta nos pertenece, y que por lo tanto éste tiene que girar en torno a nuestros caprichos personales. Sin duda, el escenario de un proceso evolutivo humano rubricado por la “complejidad”, y al mismo tiempo atemperado por todas nuestras contradicciones, ha podido crear, a la vez que elaborar, una estructura del “superyó/superego) ambivalente, en el que las reglas sociales predominantes, estimulan y facilitan al ego de la persona, poder establecerse en zonas cercanas a la oscuridad y a la ambigüedad. Es aquel espacio en el que las conductas del individuo, pueden quedar sometidas a la voluntad de la “sombra”. Lo que deseo expresar, es que al menos en este nivel, interpreto y percibo al ego, como la estructura psíquica que se imposibilita a sí misma, por medio de la senda de la negación y de la aceptación de la alteridad de los otros humanos. Básicamente lo que hacemos es escenificar la convivencia, pero sin considerar la cohabitación, pues los otros se convierten en el depositario exclusivo de mis deseos, voluntad y expectativas. Nos posicionamos de tal modo en la vida, que otras concepciones del mundo nos resultan inaceptables, y por lo tanto obramos en consecuencia, rechazando y negando tales cosmovisiones y a los sujetos que las reivindican. El otro, tan solo se reduce a una mirada proyectiva de mis deseos y de mi voluntad. El otro, es un puro instrumento u objeto que calma mi sufrimiento.

Debido a la vanidad con la que cuenta nuestro ego, todo aquello que transpire instintividad humana, debe ser secuestrado y por lo tanto reprimido, pues de no hacerlo horadara las puertas de la vileza y de la perversidad de la persona, conduciéndonos por el camino del infortunio. Toda resonancia a intuición y a instinto corporal humano, debe ser reprimido y sustituido por la razón racionalizada. Gracias a nuestra irreverente arrogancia, hemos trastocado, tanto el sentido como el significado de lo humano. Atravesado el horizonte de la dignidad humana, nos apropiamos y nos sentimos con el derecho de juzgar y de valorar a otros humanos. Es decir, nos experimentamos y nos consideramos por encima del bien y del mal. En el marco de la razón descorporeizada, juzgamos, criticamos y valoramos a los demás. Sin saber cómo, ni por qué, la civilización occidental, no solo coloniza, sino que además se arroga el derecho a considerar y por lo tanto categorizar al resto de humanos como “salvajes”. Sin duda que con nuestra altivez, hemos degradado lo auténticamente humano, logrando alcanzar cierto grado de misantropía y adversión hacia el resto de mortales. Somos, la única especie que nos hemos habilitados en poder desarrollar e instaurar lo que conocemos como: crímenes de genocidio, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra y crímenes de agresión.

No existe en el planeta, otro animal con la capacidad de poder extender y ejercer el mal, tal y como los humanos lo fomentamos y lo profesamos. Hasta el extremo de que algunos humanos en el ejercicio del mal, logran alcanzar su éxtasis a través del trance (culto a la persona). Hay humanos que disfrutan y sienten placer con el dolor de otros humanos. Somos como somos, y si no lo reconocemos, poco o nada podremos hacer para cambiar nuestras actitudes violentas. El mal y su expansión en el espacio humano, debe tanto su existencia, así como su permanencia a nuestros impulsos agresivos (violentos). Si nos incapacitamos para reconocer nuestra agresividad, desplegamos el inconsciente colectivo y atávico, bajo el cual todo daño podrá ser argumentado y por lo tanto justificado. En pos de toda una ideología fascista y totalitaria, se justificará toda vejación y humillación humana. Con muy poco, se puede urdir todo un relato apocalíptico, tras el cual la voluntad divina y sus elegidos, han revelado una verdad única y universal, la cual debe ser implementada. Lo inaceptable de dicha verdad revelada es que humilla y degrada al resto de humanos. Poco o nada importa dicha humillación, ya que la voluntad divina tiene que ser implementada por sus acólitos.

Generalmente en el ejercicio del mal, no tiende a darse aquello que se denomina “enajenación mental”, más bien todo lo contrario, el mal se diseña y se planifica, porque en el fondo responde, obedece y oculta intereses y deseos muy particularistas y minoritarios. La codicia, soberbia, egoísmo, lujuria, ira, rabia, impotencia, impulsividad, etc, son rasgos y tendencias de los humanos. Somos el depredador que por excelencia nos encontramos capacitados para aniquilar nuestro propio ecosistema, la tierra. Nuestro delirio, carece de límites. Nos encanta, la popularidad, la fama, la bravocuneria, hasta el punto de que nos autoengañamos, desarrollando y ejerciendo cierto desplante para con los demás. Nuestra arrogancia por momentos sobrepasa cuotas inalcanzables, hasta llegar al punto o límite en el que en nuestro inconsciente colectivo, la insolencia y el mal se entremezclan de modo y forma que nuestro demonio y por lo tanto nuestra capacidad para el desarrollo del mal se abre como una prerrogativa necesaria y precisa. El salto cualitativo es de tal nivel y grado, que todo el mal y todo el daño se cuantifican y se justifican por medio de una narrativa insidiosa y falsa. Especializados en establecer la mentira como verdad, hemos entrado en una narrativa de lo obsceno con la que justificamos nuestra conducta personal y colectiva. El fin, queda justificado con la explicación retórica políticamente correcta. De modo que innumerables crímenes de genocidio, lesa humanidad, de guerra y crímenes de agresión, son justificados por una retórica acompañada de un relato que oculta intereses y deseos de la clase elitista. Pues el mal, es la capacidad y sobre todo el valor con el que puedo contar para desfigurar el rostro de los otros; es decir mi ego antepone mis intereses y deseos por encima de los de cualquier persona y comunidad, y por lo tanto en ese sentido y en esa dirección, niego y además rechazo toda individuación y subjetividad distinta a la mía, o a la de mi clan. De modo que el rostro del mal, tiende a converger en una narrativa en la que lo mitológico, lo divino y lo terrenal se entremezclan para que cierta clase de sujetos puedan lograr obtener ciertos privilegios y dominios. Las narrativas del mal, no se fundamentan en un sustrato de verdad ontológica humana, más bien en todo lo contrario, en un extracto narrativo plagado de falsedades orientadas, pautadas y guiadas con la intencionalidad de mantener y poder conservar un estatus de poder y de dominio de la minoría hacia la mayoría. Amplios y extensos, son los relatos de reyes, nobles, héroes, dioses, etc, (minorías), que dominan, controlan y gobierna a la mayoría, es decir a la plebe ( los esclavos). Plebe a la que solo le ofrece la posibilidad del sometimiento, la renuncia y la total entrega, al marco establecido. Entre más sometido, mejor se está, poco o nada importa que el común de los mortales, es decir la tribu se encamine hacia su “adaptación neurótica”.

Los entresijos socioculturales, no solo animan, amparan y ofrecen cobertura al mal que los hombres ejecutamos y realizamos por medio del empleo y uso de la violencia, sino que a su vez ésta tiende a ser justificada por la cultura, convirtiéndola en el cajón de sastre en el que todo acto miserable cometido por el hombre adquiere y cobra sentido.

Sin duda, la sociedad, defiende explícita e implícitamente, la estructura jerárquica de dominación establecida. Destruir etnias, torturar, planificar la violencia sobre otras naciones, etc, han resultado ser tanto un rasgo, como una característica y una constante de la civilización. No ha habido, civilización sin violencia, y sin devastación. Son las situaciones de poder, las que provocan la eclosión del mal. Contextos en los que padres, sacerdotes que abusan, líderes totalitarios, etc, desarrollan y ejercen el mal. Ellos son el rostro del mal, pues no existe nada externo y exterior al hombre, tal como un demonio, o una posesión que los condujo a realizar el mal. Somos nosotros mismos con nuestro comportamiento los responsables del mal. La exteriorización, tiende a ser un recurso, o bien un argumento por medio del cual tratamos de exonerar nuestra responsabilidad; todo queda justificado con la expresión “ del demonio me poseyó”. De modo que revictizamos a las victimas con nuestro cinismo narrativo.

Por momentos, el mal encubierto en narrativas de índole supremacista, tiende a considerar a ciertas etnias o pueblos, como por ejemplo al palestino o bien al iraní, como si fueran la peste y estuvieran apestados, y que por lo tanto deberían ser aniquilados o eliminados. Como si estuviéramos en la Edad Media con la peste bubónica, pero con el pequeño matiz de que el vigente hedor, responde más a una pestilencia ideológica sostenida sobre la base del chovinismo. La experiencia muestra que toda una serie de arquetipos, han sido interpretados bajo la presión de la sombra, con lo cual todo lo atávico, guarda una extraña relación de índole significativamente ambivalente, dominado por el rasgo de la polarización sobre el eje de la paradoja y de la ambivalencia . Razón y motivo por el que por ejemplo, la conquista de América, la revolución cultural china, el holocausto nazi, reinterpretado ahora por los gobernantes israelíes; pues ellos ejercen sobre los palestinos un exterminio análogo al sufrido por ellos en su momento, y todo ello, con la condescendencia de la civilización occidental, son muestras del barniz con el que coloreamos el mal que hacemos a los que consideramos y por lo tanto tratamos como apestados e infectados.

Nuestra caída de los árboles, hace unos siete millones de años, inició el largo proceso evolutivo que provocó el surgimiento del homo faber, o homo habilis. Dicho descenso, facilitó el bipedismo, junto al acelerado desarrollo del neocórtex y la liberalización de las manos. En los árboles, las manos eran una herramienta válida para poder alimentarnos y por lo tanto nos facultaba el poder sobrevivir, pero en tierra durante el proceso evolutivo y adaptativo, la habilidad manual pudo alcanzar y establecer un vínculo de interdependencia con el cerebro. En los árboles éramos reactivos al medio natural, mientras que en la tierra, tuvimos que realizar un salto cualitativo, lo cual supuso e implicó convertirnos en seres creativos, capaces de elaborar y crear útiles y herramientas con las cuales poder incidir, transformar y alterar el medio en el que nos encontrábamos. Dicha dicotomía: reactivo-creativo, tal vez pudo ser la puerta de entrada que con posterioridad pudo establecer la polaridad humana de interioridad e intimidad, en oposición a la de exterioridad y sociabilidad. El hombre para poder crear e inventar, precisa y necesita contar con la suficiente capacidad de poder pensar, lo cual requiere una mirada hacia el interior de la persona. Y no solo pensamos, sino que a su vez aprendemos, observando a otros (socialización). Con esa capacidad de crear útiles y objetos que facilitaran la adaptación al medio, el hombre altera, controla y domina el medio en pro de su propio beneficio. De modo que los pasos para la elaboración de una teoría de la mente fueron estableciéndose paulatinamente, y con ello la infinita diversidad de la dinámica relacional entre seres humanos. La posible intermediación entre el yo y los otros, quizás pueda depender en parte de la teoría de la mente. Con ella, no solo somos capaces de pensar a cerca de nuestros propios pensamientos, sino que a su vez nos abrimos a la poderosa idea de que nuestros semejantes también cuenta con su teoría de la mente.

Tal vez, la cuestión fundamental, no sea tanto poder contar con una teoría de la mente que facilite y estimule la colectividad humana, sino más bien cuestionar o reflexionar qué tipo de vinculaciones humanas, se han ido produciendo a lo largo de la historia de los hombres. Insistir y empeñarse en sistemas de creencias y de valores, así como en deidades y modelos sociales cuya cotización se encuentra pautada por un capitalismo de tipo feudal, ha generado y establecido un rostro del mal claramente marcado por las desigualdades e injusticias entre los humanos. Y no solo establecer la desigualdad, sino que a su vez tal desequilibrio se normaliza y por lo tanto se acepta e integra en el ámbito social. Normalizamos y aceptamos el mal, porque evitamos cuestionar y replantear el status quo establecido, y porque de algún modo nos identificamos con lo establecido y lo normativizado culturalmente.

El rostro del mal, no es, ni tiene nada de demoníaco. Lo demoníaco y perverso del mal es que éste es obra de la voluntad y de la mano del hombre, y que siempre buscaremos argumentos y razonamientos que justifiquen el mal que hacemos. Hasta hemos desarrollado la capacidad de poder argumentar que el paraíso convertido en infierno por nosotros tiene su sentido, valor y significado, pues esa es la voluntad de los dioses. Hay que sufrir aquí para ganarse el cielo, la cuestión es que dicho cielo se encuentra plagado de dolor y sufrimiento. El mal como mal, es la sombra cuyo rostro impenetrable ha sido creado por el hombre.


Cristino José Gómez Naranjo.






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