LA DESIGUALDAD ENTRE HUMANOS.



Si bien la lucha por la igualdad entre los humanos, ha sido una constante histórica que ha perdurado y caracterizado nuestro desarrollo como especie; simples cuestiones como la de la esclavitud, el sometimiento y dominio ejercido sobre las mujeres, el trabajo y la explotación infantil, etc, han ido desapareciendo, en base al desarrollo y al sentido de una nueva conciencia, que cualitativamente ha ido transformando e interpretando el proceso de dignificación humana. Hemos recorrido un camino transitado por un compromiso en favor de unas relaciones humanas mucho más dignas, centradas en el respeto mutuo. Relaciones menos instrumentalizadas, en las que la honorabilidad y autoestima, queda patente. Los hombres desarrollaron la capacidad de poder ver el rostro humano de otros hombres. Considerando las necesidades de otros hombres, es como el hombre comienza su propio proceso de humanización. El hombre dejaba de ser un instrumento y un objeto para erigirse en un fin en sí mismo. El hombre dentro del marco de su colectividad, se convertía en un fin en sí mismo. No solo bastaba con sobrevivir, había que subsistir con dignidad, y para ello era preciso y necesario dotarnos de normas y también de una serie de valores específicamente humanos: respeto, afecto, lealtad, etc.

Dicho proceso ha facilitado el establecimiento de normas y leyes que regulan las condiciones humanas más elementales y básicas. Hoy, por ejemplo, la esclavitud resultaría inaceptable, o bien los derechos de la infancia resultan necesarios ya que procuran evitar el atropello a los niños, o se lucha contra la trata de blancas o el comercio sexual de la mujeres. Aunque se haya establecido un marco general, a nivel global del planeta, sobre los derechos humanos, que cada nación o estado, tendrían que cumplir, no deja de ser menos cierto, que muchos de los derechos humanos, se encuentran encerrados y domesticados en el baúl de los recuerdos en el que muchas naciones y élites, entrarían por la puerta trasera con tal de incumplir con los derechos humanos. Muchos, se han quedado en el formalismo legal y jurídico, como un medio y un recurso a través del cual poder disimular, tanto su voluntad como sus deseos de depredación para con los humanos más vulnerables y necesitados ( infancia y mujeres). Se ofrece todo un marco jurídico para garantizar la dignidad humana, pero a su vez se presenta toda una praxis, en la que el derecho a la dignidad es burlado. El sarcasmo procede de la casta, que se considera y se siente impune, y que por lo tanto, estima que su derecho a humillarnos y a abusar de nosotros, procede de la voluntad de los dioses, que les confieren una superioridad sobre el resto de humanos. Se encuentran, tan por encima del bien y del mal, que se consideran superiores al resto de humanos y por lo tanto cuenta con el derecho a despreciarnos y a humillarnos. Su camino de generosidad, se encuentra cubierto de inquinas y de tropelías, realizadas contra el resto de la humanidad, justificadas tras el falso rostro de la voluntad divina. Nada mejor, ni tan idóneo, que el crear e inventar dioses temibles y castigadores. Nada por encima de la voluntad divina. La cólera de los dioses coacciona y limita las acciones del hombre.

Si bien existe una carta de derechos humanos, en la práctica también se desarrolla todo un marco de habilidades y de estrategias para incumplir con los derechos. Ejemplo de ello, son todas las guerras en las que mueren tanto o más civiles que militares; aún se continúa con la explotación y el trabajo infantil, y con las mafias que no cesan de comercializar con el cuerpo de las mujeres. Hay derechos, pero podemos entrar por la puerta falsa y por lo tanto alterar y zaherir la dignidad de ciertos colectivos humanos. La doblez del hombre ante la dignidad de los otros resulta de tal calado y transparencia, que tanto nuestra actitud como a su vez nuestra conducta, tienden a tornarse en una adaptación ambivalente ante las desigualdades e injusticias establecidas entre los hombres. Nuestro compromiso ético con la verdad y la ecuanimidad, tiende a ser nulo, o más bien escaso. Procuramos cerrar los ojos, o bien nos ponemos la venda con tal de no implicarnos y por lo tanto pasar de largo, cuando la desigualdad se aproxima a los que se encuentran más cerca de nosotros. Somos capaces de crear y de elaborar toda una “teoría cínica” para permanecer al margen de las injusticias y desigualdades que se les aplica a nuestros semejantes. Nos esforzamos por no pronunciarnos sobre las disparidades, pues somos consciente que de hacerlo, sufriremos la marginación y la exclusión de la élite y de la casta. Asentimos pasivamente y en silencio a las desigualdades, pues tememos que se nos ponga de cara a la pared. Nos inquietamos ante las represalias establecidas por el poder de la casta. Tenemos miedos a ser castigados y perseguidos, si optásemos a hablar con claridad sobre las desigualdades e injusticias sociales efectuadas por la casta y su burocracia administrativo-militar.

La desigualdad establecida en parte, responde a nuestra ceguera y a nuestra actitud indiferente para con el prójimo. Acostumbrados y por lo tanto adaptados a la celeridad de los tiempos de la productividad y de la explotación, vivimos con el agua al cuello, excesivamente preocupados por procurar pagar las hipotecas vitales en las que nos hemos embarcado. Pasamos media vida pagando la letra de la vivienda que habitamos, trabajamos más de la mitad de la jornada laboral para poder asumir dicha hipoteca, nos deslomamos por producir y rendir en el trabajo, aceptamos las condiciones y situaciones laborales de máxima explotación personal, normalizamos el estrés y el ritmo acelerado en el que vivimos, aceptamos hasta la locura, con tal de nos ser excluidos y señalados por el resto del colectivo. De algún modo, vivimos en la creencia de que la desgracia, no nos ocurrirá a nosotros, y que de alguna manera, aplicamos y aceptamos aquello de “más vale malo conocido que bueno por conocer”, tragamos y encajamos con la desigualdad, bajo la creencia de que no nos podría ir peor. Bajo el oleaje del miedo, nadamos a contracorriente, sabiendo que jamás vamos a alcanzar la orilla, pues no habrá paz y mucho menos dignidad humana, mientras exista la disparidad y el sufrimiento entre humanos, pues éste es obra de la mano del hombre que no duda en desarrollar y ejercer su poder por encima de los demás. El rostro del ángel demonizado, gracias al plus de goce, que buscamos y obtenemos a costa de los otros seres humanos. Hay humanos que gozan con el sufrimiento de otros, y no solo gozan, sino que además muestra con orgullo su gozo (sociópatas). Actualmente, el planeta humano, ofrece toda una amalgama de personajes que disfrutan ejerciendo y aplicando sufrimiento a otros humanos.

No cabe la menor duda, de que nuestra concepción sobre el mundo, se va organizando dentro de un contexto en el que la confusión y el desorden predominan. Dentro de marcos culturales dominados y centrados en el judaismo-cristianismo y en el capitalismo, hemos llegado a integrar y por lo tanto a normalizar, ideas y practicas, vejatorias y denigrantes que atentan contra la dignidad del hombre. Ideas como el temor a las divinidades, o que tal vez pueda surgir un capitalismo bueno y magnánimo, o que siempre han existido ricos y pobres, no dejan de ser más que productos e ideas que surgieron en los talleres de la explotación humana. Manifestaciones claramente torticeras y manipuladoras de la realidad sociohistórica del hombre, cuyo objetivo y finalidad, ha sido la de imponer toda una dinámica de poder y dominio en la que la gran mayoría de los humanos debemos someternos a la voluntad de la casta divina, que a su vez comparte su poder con la minoría de la casta humana. El sentir supremacista de algunos personajes a lo largo de la historia, ha escrito toda una serie de renglones torcidos, que resultan ser vergonzosos para una humanidad que se considera a sí misma como civilizada.

La narrativa humana, ha tenido la extraña habilidad de poder deshilachar los diversos hilos y filamentos de la historia humana, para de ese modo poder entretejer una tupida red de dominio y de expolio por medio del cual, la casta controla y maneja el ecosistema tierra. Reyes, nobles, burgueses, empresarios y capitalistas, emergieron como casta para apropiarse y dominar el planeta tierra. Llegando a establecerse toda una serie de ordalías que encadenaba a los hombres al capricho y a la voluntad por la casta establecida. De la propiedad comunitario, se transitó hacia la propiedad privada por medio del campo minado de las trampas legales que permitió a la casta justificar su conducta depredadora y mezquina. La actitud de compartir y repartir los excedentes alimentarios, gradualmente fue transformada por la idea de que el sobrante se acumulaba, para de ese modo poder socializar la pobreza y la miseria, mientras que la riqueza se privatizaba. Baste decir, que en todo este proceso, la voluntad divina ni tan siquiera participó, todo fue obra de la mano humana elitista, que acertó a elaborar y estructurar todo un argumento y un mecanismo que le pertrechó y le facilitó poder apropiarse del ecosistema. La experiencia muestra e indica, que el rico no es de cuna, sino que más bien es rico, porque roba a los otros mediante el engaño y la trampa. Realizada dicha operación de expolio, a posteriori desarrolla todo un decálogo jurídico y legal que le sostiene y le permite mantener y conservar el robo realizado. Normaliza la ignominia por él ejercida y desarrollada. Es cuando el mal ladrón, acierta a convertirse en el buen ladrón, porque tiene el poder y por lo tanto la facultad de poder divinizar su maldad.

La demonización del bien, centrada en la figura metafórica del ángel vengador y exterminador, refleja a las claras la condición humana de nuestras propias contradicciones, que nos capacita, tanto para favorecer el bien y la bondad, como para desarrollar y desplegar lo atávico y todo el mal posible. Tenemos la suficiente capacidad y habilidad, como para darle la vuelta a la sartén, si con ello podemos justificar todas nuestras ansias y aires de poder y de dominio. Satirizamos la vida, con los cuentos de la “Bella Durmiente”, “El Principe Valiente”, etc. Tendemos a idealizar, la mentira vertida en los cuentos de hadas, para con ello endulzar los genocidios efectuados con la manos del hombre: Ruanda, Armenia, Gaza, Srebrenica, etc. No solo somos capaces de realizar el mal, sino a su vez justificar por qué realizamos dicho mal. El hombre, es el único animal que justifica el mal y el daño que hace a través de relatos perfectamente manipulados. Somos el demonio con rostro angelical, dispuestos a enarbolar la espada de fuego que sostenga e imponga nuestra cosmovisión a los otros humanos. Poco o nada nos importa, eliminar a otros con tal de permanecer en el paraiso que hemos establecido.

La historia, tanto en Europa como en el resto del mundo, ha dado bastantes pruebas de la capacidad del hombre para justificar lo injustificable. Por ejemplo, Europa, durante las tres primeras décadas del siglo XX, alimentó y sostuvo el culto al totalitarismo y a la persona a través de personajes siniestros como Franco, Hitler o Mussolini. En la actualidad, el mundo occidental y demócrata, claramente da la espalda al pueblo gazatí, y con su sórdido silencio, apoya las acciones del gobierno israelí. La paradoja de mantener la igualdad por medio de la desigualdad. La historia a fuerza de repetirlo, ha convertido muchas mentiras y distorsiones, en medias verdades o en verdades completas, sin que por ello dejen de ser mentiras y por lo tanto falsas. De modo, que por ejemplo, en España, fue la República quién provocó el golpe de estado, pues los militares golpista, tan solo deseaban la unidad de España bajo el mismo dios. La transición hacia la democracia, fue un ejemplo, en el que los grupos paramilitares de la ultraderecha apenas existieron. Tanto el TOP (Tribunal de Orden Público), como la ley de punto y final, jamás condenó los execrables crímenes de la dictadura. No hubo un privilegio que el franquismo y la sociología franquista hayan dejado de emplear a su favor, tantos que con su burla al resto de los ciudadanos, alcanzaron a auto-perdonarse los horrendos crímenes por ellos cometidos. Lograron alcanzar la patente de Corso, por medio de la cual han salido inmunes e indemnes de todo el mal y el daño realizado durante los cuarenta años de dictadura. Cuadraron el círculo para salir indemnes de todos los crímenes de lesa humanidad por ellos cometidos.

Las mentiras, tanta veces repetidas, acaban por convertirse en verdad, y poco o nada importa que sean falsas. Tanto el inconsciente personal como el colectivo, se encuentra saturado de ira y odio que permanece reflejado en las distorsiones históricas que sobrecargan el mal y la ambición del hombre, que poco o nada le importa exterminar a los otros con tal de sobreponerse. La costumbre omnipresente del “autoengaño”, extendida y generalizada entre nosotros los humanos, logra que en un instante, pasemos de villanos a héroes, o de demonios a ángeles, aunque implique tergiversar los hechos y apropiarnos de la historia según nuestros intereses personales, pues nos se trata de consensuar la “verdad”, sino más bien de imponer mi mirada o mi ideología. En dicha situación o contexto “mi verdad revelada”, es la única posible y tolerable”. Es cuando el mal adquiere el carácter irracional de la tiranía, impuesta a través del miedo y del terror. Es cuando, después de mi, tan solo queda y permanece el terror y el pánico (Totalitarismo).

Las desigualdades, exigen a la vez que requieren un reconocimiento de las mismas, y necesitan de una reparación y restitución del orden anterior, pues de lo contrario, el daño, el abuso y las injusticias realizadas, se deslizan y continúan su existencia a través de los conductos del desgüe establecidos y elaborados por la mano humana. Las desigualdades humanas, responden a una concepción de vida, basada en el poder y la dominación, bajo la idea de que existen unos hombres mejores que otros, y que por lo tanto se encuentran por encima de los demás y que por ello adquieren el derecho a imponerse e implantar el destino y su propia voluntad a los demás humanos.

La dignidad, es la diversidad diferencial, que nos lleva a todos a ser iguales a pesar de ser distintos. Es el derecho a ser distintos porque hemos nacido en contextos y con variables culturales específicas. Todo humano, ya es digno por el mero hecho de serlo. Por lo tanto la idea del supremacismo cultural, es un principio totalitario y fascista, por medio del cual, la cultura blanca y occidental, además de cristiana, trata y desea de imponerse al resto de la humanidad. Pues para ellos, no existe más verdad que aquella que es impuesta por el ejercicio de la fuerza. Es obvio, después del rey, solo existe la humilde plebe, que como chusma, su opinión y criterio, carece de sentido ser escuchado y mucho menos atendida.

La dignidad, es el resultado de la igualdad en la diversidad. La dignidad, es la posibilidad de que las múltiples voces puedan ser escuchadas en una melodía humana, en la que cada tono vocal adquiere su dimensión y su sentido.


Cristino José Gómez Naranjo.





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