EL DORADO SUEÑO DE LA ETERNIDAD.



Los hombres, siempre hemos soñado con la eternidad. Podríamos decir que dicho sueño, además de ser una quimera, ha llegado a convertirse en una obsesiva compulsión, la cual ha dificultado el desarrollo de una existencia humana plena y total. El delirio por la muerte ha alcanzado tal nivel, que nuestra energías para vivir han quedado mermadas por el estado confusional y por el desvarío en el que nos encontramos. El terror y el pánico que sentimos hacia la muerte, mejor dicho hacia nuestra propia muerte, ha llevado a nuestro imaginario a concebir la idea de la eternidad como una salida a nuestra desesperación y frustración por el simple hecho de tener que morir. Nos hemos capacitados y por lo tanto habilitado para crear y establecer una estrategia para poder soslayar dicho evento. Se trata de una estrategia esquiva, análoga al recurso utilizado por el avestruz, que se limita a esconder la cabeza ante aquello que le angustia y le atemoriza. Por decirlo con claridad meridiana, la angustia de muerte que sentimos, ni la confrontamos y ni la abordamos, más bien la esquivamos por medio de la estrategia de huida. Resulta más que evidente, que la experiencia de la muerte corre tras nosotros, o mejor dicho, somos nosotros mismos quiénes por medio del pensamiento mágico, tendemos a considerar que podemos sortear la muerte. En una desenfrenada huida por evitarla, corremos alocadamente en la misma dirección en la que ella viene a nuestro encuentro. Siendo nuestra compañera de viaje, la odiamos, y resulta claro, que a nuestro compañero de viaje más intimo, no se le puede, ni se le debe odiar durante toda la trayectoria del camino vital. Se precisa a la vez que se necesita establecer una alianza con ella. Un instante en el que la conciencia pueda gestionar una convivencia con la muerte, hasta que ésta termine con nuestra existencia.

Para muchos, incluyendo creyentes, la muerte es el final de un trayecto. Por lo que desde esa perspectiva y con ese tipo de pensamiento, resulta lógico considerarla nuestra enemiga. No podemos hacer nada ante ella, y por ello nos embarga la sensación de impotencia. Familiarizados con el medio en el cual crecemos, de modo y manera que lo modificamos y lo alteramos para que pueda satisfacer y cumplir con nuestros deseos, apenas sí podemos hacer algo para evitar nuestra muerte. Por ello, le guardamos ese resentimiento a la muerte, pues es ella la que toma la decisión por nosotros de cuando hemos de morir. Abandonar este mundo, es voluntad de la muerte, y es ahí donde, nuestros deseos e intenciones tienden a ser frágiles y volubles. Tendemos a rechazar y a su vez negar nuestra imposibilidad por evitar la muerte. Por lo tanto, vivimos, como si la muerte no existiera, o mejor dicho actuamos en relación a ella, como si no fuera con nosotros. Desde el comienzo de nuestro existir, vivimos de espaldas a la muerte, y por ello cuando llega nos sorprende. No gestionamos nuestro vivir, o más bien nos negamos a vivir considerando que hemos de morir. No nos preparamos para morir. Por lo que la muerte, constantemente nos recuerda a la vez que nos evoca que será nuestra compañera de viaje. Una compañera, que jamás nos abandonará durante nuestro caminar en la vida.

Por lo tanto, no resulta tan extraño, que desde los orígenes del hombre, hayamos procurado honrar a nuestros muertos. Desde el neolítico y quizás tal vez antes, el hombre protegía a sus muertos del resto de los animales, tratando de evitar que éstos se alimentaran de la carne de sus fallecidos. Bien por la vía del enterramiento, o bien por el camino de la incineración, se pudo simbolizar y darle un significado social a la muerte de los seres con los que convivíamos. Siempre se consideró la existencia del doble o del alter ego que se desgajaba de nosotros tras la muerte, fantasmas, sombras, espectros, etc, que nos acompañaban durante nuestra vida. Posteriormente con la complejidad de la organización agrícola, y posteriormente la de la urbanización, el doble fue transformándose o mejor dicho adquiriendo la naturaleza de alma, cuya esencia o propiedad paso a ser de tipo inmaterial e invisible, y que tras la muerte retornaba al reino de los espiritus al cual pertenecía. Reino del cual se desprendió, descendió y se encarnó en el cuerpo, efectuando la reencarnación o transmigración de las almas, hasta eliminar todo tipo de sufrimiento y de enredo para permanecer definitivamente al reino de las almas, es decir en el ámbito de lo espiritual e inmaterial.

Con los rituales funerarios, mostramos no solo la creencia en la inmortalidad del alma, sino que a su vez es un proceso y un medio a través del cual procuramos e intentamos mitigar nuestra angustia de muerte. La noción de alma, crea a la vez que establece una especie de doble, o alter ego, al cual se le abren dos vías o posibilidades: una es que se establece en el paraíso de las almas, y la otra es que retorna a la tierra al mundo de los vivos por la vía de la reencarnación. El motivo humano por medio del cual se logró establecer los ritos funerarios, eran además de poder apropiarse de la muerte, también poder mitigar o asumir el miedo a dicha muerte. Para ello se precisaba a la vez que se necesitaba, crear o inventar un reino invisible e inmaterial, casi perfecto en el cual nuestras almas y nuestro destino podrían descansar y residir, tras la muerte. De modo, que el reino de los cielos, es el mal menor con el que tratamos de reducir y minimizar nuestro ancestral miedo a morir. El hombre toma conciencia de ser hombre, por medio de los ritos funerarios con los que muestra su preocupación por los seres allegados, al mismo tiempo que procuramos mitigar nuestro terror hacia nuestra propia muerte.

Los comienzos de la humanidad se encuentran estrechamente relacionados con el principio de individuación, en el mismo instante en el que la persona dice “yo soy”, comienza a establecerse un sujeto psicológico diferente, que tendrá que armonizar y aprender a convivir con otros “Yoes” diferentes al suyo. La individuación, es el resultado de la materialización del ser especifico y único, y dicho proceso de autorrealización, nos conduce inevitablemente al sentimiento efímero de nuestra existencia. La conciencia de la mismidad, nos lleva al sentido y al sentimiento trágico de la muerte. Con mi mente y por medio de los pensamientos que ésta puede generar, soy capaz de poder pensar e imaginar mi muerte. A través del pensamiento, puedo ver mi entierro, mi caja, o tal vez imaginarme mi incineración. Puedo imaginarme, sin nariz, ojos, boca, etc, tras mi muerte, pero lo que me resulta casi imposible es poder imaginarme que el alma abandone mi cuerpo. La muerte es el resultado y el temor a la idea de descomposición y de putrefacción del cuerpo y de la carne. La muerte implica degeneración, y dicho pensamiento, nos asusta y nos intimida. Es por lo que el amortajar, enterrar, incinerar, adquieren un sentido y una dimensión simbólica, bajo la cual la putrefacción del cuerpo se ralentiza el tiempo preciso y necesario, como para que el alma pueda realizar su transición y pasar al reino espiritual de forma incólume.

La idea de eternidad, tiende a ser el consuelo con el que los humanos, paliamos nuestras frustraciones ante la muerte. Nuestra mente, es capaz de ser creativa hasta límites insospechados en los que somos capaces de modificar el medio natural a nuestro gusto con tal de que cumpla y satisfaga nuestras necesidades y deseos. Pero nuestra mente y sobre todo nuestros pensamientos, ante la idea de la muerte se tornan irascibles e intolerables. Procuramos calmarnos sobre el miedo a la muerte a través del pensamiento mágico. No queremos morir, y sobre todo no aceptamos morir. Ante la certeza, nuestro ego se niega a tal evidencia, y por lo tanto manifestamos rasgos neuróticos regresivos adaptativos ancestrales, como intento de calmar y atemperar nuestra angustia de muerte.

El inconcluso trauma de la muerte, ha podido establecer en nosotros, un tipo de pensamiento mágico-mítico-religioso, del cual no deseamos desprendernos, debido a que la realidad de la muerte y nuestro imaginario sobre ella perturba a nuestro ego. Dicha angustia, nos lleva al acto desesperado de refugiarnos en un posible milagro, y por ello nos esforzamos en mantener la creencia por encima de la realidad y de los hechos. Frente a dicho dilema, el hombre ha procurado tres vías o salidas con las cuales poder salvar y por lo tanto eternizar su alma: a) elaborar la religión de la salvación, por medio de la cual nuestras almas irán a la ciudad o reino de los cielos, b) elaborar la religión cósmica en la que se resalta la unidad con el cosmos, y nuestra posibilidad de retorno a él tras nuestra muerte, c) la entendida como espiritualidad atea o sociocultural, que se expresa y manifiesta por medio de la diversidad tecnológica y de la cultura y del arte, tal como la poesía, el cine, etc.

Todo proceso humano, en el que el hombre adquiere conciencia de su mismidad, es decir acertamos a percibir que siendo de la misma especie cada uno de nosotros a su vez es diferente, en ese preciso instante en el que cada uno de nosotros se asienta sobre la afirmación de “yo soy”, empieza a surgir en nuestra mente la idea de la muerte. Muerte, como la desaparición de uno mismo, como a su vez también la desconexión y por lo tanto la perdida de los seres amados. La muerte nos vincula con el resto de los animales y por lo tanto en cierto grado nos iguala a ellos, pero como humanos que nos constituimos como tales, por medio de los relatos y de las creencias, no estamos dispuestos a aceptar la idea de que somos similares al resto de los animales, pues nuestras creencias indican y dicen que provenimos y somos los herederos directos de las divinidades. Somos como una especie de dioses en la tierra, y ya se sabe, los dioses como seres superiores y por lo tanto perfectos, han de ejercer y desarrollar su sentido de superioridad.

Nuestra idea de eternidad, se encuentra saturada por el resabio y el resentimiento que le tenemos a la muerte, secuelas que marcan a todas luces nuestros comportamientos y actitudes deficientes. Somos el único animal que nos consideramos con el derecho de quitar la vida a otro humano. Nuestra irracionalidad nos lleva al extremo de considerarnos con el derecho a la vida sobre otros humanos. Con toda probabilidad lo único eterno con lo que podemos contar es con el miedo que le tenemos a la muerte, y gracias a dicho pánico logramos eternizar el sufrimiento a nuestro alrededor, ya que la máscara de la muerte nos impide vivir con cierto grado de dignidad. Ser los compañeros de nuestro propia existencia, implica poder gestionar la experiencia de la muerte. La nada, no deja de ser más que el contenido de infinitas posibilidades en las que la existencia del yo tiende a carecer de sentido, puesto que el mismo desaparece con la muerte. Y es ahí, en donde reside el contrasentido emocional que le damos a la muerte, desear y querer ser inmortales.

La paradoja de la inmortalidad revestida de eternidad, reside en la negación del yo a su propia desaparición, y por ello hemos creado la ilusión de una dimensión eterna con la que poco o nada disfrutamos de la existencia que nos corresponde vivir, pues perecemos ante la frustración de nuestro propio óbito. No debemos olvidar que somos organismos que contamos con la energía necesaria y precisa para poder realizar nuestras funciones vitales, tales como crecer, reproducirnos, etc. Al mismo tiempo, conviene indicar, que la energía, no se crea ni se destruye, sencillamente se transforma, por lo que podemos decir que tras nuestra muerte, nuestra propia energía se dispersa en forma de calor al medio humano al cual pertenecimos. Por medio del calor humano llamado afecto, podemos permanecer en el corazón de nuestra tribu, tras nuestra muerte. Solo el amor permanece, pues nuestro cuerpo es perecedero.

Tal como dijo Siddharta Gautama, “el nacimiento es dolor, la vejez es dolor, la enfermedad es dolor, la separación de la cosa amada es dolor, no obtener lo que se ama es dolor, pues el origen del dolor, es la sed de existencia, que conduce de renacimiento en renacimiento. Todo nacimiento es una enfermedad mortal. Todo nacimiento es muerte. Nacer, es sufrir, morir”. No es el horror a la vida el que determina el deseo de morir, sino el horror a la muerte.


Cristino José Gómez Naranjo.


Comentarios

Entradas populares de este blog