REFLEXIONES SOBRE LA MITOLOGÍA PSICOTERAPEUTICA.



Tanto el apogeo como a su vez la importancia, que la sociedad imprime y requiere de las actividades que se encuentran relacionadas con la ayuda, y el acompañamiento a las personas, bien sean estas la psiquiatría, la psicología, la educación social, el trabajo social etc, es decir aquellas disciplinas que se pueden enmarcar, y considerar, que se hayan relacionadas con el acompañamiento a las personas y a sus necesidades psicoterapéuticas, es decir que conllevan e implican, ayuda y acompañamiento, podemos decir que se encuentran en un coqueteo superficial y banal con lo caracterizado como políticamente correcto, dado que dichas disciplinas sociales, apenas si cuestionan las estructuras de poder que somatizan y tiranizan a las personas. Las estructuras del poder tienden a ser ambiguas y paradójicas, y es casi un hecho, que los profesionales de lo social, tendemos a convertirnos en agentes de control del status quo ya establecido.

Deberíamos admitir, y por lo tanto aceptar que dicha asistencia y acompañamiento, podría ofrecerse, sin necesidad de derivar hacia una aventura mística, ni hacia el buenismo, puestos en practica en la actualidad, pues nadie en su sano juicio, pone en duda, o bien cuestiona la meritoria capacidad para poder acompañar a las personas que precisen y necesiten, tales disciplinas sociales. No se trata de cuestionar a las denominadas ciencia sociales, sino más bien reflexionar sobre el marco y el sustrato ideológico de los profesionales que desarrollan y aplican dichas ciencias sociales. Es ahí, en donde reside el peligro de las ciencias sociales, pues como toda obra humana, cuentan con todo un profundo calado ideológico próximo a la caridad cristiana. Caridad, por cierto que invalida y anula al ser humano, minando su dignidad como ser protagonista y responsable de su propio existir. Los profesionales sociales, deberíamos y tendríamos que cuestionar y pronunciarnos públicamente sobre los marcos socioculturales de dominio y de poder ejercidos sobre los sujetos. No obstante, los hechos señalan todo lo contrario, tendemos a guardar silencio y hasta ser conniventes con el poder establecido.

Es preciso decir, que las personas que nos dedicamos a dichas labores o funciones sociales, deberíamos ser cautelosos y disponer del suficiente cuidado y de todo el respeto hacia las personas que solicitan nuestro acompañamiento. No hemos de pensar y mucho menos considerar, que nuestras profesiones resulten ser extraordinarias y excepcionales, sino más bien, que la maravilla, consiste en que tales actividades profesionales se encuentran orientadas hacia el bienestar de las personas. Por lo tanto, es preciso a la vez que necesario, considerar qué es lo que entendemos, o mejor dicho, cómo se puede considerar el bienestar de las personas. Resulta evidente, que el bienestar de las personas, no puede determinarlo ni el psiquiatra, ni el psicólogo. No existe, una licenciatura que nos capacite éticamente. La “Ética”, transcurre y discurre dentro del contexto de la dialéctica humana, es decir dentro del espacio de interacción entre las personas. Por lo tanto, obtener la licenciatura en “Psicología”, no garantiza ser un sujeto ético. La ética se encuentra vinculada y relacionada con el comportamiento y la coherencia de las personas, y no con sus profesiones. El hábito, no hace al monje, más bien es al revés, es el monje por medio de su comportamiento, quién dignifica el hábito. Sociedades caracterizadas por la trivialidad, las cuales carecen de un autentico sentido y significado de la vida, la ética se erige en las estrella que bien podría iluminar las relaciones entre personas. Es incuestionable que los profesionales de la ayuda psíquica deberían contar con un profundo valor y sentido ético, pues de no ser así, todas nuestras acciones terapéuticas podrían ser el resultado y la obra de un puro mecanicismo, recubierto por una actitud irreverente para con las personas que atendemos, orientamos y escuchamos.

En la vigente universalización planetaria, en la que tanto la dinámica como a su vez el ritmo de funcionamiento humano, se encuentra orientado y pautado por las diferencias discriminatorias de las desigualdades entre humanos (pobreza, guerras, violencia, maltrato, etc), se hace necesario, poder explicar y contextualizar qué se concibe y percibe como “bienestar”. Un cuadro se encuentra circunscrito en el contenido de un marco, por lo que no deberíamos olvidar el marco que contiene al cuadro. Lo mismo, al hablar de terapias y de psicoterapeutas, no hemos de olvidarnos del marco social y cultural del cual surgimos. Todo psicólogo/a, cuenta con un marco sociocultural saturado de ideología, pues somos el resultado de la sociedad en la que nacemos y crecemos. Buscamos y aceptamos tal o cual marco epistemológico (psicoanálisis, conductismo, terapia familiar, terapia Gestalt, etc), porque en el fondo nos identificamos con dichos modelos o paradigmas. En algún punto, y de algún modo, nuestros sistemas de valores y creencias y nuestros paradigmas convergen. Y resulta conveniente ser consciente de ello, pues no hay disciplina social imparcial, ya que todas ellas, se encuentran elaboradas y construidas por la mente humana, y la mente humana tiende a identificarse, y dicha identificación personal del profesional, responde y obedece a su diversidad sociocultural de origen. No existe la ciencia objetiva, solo se da el consenso entre personas, y a dicho consenso, tendemos a darle un cierto significado científico. Solo es posible el consenso de subjetividades, a las que denominamos “objetividad”, y a ese proceso le damos el nombre de “ciencia”. Solo podemos captar lo objetivo por medio de nuestras subjetividades, es decir por el medio y vía de cómo interpretamos aquello que llamamos realidad.

Somos lo que somos, un proceso evolutivo biopsicosocial, manifestado y condicionado por toda una entrañable red ideológica. Por mucho que insistamos en que somos personas con un carácter neutral, dicha expresión, no deja de ser más que una mera falacia, tras la cual ocultamos nuestra falta de compromiso con la vida. Pues la vida, exige y demanda compromiso y riesgo a todos los humanos, incluidos los psicólogos. Siempre hemos de indicar algo, decir algo, orientar o sugerir, o bien procurar elaborar con las personas narrativas alternativas en relación a sus experiencias vitales. Nunca manipular, instrumentalizar, o bien dirigir. No cambiamos a nadie, ni transformamos a nadie, pues únicamente el sujeto por sí mismo es el que puede cambiarse y transformarse. Nos solicitan que les acompañemos en la búsqueda de alternativas a su dolor y a su sufrimiento. Solo buscan puertas para aliviar su dolor y poder alcanzar esperanzas en una vida mejor. Son ellos quiénes dan el primer paso, pidiendo ayuda, y son ellos los que deciden si caminan o se detienen. Sus cuerpos, sus almas y sus sufrimientos, les pertenecen a ellos; por lo tanto, como psicólogos hemos de curarnos, o más bien sanarnos de la petulancia y de la engreída vanidad de que cambiamos a las personas. Todo lo contrario, agradecer porque las personas depositen su confianza en nosotros.

Los mitos, tienden a estar constituidos por relatos muy antiguos, en los que se sostienen creencias de tipo sobrenatural acerca de fenómenos, o hechos cuyas explicaciones son de índole natural; por ejemplo, hay, o bien existe una inteligencia superior que creó este universo. Los mitos bien pueden mantener cohesionado a un colectivo, pero también pueden hacer daño a miembros que integran dicha colectividad; por ejemplo, hemos de orar a los dioses para que nos protejan, en caso de manifiesto desacuerdo con tal prescripción, la tribu condena y excluye a la persona. El mito, es como la navaja de Ockham, pero con el efecto contrario a dicho principio. En una posmodernidad cuya posverdad, trivializa y banaliza la existencia del hombre, las profesiones relacionadas con la psicoterapia y los libros de autoayuda, tal vez puedan convertirse en un campo minado para los seres humanos. Una realidad social pautada por la tensión y la angustia, nos puede llevar a un grado de soledad extrema en el que el libro de autoayuda, o el terapeuta, pueden lograr alcanzar un significado y un valor de “gurú”, de modo que podemos entrar en un plano de total y plena dependencia en relación a ese guía terapeutico. Y la posverdad, se encargará en demasía por procurar instaurar un mundo humano regido por el marco de la psico-dependencia.

Resulta cuestionable la capacidad de acompañamiento profesional, cuando nuestra participación con las personas se encuentra totalmente mediatizada por nuestro marco ideológico. Pues el saber profesional, en parte consiste en que podamos trascender nuestros puntos de vistas, para poder entrar o al menos llegar a alcanzar la mirada con la cual las personas perciben y conciben sus peculiaridades, o lo que ellos entienden como sus problemas. No se trata de renunciar a nuestra ideología, más bien de lo que se trata es de poner al servicio de las personas, nuestras creencias y valores. No es posible comprender a otra persona, si no nos movemos del marco referencial personal. Para poder comprender a los otros, hemos de desplazarnos, o bien abandonar nuestra zona de confort. En la terapia, es clave y fundamental, que las personas resulten ser reconocidas y aceptadas tal y como son. “Reconocer”, puede ser el punto de partida que inicie las opciones de cambio de las personas. Ningún ser humano, realizará algo diferente, si no es previamente reconocido tal cual es. La aceptación de la persona, no presupone la aceptación de sus problemas, sino sencillamente que ésta se encuentra bloqueada o traumatizada, en algún punto o aspecto de su vida. Los humanos, deseamos estar bien, pero hay momentos o circunstancias en los que ello no es posible por las razones o motivos que sean.

Es evidente que las personas no son sus problemas, sino que más bien, los problemas tienden a modificar a los sujetos. Tal vez si las personas pudiéramos alcanzar a considerar otras opciones, quizás nos podríamos desembarazar de las dificultades, o al menos verlas de otro modo. Es por lo que el espacio de la terapia resulta fundamental y clave. Desde la mirada y con las reglas de las personas, acompañarles para que puedan abrir al máximo el abanico de sus opciones sobre lo que ellos perciben como sus dificultades. No se trata de cambiar a las personas, sino más bien de que puedan observar y considerar, lo que ellos sienten como sus problemas con otra mirada.

Abrir el campo de la vida y conjugar la complejidad vital de cada sujeto. Cualquier persona, es mucho más que los problemas que lo envuelven. Es evidente que los problemas, no son las personas. Todos, deseamos sentirnos bien, llevarnos bien, y relacionarnos mejor, pero por momentos nos bloqueamos, debido a las interpretaciones que efectuamos sobre nuestras propias experiencias. Es por lo que la ética de la terapia, consiste en que los terapeutas deberíamos acompañar el dolor tal y como las personas nos lo presentan. Aceptación plena y total. No tenemos ningún derecho a juzgar, y mucho menos a valorar a las personas. Solo podemos abrir la conversación terapéutica con el dolor y la apreciación sobre el sufrimiento tal y como la persona lo describe durante el encuentro terapéutico. El proceso terapéutico, es un desarrollo conversacional, con y desde el marco con el que las personas perciben sus problemas. Contexto en el que la persona y el terapeuta procuran explorar nuevos caminos que puedan reducir el sufrimiento. Se puede y se debe, iniciar el camino hacia las narrativas alternativas, en las que los problemas o los síntomas puedan carecer de sentido y de un significado trágico.

No somos dioses, y mucho menos infalibles, simplemente personas a las que otras personas consultan sobre sus cuestiones personales. No hay una única verdad, ni en la psicología, ni en los psicólogos/as, solo la posible incertidumbre de que pueden darse otros modos y estilos de vida en los que el dolor y el sufrimiento de las personas puedan cambiar, tanto de valor como de sentido y también de significado. El trazado de dichos caminos, corresponde a las personas que nos consultan, y no a los psicólogos. Estar, poder estar y desear estar. Acoger y sugerir, no dirigir, pues cada persona es soberana. Las personas son expertas en sus propios problemas, pues sufren con ellos, sienten con ellos y muchas veces desean poder salir de ellos. Anhelan encontrarse bien y poder ser felices junto a aquellos seres que para ellos son significativos y por lo tanto amados. La tarea del terapeuta, es poder estar y sobre todo saber estar, y para ello se precisa y sobre todo se requiere humildad y comprensión de que cada persona es soberana para escoger su camino en la vida. No hay terapia ni terapeuta, que se encuentren por encima de la autoestima y del decoro de cualquier ser humano, y es en pos de esa honorabilidad humana por la que los psicólogos/as, hemos de esforzarnos. Solo el conocimiento que se pone al servicio de la humanidad, puede adquirir dimensiones de sabiduría. Aquello que nos sostiene en nuestra torre de marfil, y que se conoce con el sobrenombre de ciencias sociales, tiende a ser la armadura con la cual nos defendemos de las personas. Encubiertos con la estructura defensiva del conocimiento, imponemos a las personas nuestro punto de vista sobre sus dificultades. La arrogancia del experto, reside en imponer su modelo, sin tocar ni mirar al humano. En el “yo sé”, y en el “yo soy el experto”, queda reflejada nuestra soberbia, y también nuestros miedos.

Solo un humano puede acompañar a otro humano durante su proceso de transformación y de sanación. Si ese humano es psicólogo, tendría que abrir su propia puerta de humanización personal para que su conocimiento pueda ser atraído por la comprensión y por la compasión del sujeto que tiene enfrente. No hay dioses en el Olimpo, pero si humanos en la tierra que acompañan a otros humanos durante sus procesos de transformación y de aceptación. Y dicha responsabilidad humana y terapéutica, en su sentido y significado más laico, es toda una exaltación divina de los sujetos que intervienen en el encuentro terapéutico, pues no existe nada más divino que reconocer y aceptar lo humano, su naturaleza y su condición.


Cristino José Gómez Naranjo.


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