BREVES NOTAS SOBRE EL HUMANISMO.



Desde mi propia contradicción como sujeto, que he tenido que sobrellevar, al igual que el resto de mis semejantes, las presiones de las estructuras socioculturales de los contextos en los que hemos ido creciendo y desarrollándonos. Trataré de tomar cierta distancia en relación a mi presuntuoso ego, para de ese modo, poder efectuar ciertas reflexiones sobre el “humanismo”.

Me predispongo a considerar al ego como arrogante, porque su propia construcción, se ha ido cimentando en base al desprecio y también al rechazo, como a su vez, a cierto grado de superioridad con la que se siente en relación al resto de la unidad yoica, de la cual forma parte. El ego por los motivos que sea, procura, y busca estar, y sobre todo sentirse que se encuentra por encima y que por lo tanto es superior, al resto de la unidad que integra mi persona. Mi ego, al igual que el de la inmensa mayoría de sujetos, ha sido claramente condicionado y determinado por el superyo, es decir por el marco de las reglas y normas de la cultura occidental cristiana. Normas, que casi siempre nos requerían y nos obligaban a olvidarnos de nuestros cuerpos y de nuestras emociones. Mi ego como cualquier ego, emerge del contexto social de la “represión”; y la contención, no es más que el resultado de todo un proceso, que se manifiesta y expresa a través del “temor”, el pánico y el terror. De ahí, el anhelado y exasperado intento del ego por controlar, puesto que bajo el control, el ego entiende que todo, o casi todo se haya dominado, sometido y controlado. El ego, con su actitud, mantiene una conducta paradójica, puesto que con dicho comportamiento, nos evoca algo similar a la expresión “quiero que me quieras”. Es un estado constante de alerta y vigilancia, en la que nada fluye, más bien al contrario, todo o casi todo se estanca. Parecido a un desesperado grito de auxilio y de ayuda, que más que convocar, provoca que las personas se alejen de nosotros. Como un grito desesperado de ayuda en el cual se niega la ayuda que se solicita.

Desde mi intento humanitario, en el cual incluyo, la pasión, la contradicción, e incluso por momentos hasta la razón, desearía poder acceder y comentar qué percibo, y sobre todo qué siento por lo humano, y consecuentemente qué sentido y significado tienen para mi el “humanismo”. Más que el marco o la reflexión teórica, deseo y aspiro a poder entrar en la idea de humanismo, mucho más desde la perspectiva del sentir, y sobre todo con mi sentir, pues la subjetividad, tal vez sea más necesaria que todo el marco teórico filosófico, a la hora de hablar de humanos y de humanismo. No se trata de rechazar y mucho menos negar los conceptos, ni la teorizaciones, o los marcos filosóficos que sustentan y en los que se apoya el humanismo. Más bien, todo lo contrario, procurar inspirar tales pensamientos con la suficiente carnosidad, vitalidad y la corporalidad necesaria y suficiente, como para ir más allá del mismo concepto humanista y poder significarlo y representarlo, a través, de la experiencia del hombre que siente, vive y padece. Pues, el sentir no se explica, más bien se vive. Quizás, es la vida junto a las experiencias en ella vivida, la que nos conduce hacia el sentir, y no es la reflexión teórica por sí misma la que nos conduce al existir.

Todo acto humanitario, es realizado por un mortal, por lo que conducta y hombre no pueden, ni deben ser separados, ni desvinculados de su entorno. Básicamente, es el sentir de las experiencias, el que puede dimensionar la condición y la naturaleza humana. Es obvio, que sin ideas y pensamientos, apenas si se puede vivir, no se puede ni se debe descartar a nuestro cerebro, pero con todo, resulta patente que el hombre transpira gracias a los latidos de su corazón. Lo que nos lleva a pensar, es que estamos y nos encontramos vivos, y sobre todo que tenemos vida. Sin la empatía hacia los otros, dejaríamos de ser hombres, para convertirnos en bestias. No existirían, ni la teorías, ni los conceptos, éstos se producen porque es el hombre el que los crea, y son creados y establecidos a través de un proceso de subjetivación en el que media la experiencia vital de las personas. De algún modo significamos y simbolizamos e interpretamos, y ello nos conduce a establecer una rica vida interior por medio de la cual procuramos e intentamos establecer procesos relacionales con los otros. Otra cuestión, sería o mejor dicho correspondería, a la significación y a la materialización interpretativa del sustrato ideológico que se le concede a las experiencias vividas y sentidas. Pero, es un hecho que el hombre crea y establece conceptos y leyes, y sin el hombre nada de ello existiría, o en caso de que existiesen, sería en un plano diferente al del humano. Todo lo humano, tiende a ser un constructo interpretativo, pues gracias al lenguaje y a nuestra teoría de la mente, se nos abre todo un mundo que transciende nuestra propia conducta observable. Es posible, que podamos describir con todo tipo de detalles nuestras conductas, pero aquello que subyace a las mismas, es decir las emociones y los afectos que las sustentan, probablemente se encuentren abiertas a la interpretación de los sujetos. Interpretación que se encontraría relacionada con el marco de coherencia de cada sujeto, según su sentido y significado de la vida. Todo un infinito abanico de opciones se nos abre para ir en busca del sentido de nuestra vida. Un abanico, que puede abarcar desde el orden y la armonía, hasta el caos y el desorden.

Podríamos decir en un sentido amplio y muy general, que el humanismo es una disposición del hombre por medio de la cual procura afirmar la dignidad de sí mismo, y consecuentemente la honradez de los otros hombres. Para poder alcanzar dicha integridad, deberíamos ocuparnos y sobre todo preocuparnos por el bienestar de los otros, tal y como éstos son, y no como a nosotros nos gustarían que fuesen. Para ello es preciso a la vez que necesario, el empleo de la razón, por medio de la cual podemos comprender, y sobre todo aceptar la diversidad y las diferencias entre humanos. Desde el marco de la libertad personal, es posible la coexistencia humanitaria, pues solo desde la emancipación, resulta posible la convivencia y la asunción de la responsabilidad por dicha convivencia. Únicamente desde la libertad podremos ser seres responsables, y únicamente desde la libertad alcanzaremos a ser personas conscientes. Es ahí, en donde reside la fuerza del humanismo, en practicar y en desarrollar la esencialidad del hombre, que no es otra que la de procurar tratar al resto de humanos con el altruismo necesario y preciso, de modo que el hombre eleva al hombre a través de los diversos procesos de conexión, comunicación e interacción. El humanismo, es el arte de hacerse sujetos en espacios comunitarios. Por lo que la comunidad, es exclusivamente humana, cuando ésta se predispone a considerar y a tratar a cada persona con la dignidad merecida por el simple hecho de ser individuos. La dignidad, es un valor, o mejor dicho un rasgo especifico de la especie humana, que no puede, ni debe ser tratado y negociado en el mercado de valores, o en el IBEX 35. La dignidad es inherente y por lo tanto consustancial al simple hecho de ser sujeto. No es negociable, es consustancial al ser humano. No es posible trapichear con el pundonor del ser humano, y en el caso de que lo llevemos acabo, lo que logramos, es deshumanizar al sujeto por medio de la instrumentalización mecanicista de sus afectos y de sus emociones.

El humanismo como tal, al menos históricamente, emergió en Italia, como una reacción a la tiranía aplicada por el teocentrismo sobre el ser humano. El despotismo ejercido por la curia del Vaticano, no solo invadió Europa, sino que a su vez la implementación de dicho teocentrismo atemorizó al hombre, pues solo con el pensamiento ya se podía cometer pecado. El catolicismo desarrollado y ejercido por la magistratura eclesiástica, logró apropiarse del hombre por medio del ejercicio del terror, y del temor a lo celestial. El resto de cosmovisiones, no divinocéntricas fueron aplastadas, negadas, y perseguidas. Por ello el renacimiento italiano (S. XIV, y XV) rompió con la idea del centro divino, en favor de una antropocentrismo en pro de la ética y de la razón y sin apoyarse en el catolicismo.

Más allá de la historia, aún quedan restos del teocentrismo humanitario en la actualidad. Dado que a las culturas durante su desarrollo, les ha costado, y más bien se las ha orientado en la dirección de un cierto grado de dignidad del hombre, restringido y limitado, es por lo que la estructura del superyó, ha logrado imponerse en la eseidad del hombre, decantándose, básicamente en que se someta y acepte el ser humano, sin cuestionar el imperativo social y cultural impuesto. Imperativo cultural que ha resultado ser obligatorio, más que propuesto, debido a que el poder establecido, tiende a sugestionarnos por medio de la seducción, para que de ese modo aceptemos y nos identifiquemos con el orden establecido. “El poder seduce”, según Zygmunt Bauman, aunque para ello, tengamos que transitar desde la modernidad sólida a la modernidad liquida.

La modernidad liquida en la que los vínculos entre humanos, han sido derrumbados, nos ha dejado sin puntos de referencias, claros y tangibles. Dispersos en la etérea nube de la liquidez, nos encontramos a la vez que nos sentimos desprotegidos. Como niños perdidos y desorientados, nos agarramos a los cantos de sirena que el poder establecido nos ofrece. En su transformación, el poder nos somete por medio de su fascinación. En nuestro pequeño viaje hacia Ítaca, nos perdemos en la vulgaridad del sinsentido de lo fútil, dejando en el “Lecho de Procusto”, toda nuestra esencialidad humana, para transitar por los senderos de la vida obnubilados y seducidos por el poder establecido. No en vano, el humanismo secular, en el que la persona y su dignidad deberían ser el centro de todo, ha sido replanteado bajo el prisma de la explotación y de la manipulación de las diversas subjetividades de las personas para con ello poder mantenernos en el seductor redil en que nos encontramos actualmente.

Las evidencias, no solo indican, sino que a la vez muestran, que vivimos de espaldas a la cotidianidad humanista. Tendemos a refugiarnos en nuestras torres de marfil, desde las cuales, elaboramos y creamos toda un extensa y artificiosa red comunicacional con los otros humanos, bajo el prisma de la artificialidad, en el que únicamente transmitimos información inútil y trivial, pero permanecemos conectados a la red, y al mismo tiempo nos encontramos y sobre todo nos sentimos solos, y abandonados, dentro de esa red. Es justo, en esta era del dataísmo, cuando más solos nos encontramos. La soledad irradia nuestra existencia en un mundo sobresaturado de información. En la era del buen vivir, la saturación informática y consumista del poshumanismo vigente, satura e invade el mercado con objetos y artilugios que tiende a desplazar y a arrinconar nuestras almas. El espiritu vencido por el excedente de mercancías puestas en el teatro de la vida, puede rendirse y entregarse a la compulsiva existencia de aceptar y tragar con todo lo que se le presenta y se le expone. Integramos sin digerir todo los que se nos ofrece. Estamos saciados, pero seguimos teniendo hambre de “soledad”. Hablamos, pero no conectamos. Nos reímos pero no disfrutamos y mucho menos gozamos. Vivimos, fuera de todo centro y sentido humanista, y tal vez por ello, nos gusta ver y disfrutar de las miserias y de los sufrimientos de los otros. Nuestro ego se encuentra calmado, al saber que otro puede encontrarse peor que nosotros. Las “redes sociales”, nos han vendido una jaula de oro, en la cual estamos y nos sentimos atrapados. Encajamos y aceptamos, nuestro actual proceso de deshumanización, hasta nos acostumbramos a vivir con esta cacofonia emotiva por medio de la cual somos seducidos con excedentes de objetos puestos al servicio de nuestra felicidad y de nuestro bienestar. Pero la realidad, muestra e indica que nos sentimos y que nos encontramos solos, y desconectados de los demás.


Cristino José Gómez Naranjo.



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