El AMOR COMO MANIFESTACIÓN DE NUESTRA CAPACIDAD HUMANA.



Tanto el amor como el gesto de amarnos, tendría que ser concebido como un acto de entrega orientando hacia la aceptación incondicional del otro u otros. Amar ha sido una necesidad coevolutiva en la especie humana, cuyo objetivo ha sido no solo la conservación de la especie, sino que a su vez dicha preservación de la especie humana resultara ser grata y que al mismo tiempo estuviera dinamizada por el sentido de dignidad y plenitud, que cada ser humano se merece y necesita, pues es preciso y necesario que un rostro humano, humanice a otro humano. Solo en espacios comunitarios, es donde podemos humanizarnos. Resulta que la evolución ha podido ser prudente con la especie humana al dotarnos de la capacidad de amar. De no ser por ello, ya hace rato que hubiésemos desaparecido. Es por lo que el acto de amar, debería encontrarse liberado de los perjuicios y de las cadenas proyectivas que el ego humano trata de imponerle. Tanto el afecto como el amor, no tendrían que encontrarse condicionados por la psicohistoria traumática de las personas, pues todo amor centrado en el trauma, es lo que es: pura y dura experiencia de dolor y sufrimiento. Para poder desarrollar nuestras capacidades de amar, hemos de liberarnos de todos los enredos y trabas que la sociedad procura y trata de imponernos por medio de la sutil sociafectivización que nos presenta y ofrece.

Sin el altruismo afectivo, conocido como amor, es probable que la especie humana hubiése tenido muchas dificultades para poder sobrevivir. Nuestra propia naturaleza biológica, debil y vulnerable nos convertía en presas fáciles para otros depredadores, motivo por el cual las tribus integradas por humanos tendrían que sobresalir y resaltar algo especial que nos fortaleciera y nos ayudara ante la voracidad del resto de animales con tendencias depredadoras. Dicho distintivo, es el comportamiento altruista hacia los demás guiado por el amor. Tanto, que por momentos habrían humanos que sin dudarlo, darían y sacrificarían sus vidas por otros humanos. Desde nuestro origen como especie, los actos altruista del amor nos han acompañado. El sapiens, no solo ha destruido, tambien ha amado, protegiendo a los ancianos de la tribu, a los sujeto especiales, etc. Era evidente y necesario que la evolución nos echara una mano para que el proceso de preservación de la especie no solo fuera posíble, sino que a su vez resultara atractivo y deseable. Para ello nos dotó y nos posibilitó con una emoción fuerte y potente, conocida como amor. El amor, es el hilo conductor que entreteje y ofrece un sentido y un significado a nuestras existencias. Si dicho hilo conductor lo perdemos, perdemos nuestro sentido de vida, y nos dejamos guiar por la desesperación.

Nuestra modalidad evolutiva, estrechamente vinculada y relacionada con los diversos contextos en los que surgimos como especie, adquirió, al menos en nosotros un alto grado de complejidad, tanto, que fuimos transitando, desde los estadíos pre-egoico y egoico, hasta alcanzar, o más bien tratar de alcanzar el estadío trans-egoico, deseable, pero aún no alcanzado por todos los humanos, salvo excepciones. La complejidad, nos encaminó hacia una teoría de la mente, por medio de la cual, tratamos e intentamos ponernos en el lugar del otro por medio de las ideas y de los pensamientos. Dicha idea de la teoría mental, solo era posíble, si como especie en nosotros se despertó, se abrió y se posibilitó, tanto el espacio, como los instantes para sentir, y sobre todo sentirnos. Y para que dicha complejidad mental del afecto surgiera, previamente el sistema nervioso autónomo, o sistema nervioso simpático, tuvo que predisponerse al amor y al acto compasívo de cuidar a la progenie y a los sujetos desvalidos del clan o de la tribu. Por lo tanto el amor, tiende a ser un sentimiento humano con bastante solidez corporal que la mente propende a interpretar, valorar y considerar. No debemos olvidar, que la evolución humana, ha transcurrido desde lo corporal a lo mental, y no al revés. La mente considera e interpreta, pero no crea nuestro cuerpo. La evolución resulta ser integradora, más bien somos nosotros quiénes dualizamos y organizamos la vida en compartimientos estancos. Al final consideramos que nuestro mapa es el territorio, y entramos en la ilusión del racionalismo.

Como animales que somos, la biología del amor es previa y anterior a la idealización y a las ideas del amor que surgieron a posteriori. Al comienzo, nuestro pensamiento era elemental y básico pero no inocuo, dependíamos más de los actos reflejos e intuitivos de nuestros cuerpos vulnerables. De hecho nuestra vulnerabilidad biológica, elicitó y estimuló nuestra complejidad humana. La mente tenía que acompañar al cuerpo y desarrollar estrategias para que pudieramos poder protegernos y por lo tanto poder sobrevivir. Las emociones, por lo tanto son reflejos intuitivos e instintivos de nuestros cuerpos. Son comportamientos y conductas que tienden a unirnos, vincularnos y a permanecer cohesionados y juntos. Las emociones cuentan con un elevado sentido y significado afectivo, el cual se simboliza por medio de procesos de culturización cuyo arraigo primigenio era el de procurar salvar y proteger al clan tribal.

Es más que posíble que el amor sea sentido a través del cuerpo y posteriormente interpretado por medio de la mente. Muchos consideran que es al revés, y que el amor tiende a ser regulado y normativizado por la ilustración racionalista, en el cual la mente y la razón deben permanecer frías. Debido a que nosotros mismos hemos ido gradualmente desmarcándonos y desviándonos de nuestro original proceso evolutivo, en pro de un dualismo humano, en el cual primamos el pensamiento por encima de lo que sentimos, tanto el cuerpo como el corazón quedan bajo el dominio y el sometimiento de la mente y de lo mental. Obviamos lo intuitivo y aceptamos lo construido y elaborado por la cultura social. Con esa mirada y desde ese plano, el amor tiene que abandonar su sentido de aceptación incondicional a través de la reciprocidad sentida, deseada y buscada en el encuentro, para de ese modo poder dar sentido y espacio a la dramaturgia romantica, bajo la que los sujuetos humanos nos encontramos atrapados y ligados al débito del apego culpabilizante con el cual nos vinculamos y nos relacionamos con los demás.

Como sujetos descorporeizados, o mejor dicho como personas que nos hemos ido construyendo desde la vergüenza y desde el sentimiento de culpa hacia nuestros cuerpos, tendemos a olvidarnos de éstos y por lo tanto a despreciarlos. No nos respetamos y mucho menos honramos los cuerpos de los otros. Se nos enseñó que el cuerpo y todo lo que proceda de él es pecaminoso y que por lo tanto el deseo instintivo tiene que ser eliminado y si ello no es posible al menos desarrollar la capacidad de poder reprimirlo. Se vive a la vez que se describe el cuerpo como la morada de la lascivia y del pecado. El cuerpo es la parte mortal e irracional, y la mente acompañada por la razón es la parte que nos convierte en hombres. Tal idea, no es más que una desesperada operación romántica con la cual tratamos de evitar pensar en nuestra efímera existencia. No pensamos en la vida, sino en su final, la muerte; ello nos frustra y nos enfurece por lo que vivimos y convivimos bajo la espiral de la “angustia de muerte”. La creatividad de la vida reside en el amor, pero el miedo a morir, nos conduce a un mal vivir que invade e intoxica nuestras existencias, extorsionando a nuestros corazones para que la reciprocidad afectiva se interrumpa entre los corazones de las personas.

Por lo tanto, no hay nada de extraño en indicar y decir, que es el amor el que atraviesa y aviva, tanto a la mente como a los pensamientos que ella elabora. No es como actualmente se considera, que es la mente la que determina y condiciona el amor. Ello solo es posible en aquellos humanos que nos hemos bloqueado y por lo tanto traumatizado durante nuestro crecimiento y desarrollo. Los humanos que crecimos bajo los subterfugios socioculturales del sentido del amor, crecimos y nos desarrollamos en la ausencia y sin biología del amor. Jamas fuimos sujetados corporalmente, jamas nadie nos toco, ni nos acarició, jamás nadie provocó que nuestras almas y nuestros corazones, sintieran y se estremecieran por el contacto del amor. Todo ello, fue sustituido por una fútil e inútil palabrería que procuraba e intentaba justificar la ineficacia afectiva de nuestros cuidadores y protectores. La obra del amor, se convirtió en un acto de fe, en el que los renglones escritos describieron una narrativa absurda y falsa, carante de todo contacto real con el amor. Es cierto, además de posíble, que nos hayemos limitados por las distorsiones afectivas elaboradas por la cultura. Cuando la sociedad encaja y por lo tanto acepta que un hombre enamorado puede maltratar a su pareja, o cuando un hijo debe obedecer al padre, o cuando un ciudadano debe respetar al jefe de estado, independientemente de las condiciones y circunstancias de éste; no cabe duda alguna, ese tipo de sociedad ha perdido su norte, y se encuentra regida por el caos emocional introducido por el proceso de instrumentalización que ha llevado a ver a los seres humanos como objetos que generan interés productivo y mercantil que sustentan a mi descarnado ego.

El amor, debería ser desnunado de todo su tinte de romanticismo, dado que dicho devaneo es insustancial e impropio de nuestra profunda naturaleza. Amar conlleva entrar en las profundidades de los corazones humanos en los que se establece y emerge la dignidad que nos conduce a ser sapiens. De hecho ser sapiens, implica, aceptar, admirar y respetar la diversidad humana. En el corazón humano hay espacio para todo, menos para la violencia, la manipulación y la extorsión, y cuando ello sobresale y destaca sobre el resto, dicho afecto es cualquier cosa menos amor Toda manifestación y expresión amorosa, tanto desde la pareja, como desde la filiación, o bien desde la simple vinculación laboral, etc, deberían encontrase exentas y por lo tanto libres de todo deseo y de toda voluntad depredadora por parte de los integrantes que constituyen e integran las relaciones. Ni son posibles y mucho menos viables los amores establecidos por la fuerza de la imposición traumática de las experiencias previas. En el amor, no puedo ni debo esperar, que el otro u otros satisfagan mis necesidades pasadas no cubiertas y satisfechas. Si busco en la pareja, o bien en el hijo, las ausencias y carencias recibidas de mis progenitores, solo veo en ellos el deseo de mi felicidad a expensas de que ellos renuncien y por lo tanto dejen de ser ellos mismos, y eso por mucho que lo adornemos y revistamos, no es amor, resulta ser todo lo contrario: crueldad afectiva y destructiva para con los otros.

El amor incondicional, no es ciego, pues amar no implica aceptar al despótico, al padre invasívo, ni al jefe tirano, ni al hermano celoso, etc. Amar conlleva, tanto el valor como la capacidad madurativa para compartir desde la convivencia en la diversidad. Amar, no es homogeneizar, es más bien todo lo contrario, implicarse y esforzarse por estar, y conservar una simetria humana centrada y sustentada en la igualdad de que todos somos distintos, unicos y exclusívos, y dicha diversidad se incluye en una comunidad integrada y formada por un “nosotros”. El amor, no es ciego, mientras que el chantaje y la lealtad que surge de éste si lo son. El amor, nos capacita, la instrumantalización emocional nos imposibilita a la vez que nos incapacita. El amor responsabiliza, mientras que los sistemas primarios vertebrados y enhebrados a traves de procesos e historias traumaticas negadas y no elaboradas atrapan y enredan a sus integrantes, debido a que todas las energías se ha encaminado a la negación de la experiencia de dolor y de sufrimiento y por lo tanto los sujetos quedan exhaustos, y sin capacidad para desarrollar y crear un clima de afecto y de amor. Para ellos, amar implica victimizarse, pues la fuerza de sus corazones se ha diluido en la exigencia y en el requerimiento del dolor negado y por lo tanto idealizado. No es ningún pecado, y mucha menos una traición poder decir “ mi padre no me amó”, todo lo contrario, es sanador y curativo poder expresarlo y manifestarlo.

El amor edifica y construye, mientras que una familia puede deshacer y por lo tanto destruir, al menos emocionalmente. Una familia instrumentalizada por sus experiencias traumáticas, jamás será una fuente de amor y por lo tanto de apego seguro.


Cristino José Gómez Naranjo.








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