EGOS HUMANOS Y SUS DERIVAS TOTALITARIAS.
La realidad humana, al menos en su esfera experimental, se encuentra firmemente caracterizada, y a su vez orientada por sus peculiares rasgos socioculturales. Dichas singularidades conllevan, tanto implícita como explícitamente, a que durante el tiempo que dure el proceso del trasvase cultural entre humanos, éste tienda a realizarse y por lo tanto a reproducirse bajo un elevado grado de adoctrinamiento. Tal y como el proceso humano ha transcurrido, la cultura, como legado y herencia humana, se encuentra dirigida y dominada por las creencias. Es más, a pesar del avance de las ciencias y de sus campos tecnológicos, los humanos jamás nos hemos podido desembarazar de nuestras creencias y mitos, pues éstas tienden a aparecer bajo cualquier rostro y con cualquier tipo de argumentario que se nos ocurra, ya que si nos quedamos, o bien nos quitamos nuestras creencias, sería como deshabilitarse, o bien quedarnos huecos de humanidad y de humanismo. Pues, los humanos sin creencias, apenas si nos sentimos como sujetos. Creer, es lo que tiende a dar sentido y significado a nuestras vidas. El creer, tal vez sea algo inherente a nuestra estructura psíquica, otra cuestión bien distinta es aquello en lo que se cree. A nuestra estructura psíquica, le resulta casi imposible y por lo tanto insostenible, carecer, o bien no poder contar con un imaginario. En los humanos, las creencias son como la habitación del inconsciente, que bien simbolizan y pueden significar, nuestros intentos por dominar el transcurrir del tiempo y su acontecer, es decir nuestra muerte. Los mitos, tienden a ser como la poesía a través de la cual embellecemos nuestras miedos y angustias ancestrales. Procuramos e intentamos incidir y afectar lo inevitable, a través del ritual generado por el imaginario.
Sin mitos y mitologías, la vida del hombre no podría penetrar y concebir, tanto el significado como a su vez el sentido colectivo y personal de nuestra trama humana. Ha sido a través del mito, como los seres humanos hemos tratado de operar con el devenir del tiempo, es decir con el acontecer humano. Por medio del mito, hemos procurado dominar y adueñarnos del tiempo. El tiempo como un misterio y a la vez como un enemigo que nos conduce a la muerte. El mito ha resultado ser como un resorte a través del cual hemos significado y simbolizado todo aquello que no comprendíamos. Es nuestra caja de símbolos y de representaciones por medio de las cuales tratamos de mitigar nuestros miedos. El mito, tiende a ser la narrativa humana por medio de la cual canalizamos nuestras angustias a lo desconocido, es decir muestro miedo a desaparecer.
Es por lo que, durante el desarrollo de las diversas instancias psíquicas que nos integran como sujetos, tanto en el plano personal como a su vez en el colectivo, es decir, tanto el Ello, como el Yo, así como a su vez, el Superyo, se encuentran afectados y por lo tanto condicionados por el inconsciente, el preconsciente y el consciente. Con dichas estructuras, los humanos podemos lograr alcanzar, tanto un estilo, como a su vez un modo de ser y de actuar, que tiende a ser reconocido como nuestro carácter o personalidad. No obstante en la edificación de dicho Yo, una parte constitutiva del mismo, reconocida como “Ego”, puede que nos presente problemas en aquellos momentos e instantes en los que nos relacionamos con los otros humanos. Dicho proceso tiende a identificarse y conocerse como “Inflación del ego”. Tal secuencia, se predispone en aquellos instantes en los que los diversos momentos que integran y constituyen al Yo, pierden su sentido con la realidad, logrando alcanzar dicho Ego un sentido de grandeza y de superioridad sobre los demás, que se expresa y manifiesta en una arrogancia y en un narcisismo, que constantemente buscan, la aceptación y validación externa y social.
El ego inflado, tiende a ser la cara oculta de la inseguridad de la persona, por medio de la cual, y con la cual muestra su egolatría y vanidad. Sus deseos de grandiosidad, su necesidad de ser admirado, su nula empatía, y sus fantasías de poder, son la coraza con la que defiende y protege su débil y vulnerable estructura psíquica. Encontramos multitud de ejemplos, tanto en el micro, como en el meso, y en el exo, y también en el macrosistema, en los que los seres humanos, damos rienda suelta a nuestro ego. Allí, donde ofrecemos un consejo, sin que se nos pida; allí donde damos nuestra opinión de la morada de una persona, sin que se nos consulte; cuando le decimos a nuestros hijos, soy tu padre o tu madre, y por lo tanto me debes la vida; cuando consideramos, que nuestro dios es el único posible; cuando deseamos apropiarnos de las riquezas y fuentes naturales de otras naciones, etc, etc, ahí el narcisismo y nuestra vanidad, priman por encima de todo. Solo Yo, y nadie más que yo, y si queda algo, por supuesto será para mi, porque mi sentido de pertenencia y de ser, giran en torno a mi propio eje, y por lo tanto los otros deben y tienen que actuar y ser como soy yo, y consecuentemente cumplir y por lo tanto acatar mis expectativas y deseos. Mi propia arrogancia, no ofrece ni permite espacio a los otros. Es ahí, donde reside la grandiosidad del ego, en que los demás son una proyección de mi, que tienen que cumplir y reverenciar, tanto mi voluntad como mis deseos. La grandiosidad del ego, reside en que los demás no existen, salvo cuando son contemplados desde el trono de mi altanería y altivez, dado que en tal mirada, no hay ni un atisbo de condolencia y ternura.
Resulta casi inevitable que ante esta tesitura, tanto las condiciones, así como a su vez las circunstancias para aproximarnos a “gobiernos totalitarios” se encuentren, próximas y cercanas. Tal y como expuso Hannah Arendt, en “Los orígenes del totalitarismo” (nazismo, y el estalinismo refrendado con su proceso de bolchevización), la veneración por el ego, logró alcanzar cierto grado de paroxismo, hasta el rango y el nivel en el que las propias colectividades humanas se fueron metamorfoseando, pasando de colectividades y grupos a erigirse y actuar como “masas”, que divinizaron el culto a la persona o líder. Por lo que los gobiernos totalitarios, manifiestan su explícita criminalidad con el apoyo y con el sustento de las “masas”. Tiende a ser la razón y el motivo por el cual, los políticos, se aferran como un clavo ardiente, al modelo e idea explicativa de la teoría del “lavado del cerebro”, cuando lo que realmente se produce, es una clara y evidente identificación de la “masa” con el líder. Los políticos, procuran y tratan de lidiar y de evitar sus responsabilidades por medio de teorías falaces, como la previamente descrita; con ellas diluyen sus responsabilidades y se adhieren al totalitarismo y al fascismo. Los políticos tienen la costumbre de explicar y fundamentar los hechos y experiencias de índole social y cultural, fragmentando y parcializando la realidad humana. De modo que lo social queda y permanece desvirtuado y distorsionado, por la sencilla razón de que algunos aspectos de la realidad o hechos, bien se ocultan o bien ni si quiera son mencionados. Ya se sabe, no hay mejor mentira, que aquella que oculta aspectos de la realidad social. Es lo que se conoce como burda “manipulación”.
La interconexión existente entre totalitarismo e imperialismo, llevan a un sistema con su líder y su camarilla a desarrollar un control total sobre la vida pública y privada de sus ciudadanos. Pero a su vez también, les entran las ganas y la voluntad, así como el deseo de imperializar y por lo tanto exportar dicho totalitarismo a otros territorios y naciones. Véase, por ejemplo, la Alemania nazi, y la URRSS estalinista. Hoy como antes, al menos en la evolución lineal y cultural del tiempo humano, tiende a darse o mejor dicho a reproducirse ciclos, en los que la colectividad humana suele entrar y conectar con su lado y sus aspectos más atávicos, oscuros y demoníacos. Por ejemplo, las tres primeras décadas del siglo XX, resultaron ser un buen caldo de cultivo para la derechización de Europa. En dicho periodo, ocurrió la I guerra mundial, y posteriormente, el golpe de estado a la República en España, y la II guerra mundial, estableciéndose el “telón de acero”. Actualmente, con sus connotaciones y especificidades, parece que hemos vuelto a los años treinta del siglo pasado. Movimientos como el trumpista de “América para los americanos”, sustentada en la doctrina Monroe, tiende a ser un argumento lo suficientemente justificativo, como para poder hacer y realizar todo aquello que desean y les da la gana, es decir única y exclusivamente llevar a cabo su voluntad totalitaria e imperialista.
De modo que, colectividades del tipo y del estilo de “MAGA”, cuyo ideario implica a la vez que conlleva, “Que Estado Unidos vuelva otra vez a ser grande”, guardan y encierran un tipo de principios y de creencias, que facilita a la vez que permite que un líder con su camarilla, se pueda permitir el lujo de moverse a sus anchas y hacer todo aquello que les apetezca, puesto que tanto el derecho internacional, así como los derechos humanos, nada o poco importan para estos líderes. El feudalismo y el vasallaje, retornan a la vigente actualidad, con la gran diferencia de que ahora hay alguien que puede apretar el botón nuclear.
El desplazamiento mitológico, que ha conllevado e implicado una separación y una segregación del humano de la naturaleza ecosistémica del planeta, ha generado y establecido cierto orden o sentido de “objetividad”, bajo el cual lo más elemental y esencial de la vida como es el “sentir” y el “vibrar”, se desvirtúan para convertirlos o tratarlos como si fueran objetos e instrumentos. Amar, respetar, convivir, aceptar, etc, son conductas humanas expresadas en la dinámica del colectivo que humanizan a dicho grupo. Son emociones experimentadas y por lo tanto sentidas, que en la actualidad se les procura dar un carácter abstracto y objetivo. Como si fueran piedras, minerales, etc, los valores éticos se cosifican, perdiendo su verdadero y autentico sentido. Se ve al hombre como un objeto productivo, y no como un ser humano que busca y procura encontrar y dar un sentido a su vida. La deshumanización, fruto del enajenamiento, conduce al totalitarismo. Deshumanización encarnada en la idea del pensamiento único, derivan en el trumpismo, en el cual todo argumento es válido para imponer mi ego y mi narcisismo, bajo el paraguas ideológico de la idea de nación o país. Pero se puede decir, que lo que subyace, es un ideario de corte imperialista cristiano supremacista blanco y norteamericano, en el que el líder y su camarilla, entienden, actúan y se comportan como que el resto de humanos y de naciones son escoria y por lo tanto inferiores a ellos, y que por lo tanto se obra en consecuencia. El resto que no se encuentra en mi camarilla son despojos, ni tan siquiera los considero desechos humanos. Por el imperio hacia dios, pues todo y todos, Venezuela, México, Groenlandia, etc, deben obedecer y por lo tanto dar respuesta, al narcisismo imperialista del culto al ego, que lleva a la adoración y veneración de las masas por el culto a la personalidad del líder. Poco o nada importa que dicho líder resulte ser mediocre, pues lo que se esconde tras ello, es la puesta en escena litúrgica y dramática del atávico totalitarismo de la dominación.
A las derivas totalitarias, poco o nada les importa la verdad, pues solo se centran en la locura y en el paroxismo de la “verdad revelada” al líder. Por lo tanto los hechos como a su vez los humanos, han y deben ajustarse al delirio imperialista del líder y de su camarilla, que junto con su tropa, el servicio de inmigración y aduanas (ICE), imponen la visión totalitaria del lider-emperador. Un único emperador en la tierra con su mirada y su enfatización supremacista, es el mundo al que aspira, busca y desea el trumpismo: siervos y servidores, esclavos y esclavistas.
Cristino José Gómez Naranjo.
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