LA CONDICIÓN HUMANA.



El acceso a nuestra naturaleza humana solo es posible a través de la cultura. Resulta obvio, que la configuración de la naturaleza humana cuando nacemos, se encuentra condicionada por nuestra inmadurez biológica. Al nacer, nos hayamos en una situación de total dependencia y de necesidad de cuidados. Cuidados en los que precisamos y necesitamos a nuestros progenitores para poder desarrollarnos. Tanto en el vientre materno como a su vez después del parto, el progresivo desarrollo del cuerpo, ayuda a la vez que facilita un proceso, por medio del cual aquello que la biología no nos pudo aportar, nos sea facilitado por medio del aprendizaje. Un proceso, en el cual, el desarrollo corporal y educativo caminan paralelamente. Dicho procedimiento es conocido como “cultura” . La cultura, impronta en cada uno de nosotros, cierto acervo que nos permite a la vez que nos facilita la convivencia en los ámbitos comunitarios. Por lo tanto el aprendizaje resulta necesario e inevitable para la construcción del edificio humano. Tal vez aquí, lo cuestionable no es la necesidad de la cultura, sino más bien qué tipos y modalidades culturales tienden a ser favorecidas entre los humanos.

Es indudable que cualquier modalidad cultural, consta de toda una serie de contenidos y de bagaje, necesarios y precisos, que ayudan y facilitan la existencia humana. No obstante resulta incuestionable, que los diversos tipos de culturas, se encuentran modulados, estructurados, organizados y regidos por las ideologías que les subyace. Por lo tanto, conviene indicar a su vez, que las culturas no solo modelizan las vidas y el sentido humano, sino que a su vez también nos imponen y proponen cierto estilo o tipo de cosmovisión. En cierto modo, tienden a ser como una especie de gafas con las cuales podemos observar y considerar el mundo y la vida. Lo reprochable, y por momentos inaceptable, es que a veces, las gafas que nos ponemos, ofrecen una visión distorsionada, incorrecta e inapropiada de ese mundo o realidad.

Lo tendencioso de la ideologías, no es la posibilidad de que estas existan, sino que más bien pueden llegar a alcanzar, y por lo tanto adquirir cierto grado de homogeneidad, en un mundo humano rebosante de diversidad. El daño que realizan las ideologías, es que estas procuran buscar que los humanos reproduzcan y sean fieles al credo que se desea e intenta transmitir. Los marcos ideológicos, tan solo buscan y desean que nosotros nos convirtamos en “replicantes”, y no en seres pensantes. Las ideologías, no son el mal del mundo, pero si que contemplan cierto grado de perversidad, pues merced a ellas logramos alcanzar cierto grado de deshumanización, sobre todo cuando dicha ideología, es asumida como la verdad única y absoluta. Es cuando la ideología-creencia se erige en un dogmatismo, que ninguna persona y ningún colectivo pueden cuestionar, pues el hacerlo conlleva e implica la amenaza, y por lo tanto el peligro y el riesgo de ser proscrito o eliminado del colectivo humano.

La impregnación de las ideologías en las culturas humanas, se ha ido desarrollando con cierto nivel de sutileza. Valores que a través de la evolución psicohistórica, han tendido a defender, tanto explícita como implícitamente estilos o modelos organizacionales humanos centrados y dinamizados por, y en claves de poder y de sumisión. Bajo la artificial polaridad establecida del “dominador-dominado”, “iluminados-no iluminados”, ciertos grupo minoritarios, se han estructurado a la vez que organizado, para que el resto de la humanidad, nos convirtamos en sus siervos y de ese modo satisfagamos sus intereses de clase. Digamos que han desarrollado la habilidades para poder establecer y sobre todo hacernos creer que cuentan con cierto grado de superioridad sobre el resto de humanos. Han creado a la vez que establecido como una especie de “patrón de corso”, según el cual ellos se encuentran por encima del bien y del mal. Han validado la “exclusiva”, y el derecho a apropiarse del planeta, y por lo tanto se sienten y actúan con la autoridad suficiente, como para prescribir y ordenar el planeta, según su criterio. Es como si solo existiese un tipo de orden planetario, que solo y exclusivamente han podido ver ellos, y por lo tanto el objetivo y misión final, consiste en que debe ser impuesto al resto de la humanidad.

Tanto el medio como el recurso empleado para tratar de imponer dicha “visión totalitaria” del mundo, ha sido la cultura. Por medio de la vía educativa, y procurando alterar nuestro estado natural afectivo e instintivo de autoconservación, tanto individual como colectivo, nos han inoculado a través de los siglos su sucio sistema de creencias y de valores. Una vez identificados con las creencias, tendemos a considerarlas como nuestras propias señas de identidad. Actuamos con la convicción de que las creencias son nuestras y que por lo tanto nos pertenecen. La clave de la identificación, es la de que los generadores y creadores de la cultura, al menos en el plano y nivel inconsciente, nos amenazan con nuestra propia desaparición, es decir con la “muerte”, si no respetamos y por lo tanto aceptamos lo tradicional y ya conocido. Creándose y estableciéndose organizaciones y grupos humanos, sustentados y sujetos al temor y al terror.

Poco o nada importa, la certeza y validez de las creencias, una vez que estas son incorporadas y automatizadas por parte del patrón comportamental de las personas. Una vez establecidas las convicciones, muy poco importa el origen y la verdad de las mismas, pues el tiempo y la ideología, tienden a borrar a la vez que enmascarar las verdaderas causas que motivaron dicho tipo de creencias. Se ha tratado y se ha procurado desde siempre que la “masa gregaria humana”, se identificara con las convicciones prescritas, independientemente de que éstas aportaran dignidad al colectivo de la especie humana.

La paradoja humana, manifestada y expresada por medio de los hábitos y costumbres del hombre durante su psicohistoria, consiste en que la dignidad y el derecho a ser digno por lo menos a nivel humano, ha estado condicionado e impuesto por una clara orientación hacia una concepción del “poder” entendida en un sentido claramente jerárquico, dominador y controlador. La parte superior de la pirámide humana, dictaba, formalizaba, regulaba y hasta indicaba cómo se debía de pensar y actuar. Las evidencias, jamás han mostrado con la suficiente claridad que la organización entre los humanos tendría que ser jerárquica y dirigida por hombres, no obstante así fue como se plasmó la estructura organizativa. Pues la ideología por medio de la sutil configuración, a través de la manipulación, alteró tanto la estructura como la organización de los humanos para evitar y a la vez esquivar, los derroteros y las prácticas de un poder heterárquico, distribuido y compartido entre los miembros que forman e integran la comunidad. La jerarquía, siempre demando a la vez que exigió, sumisión y obediencia, mientras que la heterarquía siempre se orientó hacia el reparto y por lo tanto hacia la ecuanimidad. Por lo tanto, la paradoja de imponer la dignidad, estableció las desigualdades e injusticias entre humanos, porque dicha dignidad resultó ser elaborada, creada y por lo tanto establecida con el único criterio de la elite, la cual solo consideraba exclusivamente sus intereses. Luego, a posteriori por medio del proceso de culturización, y con extrema sutileza, lograron que la masa humana hiciera propio, es decir nos identificáramos con los intereses de la élite. Lograron que nos identificáramos con su ideario. Es obvio que todo el proceso de identificación y de integración, se ha desarrollado bajo la amenaza implícita de la “muerte”. La élite, nunca cuestionó su amoralidad, ni sus estrategias para mantenernos secuestrados bajo el imperio de sus leyes y de sus normas. Más bien a lo largo de la historia humana, lo que ha sido elaborado, diseñado y planeado, consiste en toda una elaborada estrategia, sustentada en el trinomio humano de: pertenencia-afectividad-autoconservación, dinamizado por el eje de la “pulsión vida- muerte”, por medio de la que hemos sido expuestos y doblegados a la tiranía de la cosmovisión única del sometimiento al poder establecido, bajo la amenaza de muerte en caso de no aceptar la dominación.

En el imaginario cultural, han sido estimulado y apoyado los elementos de poder y de dominación por la vía de las armas. No en vano, son múltiples las culturas que ha venerado las armas y las han empleado como medio para infundir terror y por lo tanto control y dominio. Por ejemplo, occidente siempre ha hablado y no ha ocultado su admiración por “el arte de la guerra”. La guerra como tal, no es ningún arte, más bien todo lo contrario, es el resultado deplorable y miserable de la conducta humana elevado a su quintaesencia. Sin razones, ni suficientes argumentos para la convivencia en paz, tendemos a imponer por medio de la violencia nuestro criterio de cómo se debe convivir. Los destruidos y muertos, como se suele decir, son efectos colaterales de la paz y armonía deseada y buscada. El objetivo, es imponer nuestra narrativa para de ese modo poder justificar la violencia ejercida. Los derechos de los pueblos y de sus ciudadanos apenas si cuentan, cuando las narrativas humanas se encuentran saturadas por el pensamiento único que nos lleva a considerar y a creer que mi estructura imaginaria es la única posible, además de ser la única verdad absoluta y consecuentemente la única que se puede llevar a cabo, es decir a termino.

De modo que el imaginario envenenado, ha conducido a naciones como la española a poder lograr justificar el golpe de estado del año 1936, y posteriormente por medio de la Ley de punto y final, es decir la Ley de Amnistía 46/ 1977, hacer que tanto los golpistas como su dictadura y sus crímenes de lesa humanidad hayan permanecido en la total impunidad. Y cómo a su vez la narrativa, fue siendo saturada, por los relatos de que la democracia fue posible gracias a la buena voluntad de las fuerzas o poderes fácticos del momento. Nada más lejos de la realidad, pues la democracia, se fue posibilitando con las luchas de los trabajadores, las huelgas universitarias, las parroquias, que bregaban por mejores y más dignas condiciones de vida. La dictadura tan solo reprimía dichos movimientos populares. La narrativa, a su vez ha logrado idealizar el periodo de la “Transición” como modélico y ejemplarizante, pero tanto la realidad como los hechos, muestran que de edificante no tuvo nada. Es un hecho más que demostrable que durante el periodo de la transición, existieron más de diez organizaciones paramilitares y de la ultraderecha que camparon a sus anchas, mientras que los reformistas constitucionalista miraban hacia otro lado. La existencia de más de cien mil fosas, muestran e indican, la inquina, la rabia, y también la maldad de los golpistas. Aún, continúan en la pugna de que dicho inconsciente colectivo tenebroso permanezca oculto y no salga a la luz. Pesa como una losa, la impunidad, y con ello toda la narrativa lúgubre por ellos elaborada, pues en el inconsciente colectivo aún permanece los asesinados por ellos. Aflige la losa de la “culpa”, por la ignominia realizada, además de la voluntad de nos ser juzgados por dichos crímenes. El inconsciente colectivo y nacional se encuentra plagado de fosas y de cadáveres, negados por la narrativa de los vencedores. No se puede convivir en paz, cuando una parte insiste en que su relato es el único posible, pues en la negación y en el rechazo, solo hay frustración y dolor, además de repudio por los muertos y sus familiares. Democracia y paz, sin transformar la narrativa del fascista, tienden a sustentarse en un cenagal.

Otra muestra del proceso y del estilo de cómo envenenar el imaginario humano, ha sido el modo y la manera en la que los hombres, han permitido y facilitado, con cierto grado de connivencia, para que consienta y sobre todo se acepte el vigente relato del pueblo palestino, realizada por parte de Israel, pues en la zona, ya no se está produciendo un proceso bélico, más bien lo que el ejercito israelí practica en la franja es un genocidio.

Tras la guerra de los seis días, del año 1967, Israel, ocupó la franja de Gaza y la ribera occidental, incluida Jerusalén Occidental. Poco o nada le preocupaba a Israel, la Resolución de la ONU, 242/1967, en la que se le exigía la retirada de los territorios ocupados. La historia, acompañada y refrendada por los hechos, ha mostrado e indicado que Israel, ni tan siquiera se ha preocupado por las diversas resoluciones emitidas por los organismos internacionales (ONU, el derecho internacional humano (DIH), etc), en relación a su situación y postura sobre Palestina.

Más bien lo que el gobierno Israelí y su ejercito han procurado desarrollar, es un intento por elaborar una narrativa falsa, ambigua, y oscura en la que ellos se revictimizan, pues tras dicho proceso de revictimazación lo que se oculta y esconde es toda una estrategia diseñada y planificada para eliminar al pueblo Palestino. De hecho las operaciones realizadas por el ejercito israelí desde que ocupó la franja: “Días de Penitencia” , “Lluvias de verano”, “operación, Invierno Caliente”, “operación, Plomo Fundido”, “operación, Pilar Defensivo”, “operación, Margen Protector”, solo han pretendido y buscado una cosa: eliminar y minar al pueblo gazatí. El gobierno israelí, ha procurado controlar el relato a nivel internacional por medio del lobby israelí, para ocultar o por lo menos justificar el genocidio que ha ido realizando a través de las diversas operaciones en Gaza. De hecho gracias a la narrativa elaborada con la ayuda del lobby, organismos como la ONU, Amnistía Internacional, El Consejo de Derechos Humanos, y algunas potencias occidentales, etc, se han posicionado junto a Israel, obviando y traicionando al pueblo palestino. Incluso el “Informe Goldstone del año 2009), que exponía con meridiana claridad, los crímenes efectuados por el ejercito israelí durante la operación, mediante acciones de presión el lobby israelí, logró, que Richard Goldstone, célebre jurista, se retractara del informe por él mismo elaborado y redactado. Solo podía existir y por lo tanto ofrecerse la narrativa del gobierno israelí. Narrativa, a la que todo, o casi todo el mundo occidental ha colaborado. Narrativa saturada de distorsiones y por lo tanto de mentiras en las que la cultura y las naciones apoyan y se posicionan junto a Israel.

No deberíamos olvidar que Hamás, cumplió con lo que se le exigía a nivel internacional, constituyéndose en una opción política que se presentó a la elecciones el 25 de enero de 2006, y que por supuesto ganó dichas elecciones. Democráticamente fueron elegidos por el pueblo palestino, y la comunidad internacional empujada por Israel los declaró grupo terrorista, pues nadie pensó ni tan siquiera consideró que Hamás podría ganar la elecciones. Israel cuentan con armamento sofisticado, y Hamás tan solo cuenta con petardos. Es evidente que Hamás, reacciona a la invasión y a la violencia ejercida por Israel, y no es al revés, como procura y trata de exponer Israel. Además, desde y con un sentido profundo por la dignidad, un pueblo, ¿no tiene derecho a reaccionar y a defenderse de la invasión y del genocidio que le ha sido impuesto?. Israel, jamás aceptó la Resolución 242/1967, de la ONU, porque para ellos el pueblo palestino y Palestina, no existen, y por lo tanto tales territorios les pertenece a ellos. Para Israel, tanto en su imaginario como en su cosmovisión de la cuestión, palestina-israelí, la única mirada posible es la suya.

El pueblo palestino, podrá sobrevivir porque su propia historia ha sido labrada con la azada y con las manos de la “dignidad”, y tal dignidad les infunde el valor de creer en si mismos y en su destino como nación libre. La comunidad internacional hace tiempo que los dejo de lado, tomando postura al lado de la aciaga sombra del invasor, pues han comprado y consumido el relato israelí.

La narrativa histórica extrapolada del imaginario humano, ha tomado la deriva del ostracismo. Tal vez, esta exclusión generada por el contexto de ambigüedad en el que vivimos, ha estimulado y facilitado un marco ideológico en el que el nepotismo, tiende a ser la modalidad relacional dentro de las colectividades humanas. Con una narrativa, saturada por la disertación del poder y de la sumisión, aceptamos el discurso que se nos expone y propone. Llegando al extremo de admitir cualquier tipo de distorsión sobre las dinámicas de los grupos humanos. Por ejemplo, aceptamos la idea de que la familia es un medio “seguro”, no obstante más de la mitad de la violencia ejercida sobre los niños y las niñas, así como sobre las mujeres y los ancianos es realizada en el contexto familiar, por aquellos que dicen que nos quieren. Convivimos en una distopía social, la cual ya hemos normalizado hace tiempo.

Algunos humanos, al menos hasta cierto nivel, hemos podido ser conscientes de dicha iatrogenia cultural y social. Es probable, que a pesar de dicha conciencia y conocimiento, nos encontremos y nos sintamos bloqueados por la angustia de muerte, pues quienes ostenta el poder, determinan quién está y quién no está. Solo saben destilar poder y terror, pero quizás en algún momento del transcurrir humano, podamos asumir nuestra dignidad para vivir con coherencia, tal y como hace el pueblo palestino. Vivir del miedo y del terror, o vivir con el miedo para poder transformar la ideología de poder.


Cristino José Gómez Naranjo.




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