MAS ALLÁ DEL EGO.
Sin dejar de ser animales sapiens, tendemos a contemplarnos y a creernos que no tenemos rivales en el planeta, y que por lo tanto debemos comportarnos como los únicos y auténticos reyes del ecosistema tierra. Consideramos que nuestra inteligencia es superior a la del resto de seres con los que compartimos el planeta. Padecemos aquello que se conoce como “arrogancia cognitiva” Nuestra idea de que contamos con cierta superioridad en relación al resto de organismos y seres con los que cohabitamos el planeta, nos lleva a incorporar un estilo conductual y un comportamiento necio, audaz y soberbio, bajo el cual ocultamos toda nuestra capacidad demoníaca para realizar y llevar el mal a casi todos los lugares a los que vamos y por los que transitamos. Es como si nuestro leviatán, alimentando por nuestro cortoplacista ego adquiere diversidad de rostros y formas, según convenga a nuestra arrogancia. La puerta, tanto para la realización como para la ejecución del mal permaneció abierta entre los humanos, y no tanto la apertura de la puerta para crear y establecer el sufrimiento, sino que nos habilitamos y nos preparamos para desarrollar estrategias que justificaran y explicaran el mal que ejercemos. De algún modo, los hombres banalizamos el mal que causamos a los otros humanos, a través de cualquier proceso de deshumanicación, bajo el cual los otros carecen de mirada y rostro.
El ego como parte constitutiva de nuestra yoidad, se introdujo en el delirante frenesí de su propia idealización con el objetivo de poder escindirse de la yoidad originaria que lo conformaba como ser único e identitario. Por lo tanto, el ego entró y consumió el falaz argumento del consabido discurso del “cuerpo-alma”. Pues ni somos cuerpo y ni somos alma, sencillamente somos “ser” que se expresa y manifiesta a través de la complejidad coevolutiva del ecosistema en el que hemos emergido. Y en dicha coevolución, han surgido rasgos y elementos que nos han caracterizado como seres humanos. Pero nunca la evolución, han tenido una orientación y una intención, y mucho menos un sentido y un plan, bajo el cual la mente o ego humano tuvieran que dividirse y por lo tanto separarse. La idea de que la mente y los pensamientos que de ella emergan dirigen al cuerpo es más que cuestionable. Los hominínos, mucho antes que pensamiento ya contabamos y diponíamos de cuerpos. En la evolución se produjo un orden y una secuencialidad, mucho antes de que la mente humana surgiera. Tanto si gusta como si no, la mente sin un cuerpo, jamás existiría, por lo tanto no es la mente la que dirige, si no que más bien, es el ego que identificado con el contexto y marco cultural procura y trata de dominar y controlar al cuerpo y al espiritu. El problema, en caso de que existiese, es de la mente y no del cuerpo, pues es la racionalidad mental la que elaboró el constructo de la dualidad mente-cuerpo.
Más bien el “ego”, tiende a ser una respuesta intelectiva y por lo tanto contraria a la evolución, bajo la cual se esconde toda una estrategia de dominación y de sometimiento de la humanidad. La finalidad del ego, que no del yo, ha sido siempre la de someter y dominar al resto de humanos. El yo admite y acepta la alteridad y la diversidad, pues evolucionamos y crecemos en comunidad, mientras que el ego, únicamente admite y por lo tanto acepta nutrirse de la distorsión cognitiva y de la distorsión afectiva. El yo, es real y autentico, mientras que el ego tiende a ser embaucador e histriónico. En y desde el yo, hay crecimiento y desarrollo, mientras que desde el ego solo se vislumbra la desesperanza y la desazón del velo del apego compulsivo, caracterizado por la ausencia de amor y de aceptación incondicional. El yo acepta e integra, mientras que el ego, impone y domina. Bajo, la ilusión del querer, tal vez se altere los ordenes del amor: “tú eres, y no puedes dejar de ser tú”, si espero y deseo que hagas y cumplas con mis expectativas, dejarás de ser tú, para convertirte en un apéndice de mi voluntad y de mis deseos. Vivirás para mi, y no por ti y para ti. El ego es el resultado de la compulsión humana del vacío existencial al que hemos llegado. El desierto interior, se tiende a cubrir con la voraz depredación del imperativo de invadir y por lo tanto de apropiarse de los otros. Mi ego sobrevive, gracias a la depredación que ejerzo sobre los demás. Toda una escuela y maestría de sutilezas sociales, ilustran el arte de la depredación humana: “todo, lo que he hecho, lo he hecho por tu propio bien”, eso sí, jamas, te pregunté y mucho menos consideré cual era tu propio bien.
La grandeza de la cultura, ha consistido en desarrollar toda una serie de artilugios y estrategias bajo las cuales, el arte de la dominación y de la sumisión prevalecían y predominaban. Al entrar los hombres en el dualismo, y al considerar el mundo y el universo desde ese prisma, humanamente nos hemos desviados, tanto de la orientación como del sentido evolutivo de Gaia. El proceso evolutivo de la vida en si mismo resulta ser integrativo y no disyuntivo, al fragmentar la unidad del universo a través de los segos aportados por nuestros egos, nuestra mirada se vuelve antievolutiva, por la sencilla razón de que nos percibimos y nos consideramos fuera de dicha unidad. Es aquí donde reside la paradoja humana: al considerarnos ángeles en el paraíso, arrasamos con la tierra. Porque nuestro sentido y nuestra sensibilidad angelical se encuentra saturada por nuestra sed de dominio y de poder. Nuestro sentidos y deseos de posesión se han desarrollado de tal modo, que el salto de ángeles a demonios, tarde o temprano tendría que producirse. Nuestra propia desconexión vital, nos transforma en demonios.
Si bien el pensamiento mítico y religioso, tuvo su utilidad a la hora de organizar y de estructurar los sistemas humanos, ofreciéndoles cierto grado de unidad y de identidad. No deja de ser menos cierto que con el tiempo dicho pensamiento religioso, se convirtió en un lastre que, casi aniquila el sentimiento cooperativo entre humanos, para sustituirlo por otro cargado con connotaciones negativas que aluden a la temeridad que hay que sentir hacia las divinidades. Las religiones resultaron ser un buen medio para expandir y extender el terror y el pavor. Los humanos teníamos que realizar sacrificios para aplacar la cólera de los dioses. Nuestras estructuras organizativas humanas, desde sus inicios quedaron impregnadas no solo por el olor, sino a su vez por el sentimiento del miedo y del terror: “ honraremos a los dioses, sobre todas las cosas, pues de no hacerlo seremos castigados por ellos”.
Tanto los egos minoritarios pero dominantes, así como también el ego individual, tendían a valorar y por lo tanto a guiarse hacia aquel tipo de estructuras organizativas que facilitase la cohesión y la coherencia entre los diversos sujetos que integraban el clan. Si bien ello era necesario para que la especie humana pudiéramos evolucionar en nuestros aspectos socioculturales, el precio por dicha adhesión y unión ha resultado ser excesivo, debido a que ha descansado y se ha sustentado en el pavor y en el terror, pues la historia humana se encuentra repleta de episodios en los que la narrativa de la violencia y de la muerte ocupan no solo renglones sino capítulos enteros en la historia de los humanos.
Nuestras capacidades para lograr alterar los diversos ecosistema que cohabitamos, es inmensa y se debe en gran parte a nuestra complejidad. Podemos alterar el curso de los ríos, podemos destruir montañas, podemos acelerar el efecto invernadero, podemos desarrollar modelos económicos tales como el capitalismo que empobrecen y destruyen a nuestros congéneres, podemos crear y establecer la cólera divina para con los humanos, por poder, hasta podemos ser miserables y destructivos los unos con los otros. El hombre es el único y exclusivo organismo vivo, capaz de eliminarse a si mismo y a los demás por pura codicia del ego. Cualquier genocidio o crimen de lesa humanidad, cometido por los humanos, no ha sucedido porque la colectividad de hombres entrase en un plano alterado de conciencia que los llevara a realizar tal crueldad, pues todos los genocidios humanos, han sido ideados y planificados conscientemente por mentes humanas, que bajo las ideas del totalitarismo, han considerado a la vez que creído que los pueblos o etnias arrasadas no merecían vivir.
Bajo el paraguas del supremacismo y de ser el pueblo elegido por los dioses, las tropelías y asesinatos llevados a cabo por la mano del hombre no tienen paragón. Los humanos hemos perdido nuestro sentido de yoidad en las grandes masas, en las que la uniformidad impuesta, explosiona en manifestaciones egoicas de terribles consecuencias. Anatemizamos al inmigrante, al diferente, al que no responde a nuestros deseos y expectativas, consideramos la vida y por lo tanto lo femenino con una mirada androcéntrica. Es más la mujer tiene y debe mantener un comportamiento y por lo tanto una actitud androcéntrica. Es indudable, de que los hombres procuramos eliminar el sentido existencial y profundo de la partitura de la vida. Solo buscamos, dominio, poder y sumisión, poco o nada importa si para lograrlo efectuamos comportamientos genocidas. Es más la masa humana ha sido constituida con el objetivo de no aceptar y por lo tanto destruir al diferente y al distinto.
La yoidad es como el proceso por medio del cual vamos adquiriendo y tomando conciencia de nuestra propia subjetividad, es como la vía o camino a través del cual todas las experiencias vividas y sentidas, nos conducen a la vez que nos ofrecen una vía de unidad y de holicidad. Mientras que el ego, tiende a ser aquel proceso por medio del cual nos identificamos y por lo tanto nos apegamos a través del proceso mental exclusivamente. La constitución del yo, suele ser un movimiento que va desde el interior de la persona hacia el exterior, en el cual el todo es observado a la vez que tratado como una unidad compleja. El ego, no obstante, tiende a centrarse en lo externo y en lo cultural. Como un adulto, que aún registra como si fuera un niño dependiente y demandante que culpa y responsabiliza a otros de lo que le sucede a él. El ego, es la fragmentación del humano, es el recurso por medio y a través del cual nos desgajamos y nos separamos de la vida y del curso evolutivo del planeta, para ejecutar nuestra santa y desesperada voluntad. Por medio del ego, proyectamos, violentamos, incestuamos, instrumentalizamos, devoramos y hasta destruimos. Y no solo lo hacemos, sino que a su vez justificamos todas nuestras conductas delirantes y destructivas. La paradoja del ego, es la de que precisamos hacer el mal para encontrarnos bien, porque en ese mal que ejercemos y desarrollamos, nuestro ego se convierte en un hábil depredador que vacía las almas del resto de humanos. Para poder sobrevivir, tenemos que destruir.
Cristino José Gómez Naranjo.
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